Laboratorios contra la exclusión

Donostia, Errenteria y Bergara promueven la integración en los barrios

ARANTXA ALDAZSAN SEBASTIÁN.

Están acostumbrados a ser los vecinos que la gente prefiere no tener cerca. Permanecen invisibles hasta que se hace público que se va a abrir un centro para personas en exclusión junto a sus casas, calles y comercios. La reacción casi siempre es la misma: sí pero aquí no, una respuesta de sobra conocida para las entidades sociales y para los propios usuarios.

El centro Munto de Emaús en Aiete, un barrio de clase media-alta de la capital guipuzcoana, no se libró de aquella mirada en sus inicios pero con el paso del tiempo ha conseguido barrer los prejuicios y meterse en el bolsillo a toda la comunidad. Hasta han recibido un homenaje sorpresa en las fiestas del Antiguo por el trabajo hecho durante meses en el taller en que fabricaron tres parejas de cabezudos que donaron al barrio. Su experiencia positiva se quiere exportar ahora a otros centros y municipios, donde se trabajará en la convivencia como forma de integración. Donostia, Errenteria y Bergara contarán con esos laboratorios contra la exclusión.

Parece una fórmula sencilla, pero supone una pequeña revolución social en el concepto de integración, que se quiere inocular en todos los recursos de la red. En la atención a las personas en exclusión social perdura el carácter asistencialista, herencia de un pasado en el que la responsabilidad recaía en entidades benéficas y caritativas. Convertido en derecho social, a cargo de los servicios sociales públicos -municipales y forales-, también se asocia a un punto de vista sanitario, pero no es solo «hacer un esfuerzo para que no consuman -drogas, alcohol-, o que mejoren en la salud mental», reflexionó ayer Patxi Leturia, jefe de Servicio de Protección a la Mujer Víctima de Violencia Machista y de Inclusión Sociales en la Diputación de Gipuzkoa, en el marco del Curso de Verano de la UPV/EHU sobre innovación y recursos de atención a personas en exclusión.

La experiencia positiva del centro Munto de Emaús en Donostia sirve de ejemplo para avanzar en integración

«Integrar no es solo hacer un esfuerzo para que estas personas no consuman o mejoren en salud mental»

Integrar es también que su vida en comunidad sea mejor, que se tejan lazos y dejen de ser invisibles. «Muchas veces estamos muy ocupados en gestionar los recursos y sin embargo no hemos podido hacer lo suficiente para trabajar desde el acompañamiento y los recursos personales y relacionales», añadió a modo de autocrítica

Javier Sancho, coordinador técnico de la Fundación Emaús, redundó en ese cambio de filosofía necesario que poco a poco están adoptando. «Poner a la persona en el centro significa que cambiemos de traje y que no solo prescribamos ayuda, sino que acompañemos». Se trata, en el fondo, de promover barrios y ciudades con menos contrastes, de reducir la desigualdad social, la brecha que existe entre los ciudadanos más favorecidos y entre los más pobres (no solo en términos de ingresos económicos). Una historia como la de los usuarios del centro Munto de Emaús deja de ser anecdótica cuando se pone en contexto. Los niveles de desigualdad son ligeramente inferiores en Gipuzkoa que en el resto de Euskadi, recordó ayer con cifras Raquel Sanz, técnica del Centro de Documentación y Estudios SIIS. La crisis económica hizo retroceder la situación social de Euskadi y ha sido en 2016 cuando se ha empezado a notar la mejoría.

También se ha reducido la bolsa de pobreza. Después de dispararse entre 2008 y 2014 en toda Euskadi, la población sin recursos se ha reducido. En 2016, el 5% de los guipuzcoanos se encontraban en una situación de pobreza de mantenimiento (no poder hacer frente a las necesidades básicas), una cifra inferior a la registrada dos años antes (6,6), pero todavía lejos de la situación anterior a la crisis (3,9).

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