La juventud vasca debería cobrar el doble para poder independizarse en solitario

La juventud vasca debería cobrar el doble para poder independizarse en solitarioGráfico

El alquiler protegido es la única alternativa asequible para el colectivo de entre 18 y 34 años. Gipuzkoa tiene el coste más alto de acceso a un piso libre en propiedad, un 60% del salario cuando lo «recomendable» es destinar el 30%

Amaia Chico
AMAIA CHICOSan Sebatián

Uno de cada cuatro jóvenes vascos sigue viviendo en casa de sus padres con 34 años. Es una de las juventudes europeas que más tarda en abandonar el nido, y no porque no quieran, sino porque la diferencia abismal entre salarios y precios de vivienda se lo pone muy complicado. No hay más que repasar el último y desalentador informe del Consejo Vasco de la Juventud: Una persona joven debería ganar más del doble de su sueldo para poder pagar un piso de alquiler en solitario. Un titular tras el que se esconden miles de historias de quienes encadenan trabajos mal pagados e inestables que no les permiten abrir la puerta de una casa propia, quienes eligen compartir piso y gastos para lograr su deseo de emanciparse o quienes incluso lo han logrado alguna vez, pero han tenido que volver al hogar paterno al cambiar -empeorar- su situación económica.

El estudio pone las cifras que marcan cada una de las historias personales que las sostienen. Pero solo con ellas, ya es posible hacerse una idea del elevado «coste de emancipación» que soporta en este momento el colectivo de entre 18 y 34 años. Un coste que, incluso, es hasta diez puntos superior para acceder a un alquiler que para comprar una vivienda en el mercado libre, cuyo precio no obstante también es inalcanzable. Los pisos protegidos son la única opción factible para que los jóvenes se independicen antes de dejar de serlo. Porque «técnicamente, a los 30 se deja de ser joven», recuerda Maialen Olabe, presidenta del Consejo Vasco de la Juventud (EGK, en sus siglas en euskera).

La brecha salarial implica para las mujeres un sobreesfuerzo diez puntos superior al de los hombres

«Necesitamos políticas públicas dirigidas al colectivo joven», reclama la presidenta del EGK

La primera cifra que impacta es el 122,8% más de sueldo que debería ingresar en la nómina un joven que aspire a vivir solo, sin pareja, amigos o compañeros de piso. Es decir, su sueldo debería duplicarse para cumplir con la norma no escrita pero recomendada de no destinar más de un 30% del salario al pago de la vivienda, bien para la renta o para la hipoteca. Para poder cumplir esa máxima, una de dos, o se doblan los sueldos o descienden a la mitad los alquileres, ahora situados de media en 880 euros. Porque con las nóminas actuales, de 996 euros de media, un joven que quiera emanciparse en solitario debería destinar dos de cada tres euros que gana a pagar el alquiler. «Un sobreesfuerzo muy importante que hipoteca su proyecto de vida», denuncia Olabe.

Ese coste, inasumible para la mayoría, es más alto si cabe que el de comprarse un piso. Incluso en Gipuzkoa -no se menciona San Sebastián-, donde ambos escenarios se presentan casi igual de prohibitivos para un colectivo que, encima, también adolece de la brecha salarial entre hombres y mujeres. El coste de emancipación para ellas es diez puntos superior que para ellos, constata el estudio. «Las mujeres jóvenes deberían destinar un 73% del salario para pagar una renta de alquiler libre, porque ganan de media 258 euros» menos que sus coetáneos, corrobora la presidenta del colectivo, que pone el énfasis en la «inestabilidad salarial constante y en la precariedad que sigue existiendo en el empleo», pese a que los datos de paro hayan mejorado ligeramente y la tasa se sitúe en un 13,9%.

Precio «tolerable»

En el caso de la compra de vivienda libre, la diferencia entre territorios es elevada. Oscila entre el 60% del sueldo que deben destinar los guipuzcoanos hasta el 41% que invierten los alaveses, por lo que la media de Euskadi limita el coste de emancipación en este caso a un 54,9% del salario, el más bajo de la última década. Pese a todo, la cifra no sirve de consuelo a quienes se lanzan a un mercado inmobiliario más accesible, tanto por precio como por condiciones de crédito, pero que sigue siendo hostil para la juventud. Según el Observatorio Vasco, los precios deberían reducirse hasta en 91.000 euros para que las letras de la hipoteca no ahoguen. Es decir, el «precio tolerable» que deberían tener los pisos para que nadie tuviera que superar ese 30% del salario que se recomienda pagar como máximo sería de 109.992 euros, una quimera en el mercado libre si se echa un vistazo a las ofertas inmobiliarias.

«Necesitamos políticas públicas de vivienda dirigidas específicamente al colectivo joven» y que respondan «a las necesidades concretas» de su realidad, reclama Olabe. Y por eso, justifica, lo primero «es darles voz» para que aporten durante el diseño de dichas políticas.

Visto el panorama, la vivienda protegida se presenta como única alternativa «asumible» para los jóvenes asalariados vascos, aunque en ese mercado también influye otro factor que escapa a cualquier política, el de la suerte. Pese a que las cuotas para jóvenes o las viviendas destinadas en exclusiva a ellos se han potenciado en los últimos años, resultar beneficiario de un piso de VPO, normalmente en alquiler, es complicado y, sin esa opción, los planes de emancipación pueden verse trastocados. «El escaso peso del alquiler protegido en el parque de vivienda hace que pocas personas puedan acceder», remarca el estudio, en el que se aprecia el salto abismal, de hasta 40 puntos, entre el mercado protegido y el libre.

La diferencia se dispara al hablar del alquiler, el que mayor esfuerzo exige a los jóvenes en el mercado libre (hasta un 67% de su salario), y el que menos (un 20,4%) en el protegido. Solo en ese último espacio pueden moverse los menores de 25 años, cuyos sueldos medios no les permiten llegar ni a ‘mileuristas’ y menos pensar en ‘volar del nido’ en solitario. La mayoría pertenece a ese 46% de jóvenes que quieren vivir por su cuenta pero no lo ven factible al menos en el plazo de un año. Y así, año tras año, muchos llegan a los 30 y, uno de cada cuatro, hasta los 34.

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