Una hermana a 3.000 kilómetros

Oihana San Sebastián se retrata junto a su 'hermana' Milana Volochay en el paseo de La Concha en Donostia.
Oihana San Sebastián se retrata junto a su 'hermana' Milana Volochay en el paseo de La Concha en Donostia. / JOSE MARÍA LÓPEZ

«Me siento muy afortunada de poder salir cada verano de Ivankiv y ganar años de vida», agradece Milana, afectada por la radiación Jóvenes procedentes de zonas limítrofes a Chernóbil disfrutan en Donostia

OLAIA OYARZUNSAN SEBASTIÁN.

Nueve meses. Doscientos setenta y tres días en los que la cabeza de la joven ucraniana Milana Volochay solo le da vueltas a una fecha. La llegada del verano, su vía de escape. La euforia y la añoranza se mezclan tras dejar atrás a sus padres y a su hermana gemela en su pueblo natal, Ivankiv, para vivir un verano más en Donostia junto a su «segunda familia»: Diego, Elisa, y sus hijas María y Oihana, con quien Milana mantiene una estrecha relación.

Milana Volochay lleva ya siete años diciendo adiós a las altas temperaturas ucranianas en temporada estival. Y tiene su porqué. Esta época del año propicia el aumento potencial de la contaminación en las zonas más cercanas a Chernóbil y ella, precisamente, reside a solo 50 km del desastre. Aunque ya se han cumplido 31 años de la catástrofe nuclear en la ciudad fantasma de Pripyat, los niveles de radiactividad siguen afectando a la vida de las 30.000 personas que, como ella, viven en el primer pueblo habitable de la zona de exclusión.

A sus 14 años, su madurez llama la atención. Desde que tiene uso de razón, ha crecido sabiendo que cada bocanada de aire, cada plato de comida o cada vaso de agua pueden esconder el peligro. Hasta la fecha, el cáncer se ha cobrado 4.000 víctimas en la zona. «En el pueblo son muchos los que piden dinero en las calles para costearse el tratamiento», relata. Aunque, quizá, la mayor condena sea la «tristeza» que se respira en Ivankiv desde que empezase la crisis de Crimea hace ya tres años: «La guerra ha empobrecido aún más al pueblo y muchos compañeros de clase no tienen ni para pagarse la comida en el recreo».

La desesperación, los bajos precios del alcohol y su fácil acceso han sumido a gran parte de la población en el consumo de alcohol y drogas. «Muchos de mis compañeros de clase no se esmeran en hacer los deberes porque saben que no podrán salir nunca de aquí, simplemente se dedican a beber vodka por las tardes», retrata con crudeza. Sin embargo, la joven reconoce ser «muy estudiosa». Aspira a estudiar Turismo, un «sueño» que se hará realidad gracias al compromiso de Diego y Elisa, sus padres donostiarras, que costearán sus estudios en la capital guipuzcoana, porque la consideran «una más de la familia».

Su deseo por aprender nuevos idiomas y el dominio que tiene del ucraniano, ruso, alemán, castellano e inglés «le ayudarán considerablemente a conseguirlo», dice Elisa muy orgullosa.

Después de siete años aterrizando cada verano en Gipuzkoa, Milana se siente «muy afortunada» por tener «la gran oportunidad» de salir durante unos meses de la zona «cero» de Chernóbil, pues su estancia en Donostia- además de aportarle conocimiento y diversión- fortalece su cuerpo hasta el punto de evitarle enfermedades a causa de la contaminación, algo imposible en su país de origen: «Mis amigos sufren problemas respiratorios una media de cinco veces al año, y nunca se curan del todo por el difícil acceso a los medicamentos», denuncia.

Las medidas restrictivas del gobierno ucraniano y el estancamiento de su pueblo tras el accidente de la central nuclear han frenado las posibilidades de prosperar. Aunque muchos no desaprovechan la oportunidad de salir del país. «Mis padres fueron la primera generación de niños que viajaron a España con una organización similar a la mía después del Chernóbil», cuenta. «Ellos me envían aquí para aumentar mi esperanza de vida».

«Parece que Chernóbil ha caído en el olvido, la situación no avanza», lamenta Milana

Chernobilen Lagunak traía hace años a 50 niños; este verano solo han podido venir 17

El pasado abril, su familia donostiarra viajó por primera vez a Ivankiv. «Pudimos comprobar todo lo que nos contaba Milana sobre las dificultades que sufren allí, nos impactó mucho», recuerda Elisa.

«Al ver la dura situación con la que viven allí, y la fuerza con la que siguen adelante, aprendí que los problemas que tenemos aquí no son tan grandes», reflexiona Oihana, su 'hermana de verano'. La buena relación entre ambas es indiscutible y las dos adolescentes presumen de ello. A pesar de los 3.194 kilómetros que separan a estas dos chicas durante todo el año, el contacto entre ellas «nunca cesa», algo que «afianza» su amistad, dice la joven donostiarra.

«Necesitamos familias»

Pero su estancia en Donostia tiene fecha de partida; en septiembre vuelve a la cruda realidad. «Parece que el desastre de Chernóbil ha caído en el olvido. La situación no avanza», lamenta Milana. Las promesas del Gobierno ucraniano de que en los próximos veinte años la expectativa mejorará caen en saco roto para los habitantes de la zona limítrofe, ya que «existe mucha desconfianza hacia las autoridades», apostilla.

Cuestión que suscribe la asociación zarauztarra 'Chernóbilen Lagunak' que se encarga de la tramitación de acogida Ivankiv-Donostia, desde hace 21 años. «Necesitamos familias, este año han venido 17 niños y hace años traíamos a 50», dice Nerea Zubia, voluntaria de la asociación. La «delicada situación que sufren niños y niñas como Milana es alarmante», advierte Zubia. Son vidas truncadas que merecen respuestas.

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