Una expedición de altas miras

Montaña

Un grupo de invidentes guipuzcoanos coronó un 3.000 del Pirineo francés la pasada semana

El grupo de invidentes hizo la ascensión con barras direccionales y atentos a las indicaciones del guía Alfonso Núñez./FOTOS BASQUELANDS WAY
El grupo de invidentes hizo la ascensión con barras direccionales y atentos a las indicaciones del guía Alfonso Núñez. / FOTOS BASQUELANDS WAY
IGNACIO VILLAMERIELSAN SEBASTIÁN

Los protagonistas de esta historia no van a poder leer estas líneas referidas a su hazaña. Pero tranquilos, no se apuren, que no les ha pasado nada. Están vivitos y coleando. Es más, quizá usted se los cruce por la calle un día de estos. De ser así, puede pararles tranquilamente y felicitarles porque lo que consiguieron el pasado fin de semana bien merece un reconocimiento.

No, no remaron en ninguna trainera ni disputaron el título de la bandera de La Concha. Ellos estaban 3.045 metros más arriba. Concretamente en la cima del Petit Vignemale, en el Pirineo francés. 'Pishhh, vaya cosa', pensarán algunos, 'un 3.000 lo sube cualquiera'. Desde luego, un 3.000 no es un 8.000, pero aún así ¿cuántos se atreverían a coronarlo con los ojos cerrados? Pocos, ¿verdad? Pues eso es lo que hizo este grupo de invidentes guipuzcoanos. En su caso, lógicamente, lo de los ojos cerrados es una simple metáfora. Pero, siguiendo con ella, si con sus ojos físicos no ven, con los de la ilusión, el tesón y el esfuerzo, lo hacen a las mil maravillas.

«En mi retina no ha quedado nada, pero en mi corazón sí», confiesa Begoña Manterola, una de las integrantes de esta expedición pirenaica, que difícilmente consigue borrar de su cara bronceada una amplia sonrisa de satisfacción. Pero empecemos por el principio. Cómo surgió esta idea.

«En mi retina no ha quedado nada, pero en mi corazón sí», confiesa Begoña Manterola

«La montaña nos puso en nuestro sitio y llegamos al refugio de noche cerrada», reconoce Juan José Girado

«Hemos cumplido el reto. Nos hemos desenvuelto en un entorno hostil a pesar del mal tiempo, y de todo»

Un grupo de invidentes de distinto grado, que se conocen de la ONCE, hacen una salida montañera al mes. «Normalmente vamos al Adarra o a montes de este tipo». El guía de estas ascensiones domésticas es Alfonso Núñez, de la agencia de turismo activo Basquelands Way. «Joé, qué bien os veo subiendo. Un día de estos vamos a tener que intentar coronar un 3.000», se le ocurrió decirles un día, medio en serio medio en broma. «Cuando quieras», recogió el guante sin titubear el grupo de invidentes, con una fe ciega en sus posibilidades.

Las ascensiones a montes «de entre 600 y 800 metros» se iban sucediendo y la pregunta del grupo se repetía como un mantra. «¿Qué, Alfonso, cuándo vamos a ascender ese 3.000?». El guía se llevaba entonces las manos al cuello de su cazadora con la intención de aflojárselo un poco y únicamente respondía con una sonrisa de circunstancias. «Fue tal su insistencia y su determinación que no me quedó otra que aceptar», explica.

El comienzo de la ascensión

Dicho y hecho. Solo faltaba fijar un día y comenzar los preparativos para la ascensión. Finalmente, el viernes 8 de septiembre partieron en dirección Francia y aparcaron su microbús en Cauterets, cerca de Lourdes. «Desde allí teníamos que subir hasta el refugio donde haríamos noche, a más de 2.000 metros de altitud». Y ahí empezaron los problemas. «La montaña nos puso en nuestro sitio», reconoce Juan José Girado, otro de los valientes expedicionarios. «Tardamos unas siete horas en subir hasta el refugio y llegamos ya de noche cerrada». En condiciones normales, ese recorrido se hace «en unas tres horas», señala el guía de Basquelands Way, «pero claro, nuestras condiciones eran particulares y encima la climatología tampoco fue la mejor».

«Reconozco que yo me bloqueé. Parecía que no llegábamos nunca y llevábamos demasiado peso en la mochila», apunta Girado. Por suerte, el guía había contactado previamente con su colega Javier Lacha para que le ayudase en tamaña gesta. «Javier no solo hizo de guía sino también de serpa», reconoce agradecido Núñez.

«Como veía que no llegábamos y que la noche se nos echaba encima, me tuve que adelantar hasta el refugio para confirmar que estábamos en camino y pensábamos llegar», asegura Javier, quien de paso subió las mochilas de algunos integrantes, porque lo de darse la vuelta no entraba en los planes de nadie. «Una vez que avisamos, ya nos quedamos más tranquilos. Aún así, nos tocó hacer más trabajo psicológico con el grupo que físico».

Empezó a llover, hacía frío y algunos no veían el momento de llegar. «Cada 20 minutos nos preguntaban ¿falta mucho?». Entonces les dijimos «pensad que estáis en un entorno amigo, no veáis la montaña como un entorno hostil». Poco a poco consiguieron darle la vuelta a la situación. «Les dimos confianza y respondieron de nuevo». Consiguieron alcanzar el refugio a las 22.00 horas. «Todo el mundo estaba ya dormido, pero los responsables nos tenían guardada la cena caliente. Se portaron fenomenal», afirma Julia Junquera.

«Llegar hasta allí ya fue un premio», reconoce Girado. Algunos de los montañeros que se levantaban al baño no se creían lo que veían. «Se frotaban los ojos. ¡Cómo nos miraban! Éramos la atracción del refugio», afirma Sergio Felipe Torres. «Nos sentimos parte del colectivo montañero. Alfonso creyó en nosotros y no se equivocó».

Una vez templados los nervios y la emoción por alcanzar el tan ansiado refugio pirenaico, el grupo se dispuso a dormir en literas, «otra experiencia más». Pero, «antes salimos un rato fuera. Nos iban narrando cómo la claridad de la luna iba iluminando el valle, y a pesar de no poder verlo, lo sentíamos. Fue un momento mágico. Solo por eso, la expedición ya mereció la pena».

Al día siguiente, en cambio, la montaña, envidiosa quizá de que un grupo de invidentes «con dos pelotas» osase hacer cumbre en su cima, les tenía preparada una mala jugada. «Había ventisca y nadie quería salir del refugio». Nadie que no fuera este grupo guipuzcoano. «Era un día durísimo y muchos montañeros no se atrevieron a salir», rememoran, «y los que habían partido antes que nosotros se volvieron».

Ya que habían llegado hasta allí, el grupo al completo decidió que al menos había que intentar la gesta. «Fuimos en fila india, como oruguitas, unidos por barras direccionales para sentir el terreno sobre el que pisábamos, atendiendo solo las indicaciones de los guías». Con los dientes apretados y con un objetivo claro entre ceja y ceja. Coronar.

Pero las condiciones empeoraban por momentos. «Nos cruzamos con un grupo de bilbaínos que bajaba. Nos aseguraron que no se podía subir con semejante tiempo». Al contestarles que no solo pensaban subir sino que eran de un grupo de la ONCE «se llevaron las manos a la cabeza». Aún así, la realidad se acabó imponiendo a los deseos y parte del grupo decidió volver. «El resto nos dijimos, ¿seguimos un poco más? y así, paso a paso, fuimos ascendiendo». Los que volvieron seguían las evoluciones de sus compañeros a través de un 'walkie talkie'. «Nos íbamos emocionando más y más al ver que seguían ascendiendo». Y de repente, la cima. «Fue una sensación indescriptible», afirma Julia Junquera. «Nos hemos sabido desenvolver en un entorno hostil, con dos pelotas», apostilla otro de los que hicieron cumbre, Sergio Felipe Torres. «El resto lo vivimos como si nosotros mismos lo hubiésemos conseguido. Y si no llega a hacer tan malo, lo hubiésemos hecho».

Estos son los nombres de los expedicionarios. Begoña Manterola y su perra Jewa, Sergio Felipe Torres, Julia Junquera, Juan José Girado, Ana Morales, José Mari Sorrón y Ramoni. Dos familiares acompañantes: Gema Manterola e Iker Elola, y los guías Alfonso Núñez y Javier Lacha.

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