siria, líbano y eskerrik asko gipuzkoa

Los 30.000 euros de ayuda de emergencia donados hasta ahora han permitido escolarizar a cien niños palestinos y sirios desplazados a Tyro. Una delegación institucional visita los campos de refugiados para conocer el proyecto educativo en el que colabora

Asmaa Al Ali, con sus alumnos de cinco años, en el centro de educación infantil subvencionado por la Diputación de Gipuzkoa en Tyro. / FOTOS: E. VALLEJO
ESTRELLA VALLEJOBeirut

«Estabilidad». Con esta palabra Fatima Alabdull resume cómo le gustaría que fuera su vida. No pide más. Pero esas once letras guardan bajo llave una experiencia que no está dispuesta a vivir de nuevo y tampoco a recordar en detalle. Sabe perfectamente que es una superviviente, que ha conseguido sobrevivir a la guerra siria, pero ahora lo que le falta, como bien remarca, es vivir.

Esta joven de Alepo tiene 28 años, llegó de forma ilegal al sur del Líbano en octubre de 2016 cuando la frontera con Siria llevaba ya dos años cerrada por el gobierno libanés. Pero no llegó sola, cruzó las montañas acompañada de su hijo de cuatro años y embarazada de Rumba, los dos pequeños que hoy parecen darle la fuerza que necesita para seguir con ese espíritu luchador y aparentemente inagotable.

Su mirada es dura, propia de quien ha vivido tanto que es incapaz de debilitarse por nada. Pero al preguntarle por su mayor deseo lo dice de nuevo: «Una vida estable». Y de pronto sus ojos se cuartean y brotan unas lágrimas que parecen ser más fruto de la rabia por un futuro incierto, que por los horrores de los que ha tenido que ser testigo. Sus compañeras de fatiga asienten con el rostro casi helado e impasible. Son ocho mujeres llegadas a Líbano desde diferentes puntos de Siria entre 2011 y 2016 que, al menos, han conseguido que alguno de sus hijos entre a formar parte del proyecto de escuela infantil que la ONG libanesa PARD (The Popular Aid for Relief and Development) está desarrollando en Tyro, y que ha recibido a través de Solidaridad Internacional, una ayuda económica de emergencia por parte de la Diputación de Gipuzkoa y los ayuntamientos de Donostia, Irun y Zumarraga.

Inglés, árabe y aritmética

Una delegación institucional, formada por el diputado de Cooperación, Denis Itxaso; el director del departamento, Fernando San Martín; la directora de Derechos Humanos de la Diputación, Maribel Vaquero, y una representación de todos los partidos de las Juntas Generales ha visitado esta semana el proyecto que ha atendido a cien niños de entre 4 y 6 años que durante este 2017 han asistido a clases de inglés, aritmética, árabe, manualidades y actividades de tiempo libre.

Organismos como ACNUR y UNRWA no ofrecen servicio preescolar, y menos aún en los asentamientos no oficiales. De ahí, el papel tan importante que juegan entidades locales como el PARD que a través de esta escuela infantil trata de evitar que los niños que residen en el campo de refugiados de Burj Shamali y el asentamiento Maashouk, también ubicado en Tyro, se conviertan en una generación perdida, sin acceso a educación. Solo el 10% de este colectivo consigue superar las pruebas de acceso al sistema educativo libanés, ya que la exigencia es superior a la siria y la inscripción en centros privados alcanza unos costes que ninguno de los desplazados es capaz de abordar.

Actualmente, se considera que este país mediterráneo es el que mayor proporción de refugiados per cápita acoge a nivel mundial, junto con Turquía y Pakistán. De hecho, de los 4,2 millones de habitantes que posee el Líbano, se estima que hay más de dos millones de desplazados: 280.000 palestinos y entre 1,5 y 2 millones de sirios, de los que solo un millón están inscritos en las listas de ACNUR.

Así, la llegada masiva de desplazados, unida a la expansión de los asentamientos y un acceso a necesidades básicas cada vez más complicado, ha llevado a dejar en un segundo plano las ayudas destinadas a la educación. Teniendo en cuenta que hay 400.000 menores en todo el país, las deficiencias en materia educativa de la población infantil refugiada es uno de los aspectos que más preocupa. Porque si no se toman medidas, dicha generación de niños y jóvenes no podrá promover la reconstruir del país a nivel social, laboral y cultural tras el conflicto.

El área de actuación del PARD en la zona de Tyro abarca a unos 300 niños de entre 4 y 6 años, pero de momento solo cien han podido acceder al proyecto educativo que desarrolla la ONG. Rashid El Mansi, director de programación del colectivo que ha acompañado a la delegación guipuzcoana durante su estancia, explica que tienen a otros cien niños «en lista de espera», mientras que hay otros tantos que por los requisitos de acceso tienen más complicada su incorporación.

Otorgan prioridad a viudas con niños, padres con algún tipo de discapacidad, familias sin ingresos, familias con un ingreso y muchos hijos, y niños con discapacidad. No obstante, al conocer perfectamente a las familias, «en algunos casos también nos dejamos llevar por lo que vemos a diario, aunque es muy difícil decir 'tú entras y tú no'», explica.

Visita al centro educativo

La visita de la delegación guipuzcoana al centro educativo infantil coincide con un día en el que se superaron las temperaturas máximas registradas hasta la fecha en el país, apuntaba Rashid. Se sobrepasaban con holgura los 40 grados que además se hacían más sofocantes dada la humedad del 80%.

En el interior del edificio, los ventiladores estaban a pleno rendimiento. También en el aula de Sordus, encargada de mantener a raya a los cerca de veinte niños de cuatro años. «Además de actividades escolares y enseñarles idiomas, hago hincapié en los cambios de hábito de comportamiento, como que aprendan a decir buenos días o a escuchar a los demás», explica la profesora.

En la entrada a su aula cuelga un cartel: 'Eskerrik asko Gipuzkoa', como también puede leerse en los pasillos o en la clase de Asmaa Al Ali que es la encargada del aula de cinco años. Como gesto de agradecimiento por la ayuda, «las manualidades de la semana pasada las enfocamos a hacer algo para vosotros», explica. Esta joven de 27 años, embarazada del que será su primer hijo, acude al centro a diario entre las 8 y las 13.30 horas para impartir clase «de árabe, matemáticas e inglés», pero también «tratamos de desarrollar habilidades sociales, físicas y mentales. Es muy importante hacerles pensar y reflexionar». Asimismo, señala que están muy pendientes de aquellos que parecen más vulnerables. «Tratamos de reconfortarles e intentamos hacerles capaces de superar lo que han vivido».

Mujeres coraje

En otra de las aulas esperan ocho mujeres que tienen a alguno de sus hijos en preescolar. No tienen problema en contar su historia. Solo piden que se evite su posicionamiento político para evitar problemas en el futuro.

Lina huyó de su pueblo, situado muy cerca de Damasco, en 2016. «Viví toda la guerra y por eso llegó un momento en que decidí marcharme», lamenta. La huída no fue sencilla y mucho menos la decisión de separarse de sus seis hijos. «Primero vine yo con uno, después partió mi marido con otros dos y finalmente, mi hija mayor llegó a Líbano a cargo de sus otros dos hermanos», recuerda.

Ahora, su marido tiene un shock postraumático, está pidiendo en la calle porque «trabaja un día y los diez siguientes está en casa porque no encuentra dónde trabajar». Deben pagar un alquiler de 300 dólares por vivir en uno de los asentamientos informales de la ciudad de Tyro, en edificios medio derruidos y en unas condiciones deplorables. Los salarios que obtienen, cuando llegan, apenas alcanzan dicha cantidad. Tiene claro que no quiere regresar a Siria y su única esperanza es vivir con dignidad sin importarle dónde.

Rowaida Wagha lamenta que su hijo tuviera que ver morir a su padre en casa. Esraa Alkadri recuerda cuán tranquila y feliz era su vida antes de que estallara la guerra, al mismo tiempo que Fatima incide en que la situación en la que viven ahora es «lamentable», «soy incapaz de imaginarme viviendo así cinco años más». El reclamo de una vida digna llega a la par de una tensión que parece que se va agudizando entre los refugiados y la población libanesa. «Es muy triste ver que otros niños no quieren jugar con tu hijo porque es sirio», lamenta Amali Makhur.

Sus deseos a futuro se resumen en educación, estabilidad y seguridad. Critican que organismos como Acnur, en su opinión, estén mirando para otro lado. «Y nos gustaría que, al igual que vosotros, se sentaran frente a nosotras y al menos nos escucharan». «Nos comprometemos a seguir colaborando», les prometió Itxaso. «Insha Allah», le respondió Fatima.

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