Enma juega al fútbol

Cinco miradas posibles a este 8 de marzo y la lucha histórica de las mujeres por la igualdad

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ
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Se llama Enma y apenas tiene 3 años. Menuda y lista, coqueta y disfrutona, obediente pero con poca tolerancia a la frustración, rehúye la competición física en el parque para hacerse con el columpio o el tobogán, aunque reivindica turno con la terquedad de las que no dan nada por perdido. O con la cabezonería propia del lado femenino de la familia. Hace unos días, al llegar a casa del colegio de mano de su ama -es ella, como casi todas las madres vascas, las que pidió la reducción de jornada-, le contó con gesto serio que un compañero le había dicho que las niñas no pueden jugar al fútbol porque corren menos que ellos. Enma construye las frases con una precisión impropia de su edad, pero es dudoso que llegara a comprender -el crío tampoco- el sentido último de la advertencia. Y, sin embargo, algo instintivo debió de removérsele dentro, porque consumió una tarde correteando sin ton ni son por el patio detrás del balón. Hasta entonces, nunca había exhibido interés alguno por el fútbol. Le dejaron hacer, parecía feliz. Por primera vez, Enma ha escuchado en casa que las niñas pueden hacer lo mismo que los niños, o cuando menos intentarlo. Ha sido su bautismo infantil y pedestre en lo que significa la igualdad. Es un misterio por qué el pequeño le dijo lo que le dijo. Pero quizás, solo quizás, él había recibido el mismo bautismo en su hogar. Orientado al lado contrario.

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Es difícil dar por conquistada la paridad cuando cada año decenas de mujeres -la terrorífica estadística sitúa la media en medio centenar al año- son asesinadas por maridos, compañeros o toda clase de ‘ex’. No hace mucho, alguien se percató de que el sistema reactivo contra la violencia machista estaba agujereado por un flanco inesperado y muy sangrante: había condenados en prisión por matar a sus mujeres que estaban disfrutando de prestaciones económicas por el fallecimiento de ellas. Tal cual. Hubo que cambiar la ley. En la otra orilla, distante un abismo, existe una bolsa de mujeres que sobreviven con la pensión de viudedad vinculada a esposos que las maltrataron en vida. Así lo relató la profesora de la UPV Elena Galdós Loyola en la jornada con motivo del 8 de marzo organizada ayer por el Colegio de Graduados Sociales de Gipuzkoa. En ese mismo marco, la consejera de Trabajo y Justicia, María Jesús San José, dejó una sentencia lapidaria: «La mujer se ve obligada a dejar de ganar dinero» para poder conciliar. Eso en un país, Euskadi, donde ya se sabe que hablar de sueldos es de un mal gusto insoportable.

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A los gobiernos frágiles les ocurre de tanto en tanto. Llegan tiempos en los que parece que nada les sale ya. O que lo que les sale va como a destiempo o resulta contraproducente. Mariano Rajoy respondió a la gallega a una pregunta radiofónica ante la que, si uno es hombre y presidente del Gobierno, no puede quedarse parado en mitad de la escalera: o se sube, afrontando el debate público sobre la brecha salarial entre sexos, o lo opuesto es bajarla. Con una trayectoria lo suficientemente duradera como para haber demostrado que a él nadie le marca el calendario aunque se haga el despistado, Rajoy ha decidido el relevo de Luis de Guindos cuando lo ha creído conveniente. El día elegido fue ayer, 7 de marzo, víspera de la movilización feminista que se pretende sin precedentes de hoy. Un hombre al frente de la economía española sustituido por otro hombre a horas de una efeméride cargada de simbolismo. La meritocracia parece acompañar la biografía de Román Escolano. La meritocracia que casi nunca parece alcanzarles a ellas.

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¿Hay mujeres machistas? La pregunta nos incomoda casi tanto como cuando tenemos que referirnos a las de nuestro género que ejercen la prostitución por decisión propia y libre. El feminismo no tiene una respuesta unívoca a esa insidiosa pregunta. Hay quien tilda, de hecho, de machistas a las mujeres que osan interpelarse en voz alta sobre aquellas otras de su género que no solo discrepan de que la desigualdad sea una realidad, sino que torpedean de muy diversas maneras la causa de las de su bando. Pues mujeres machistas haberlas, haylas. Por ignorancia, en la versión ingenua, o por convicción, en la más cruda. Lo que sucede a veces es que la causa de las mujeres está empedrada de aparentes buenas intenciones que acaban constituyendo un fiasco o jugando a la contra de lo que se dice perseguir. Tras la polémica artificiosa y baldía sobre las ‘portavozas’ de Irene Montero -no es la portavocía, señoría, es quién dirige los partidos-, Isabel García Tejerina se descolgó con su apuesta por hacer este 8 de marzo una «huelga a la japonesa» para «demostrar» lo mucho que pueden trabajar las mujeres. Como si -ministra- hiciera falta. Las portavozas japonesas no encabezan, por ahora, ningún partido en España. Tampoco en Euskadi, donde las imágenes del 140º aniversario del Concierto Económico ilustraron hasta qué punto el poder puede seguir siendo casi exclusivamente masculino siglo tras siglo.

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La Prensa está -estamos- dedicando un esfuerzo especial estos días a empatizar con las reivindicaciones de las mujeres. Casi ninguna encabeza los medios de comunicación de referencia.

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