Un empleo integrador

Una veintena de trabajadores de Koopera Cáritas tiene perfil de inclusión. Micheline vivía en un centro de acogida y ahora es cocinera. Mohamed se ha formado como mozo de almacén y busca empleo

Mohamed Elmassaoudiy, marroquí, y Micheline Evina, camerunesa, en la planta de Errenteria. /LUSA
Mohamed Elmassaoudiy, marroquí, y Micheline Evina, camerunesa, en la planta de Errenteria. / LUSA
Aiende S. Jiménez
AIENDE S. JIMÉNEZ

Se considera que el trabajo es el mejor medio de inserción social para personas que se encuentran en una situación de riesgo. Aporta estabilidad económica, permite conocer gente, ser parte de un entorno laboral y contribuye a la formación en un oficio. Para las personas inmigrantes, además, es requisito indispensable para poder legalizar su situación en el país al que han llegado y lograr la residencia. Koopera, la red de cooperativas y empresas de iniciativa social impulsada por Cáritas, utiliza el empleo como herramienta para alcanzar uno de sus objetivos principales, que es la inserción socio-laboral de personas que estén en riesgo de exclusión social.

Actualmente, de las 34 personas que trabajan en Gipuzkoa en los diferentes servicios que ofrece la cooperativa relacionados con la reutilización y el reciclaje de las prendas donadas en los contenedores de Cáritas, más de la mitad pertenecen a ese perfil de inclusión. Buena parte, lo hace en la planta que Koopera tiene en Errenteria, donde se clasifican los miles de kilos de ropa que llegan gracias a las donaciones de los ciudadanos. Y dos ellos son Micheline y Mohamed.

«Cuando tenemos una vacante de empleo nos ponemos en contacto con Cáritas y Lanbide y ellos nos envían una selección de personas que consideran apropiadas para el puesto»

«Cuando tenemos una vacante de empleo nos ponemos en contacto con Cáritas y Lanbide y ellos nos envían una selección de personas que consideran apropiadas para el puesto» ANDER MONROY, koopera

Micheline Evina tiene 42 años y es de Camerún. Cuando llegó a Gipuzkoa no tenía trabajo ni documentación en regla, por lo que sus posibilidades de lograr un empleo, al menos de forma legal, eran mínimas. Vivía en el centro de acogida que Cáritas tiene en Trintxerpe, desde donde le incluyeron en un taller ocupacional. No obstante, ella era consciente de que la única forma de conseguir los papeles «era consiguiendo un contrato».

Y lo hizo en la planta de Errenteria, donde trabajó durante tres años. Allí coincidió con Mohamed Elmassaoudi, un marroquí de 41 años que llegó a la planta a través de Lanbide. «Son las dos formas de entrar en contacto con esos perfiles de inclusión. Cuando tenemos una vacante de empleo nos ponemos en contacto con Cáritas y Lanbide y ellos nos envían una selección de personas que consideran apropiadas para el puesto», explica Ander Monroy, técnico de acompañamiento de Koopera.

Su trabajo es asesorar y ayudar a esas personas durante los tres años, como máximo, que pueden trabajar con ellos. Porque el objetivo, explica Monroy, no es darles un empleo fijo, sino formarles y que ganen experiencia para que puedan acceder al mercado ordinario. De hecho, tres meses antes de que termine su contrato, empiezan junto a ellos una búsqueda activa de empleo, en la que les ayudan a crear un currículum que distribuyen por empresas a las que podrían acceder.

En ese proceso está ahora inmerso Mohamed, que ya ha cumplido un trienio en el almacén de Errenteria. En este tiempo ha mejorado su formación con dos cursillos de mozo de almacén y de carretillero. Antes de trabajar en Gipuzkoa, donde lleva doce años viviendo, fue frigorista y vendedor de ropa en una cooperativa en Galicia, experiencia que le permitió optar a un puesto en Koopera. «Tener un trabajo durante tres años te da una estabilidad muy importante», reconoce el marroquí, que vive en Zumaia con su mujer y sus dos hijos. Por si no saliera nada, tiene la posibilidad de trabajar como cocinero en un restaurante de Zarautz durante la temporada de verano. «Claro que me preocupa no encontrar trabajo, pero espero que la experiencia y la formación que he adquirido me sirva de algo», señala.

El ejemplo lo tiene en Micheline. La camerunesa cuenta que cuando terminó su periodo en Koopera se quedó en el paro un viernes y el martes siguiente ya había encontrado un trabajo. Eso sí, de cocinera, un oficio que desarrolló en Camerún, donde trabajó para una embajada. Tras varios meses firmó un contrato indefinido en un restaurante de Oarsoaldea. «Al principio no me entusiasmaba la idea de volver a trabajar en una cocina, pero me ha acabado gustando», reconoce la camerunesa que ahora vive en Errenteria junto a su hija de 20 años. «Trabajar en Koopera me dio la oportunidad de salir del centro de acogida y de traer a mi niña, que era mi principal obsesión y que costó mucho tiempo», asegura.

Mayores de 45 años

El seguimiento que los técnicos de Koopera hacen de estas personas de perfil de riesgo no termina una vez que dejan la empresa. «El acompañamiento se mantiene para comprobar que están bien y que tienen un empleo», explica Ander Monroy. El éxito de este programa es alto. Según datos de Koopera, el año pasado crearon 65 nuevos puestos de trabajo, 48 de ellos en Euskadi, 17 en Gipuzkoa. Respecto al perfil de las personas contratadas, el 40% son mujeres y el 60% tienen más de 45 años, un colectivo especialmente vulnerable por los efectos de la crisis económica.

Asimismo, de las 54 personas que finalizaron su contrato y proceso de inserción con Koopera en el año 2017, más de la mitad encontraron un empleo en los seis primeros meses, y el 70% consigue entrar en el mercado laboral ordinario durante los dos años posteriores a su paso por la cooperativa gracias a la búsqueda activa de empleo que se realiza junto a ellos. Por otro lado, de las 392 personas que pasaron por alguno de sus cursos, 46 accedieron a un empleo en los primeros meses, tras recibir la formación.

Una red que empieza en la donación de ropa

Koopera emplea a un total de 600 personas, 400 de las cuales trabajan en Euskadi. Y casi el 50% de los empleos se centran en la actividad de reutilización y reciclaje de ropa, una red que comienza en el momento que un particular dona una bolsa de ropa en alguno de los contenedores que Koopera Cáritas tiene en Euskadi. Cada año se recogen 18.000 toneladas de prendas textiles en el Estado, 2.400 en Gipuzkoa. Este año, aseguran desde Koopera, la recogida de ropa en el territorio está experimentado un aumento del 5% y se estima que durante el 2018 se podría alcanzar la cifra de las 3.000 toneladas de ropa recogida.

Estas prendas pueden tener distintos usos. Aquellas que se encuentran en buen estado se destinan a la venta en alguna de las cinco tiendas que Koopera dispone en Gipuzkoa. El resto que no pueden ser aprovechadas van a parar a distintos proyectos de reciclaje para la fabricación de productos como paneles aislantes para la construcción, moquetas para coches o la producción de nuevos tejidos. Un porcentaje muy pequeño es procesado para la producción de energía, alcanzado así el residuo cero. «La industria textil es la segunda más contaminante del mundo, por lo que pedimos a la gente que done su ropa, ya esté en buen o mal estado, porque todo es aprovechable», señalan desde Koopera.

En las tiendas de ropa de segunda mano se cumple además una importante labor social, que es la entrada de prendas de vestir a personas que llegan a través de Cáritas, un proceso que antes se realizaba en parroquias u otras sedes de la organización católica. «Ahora las personas eligen su ropa y al pasar por caja enseñan un vale de Cáritas», explican. Una forma de «dignificar» la entrega social de la ropa. El año pasado se realizaron más de 800 entregas en las tiendas Koopera a través de Cáritas Gipuzkoa.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos