Desiguales a la hora de conciliar

Una familia que concilia desde la igualdad. Hugo y Erika juegan con sus hijos Marco y Danel. Él es funcionario y se acogió a una reducción de jornada./IGOR AIZPURU
Una familia que concilia desde la igualdad. Hugo y Erika juegan con sus hijos Marco y Danel. Él es funcionario y se acogió a una reducción de jornada. / IGOR AIZPURU

La precursora medida de equiparar los permisos de paternidad y maternidad entre los funcionarios vascos acentúa a la vez las diferencias con el sector privado. Cuatro familias cuentan las fórmulas, a veces mágicas, para compaginar trabajo y la crianza de los hijos

ARANTXA ALDAZSAN SEBASTIÁN.

La precursora medida de equiparar el permiso de paternidad con el de maternidad entre los funcionarios vascos, en un gesto para luchar por la igualdad de género, ha cuestionado a la vez las fórmulas de conciliación -o de no conciliación- presentes en la empresa privada o en ese mundo al otro lado de la frontera del asalariado que es el régimen de autónomos. Los trabajadores públicos lograrán hacer realidad una reivindicación que acerca a Euskadi a los países más avanzados de Europa, donde la crianza corresponsable entre el padre y la madre significa mucho más que un compromiso de buenas intenciones. Será, dicen los expertos, la semilla para una cultura a favor de la igualdad. ¿Pero qué pasa en la empresa privada? ¿Por qué tienen que ser casi siempre las mujeres las que opten por reducir su jornada laboral o directamente renuncien al empleo para poder criar a los hijos? ¿Conciliar tiene que significar frenar una carrera profesional?

Los límites del modelo actual de conciliación, basado en las ayudas económicas por reducción de jornada o excedencia, han sido remarcados por el reciente Pacto vasco por la Familia y la Infancia, donde se plasma, además de la desigualdad de género, la dificultad para acogerse a estas medidas entre los asalariados con contratos temporales, en una escala económica más débil, y por lo tanto con menos opciones de reducir los ingresos que llegan al hogar. Al contrario, este tipo de ayudas favorecen la conciliación «entre los sectores más privilegiados del mercado de trabajo: trabajadores con contrato indefinido, jornadas a tiempo completo, mayor nivel educativo y trabajadores del sector público». Aunque existen tantas formas de casar trabajo y cuidado de los hijos como personas, cuatro familias cuentan sus fórmulas, a veces casi mágicas, de hacer posible la cuadratura del círculo y plasman las diferencias a la hora de poder conciliar.

Los datos

28.737
personas en Euskadi, el 83% de ellas mujeres, interrumpieron su actividad laboral en los últimos tres años por cargas excesivas de trabajo familiar o tras el nacimiento de un hijo o hija, una vez finalizado el permiso por maternidad o paternidad, según datos recogidos en la última Encuesta de Hogares y Familias, publicada por el Gobierno Vasco.
32,5
millones de euros es el presupuesto anual del Gobierno Vasco para las ayudas a la conciliación (reducciones de jornada y excedencias por el cuidado familiar).

Hugo García de Garayo. Funcionario «Conciliar es una apuesta personal y tenemos la suerte de nuestro trabajo»

Hugo García de Garayo y Erika Miranda acaban de recoger a sus dos hijos, Marco y Danel, de 6 y 5 años, de casa de los aitonas. La imagen puede llevar a una idea equivocada, porque son la antítesis de los abuelos canguro. Los chavales acuden una tarde a la semana «casi como regalo para los aitonas, que nos pedían un tiempo para ellos, porque hemos intentado organizarnos para ser autosuficientes en el cuidado de los hijos, dentro de lo posible», cuenta Hugo. El esquema en el que la madre se reduce la jornada laboral para poder cuidar a los hijos cambió con el nacimiento del segundo bebé, cuando Hugo, ertzaina en Vitoria, optó por reducirse la jornada. «He sido la excepción en mi entorno», reconoce. En su casa, su decisión también causó sorpresa. «Yo me quedé planchada, porque pensaba que esa era mi tarea. Tiene que haber una confianza en que ellos pueden desempeñar esa función igual que tú. Solo hay que dejarles. No somos ni las dueñas de la crianza de nuestros hijos ni las que mejor lo hacemos», reconoce Erika, matemática, con un puesto interino en la Administración pública.

La revolución igualitaria llegó a su casa cuando Hugo empezó a pasar no solo más horas presenciales, sino a asumir realmente la tarea de los cuidados, incluida «la carga mental», añade él a esa infinita lista de biberones, pañales y despertares a media noche. «Me creía muy igualitario, pero la realidad es otra. Ni conocía a los profesores, ni a los padres del cole, ni sabía que un día había que vestirles de un color para el disfraz de carnavales. Esa carga intangible yo no la tenía. Sí pasaba muchas horas con ellos, y me encargaba de muchas tareas, pero solo en lo físico, en lo mental vivía libre», confiesa. Feliz con la crianza compartida, dice que «es un gran regalo como padres y para los hijos, pero también para que los cuidados familiares no tengan por qué recaer siempre en la mujer», proclama.

Esa decisión personal implicó muchas renuncias en el aspecto laboral, también para Erika, que continúa a jornada reducida en su trabajo. «Lo que tuve claro es que no quería renunciar a trabajar. Hemos estudiado, nos hemos formado, logrado empleos cualificados y no quería verme con cincuenta años siendo una ama de casa estupenda». Hugo tampoco se arrepiente, al contrario. «Cada familia tiene sus circunstancias, y nosotros elegimos este camino, con esfuerzo económico, por supuesto». ¿Lo tienen más fácil por ser él funcionario y ella trabajadora de la Administración pública? «Ha sido una apuesta personal y además tenemos la suerte de que el trabajo nos lo permite, pero también hay funcionarios que no se acogen a su derecho», de ahí que observen «un paso adelante» en la decisión de equiparar los permisos de paternidad y maternidad. «Ayudará a que la responsabilidad de la crianza sea cosa de dos. Porque la que se queda en casa al mando es la mujer, mientras que el hombre se reincorpora mucho antes al trabajo, un papel más cómodo, porque cuando le llega el turno a ella, parece que tiene que ser la que resuelva todo. Y no es así».

Inma Larzabal. Abogada «Mil veces he pensado por qué no elegí una profesión con horario estable»

La única condición de la familia Silva Larzabal para participar en el reportaje fue poder encontrar un hueco en su sincronizada agenda familiar. Cinco minutos libres son oro para un matrimonio que trabaja, con dos hijas pequeñas. Inma Larzabal y Nicolás Silva «vuelan» en su día a día para llegar a todo. Ella es abogada, «sin horario, con lo bueno y lo malo de la flexibilidad» y él trabaja en la banca a jornada completa, con horario flexible por la mañana y casi todas las tardes ocupadas. La organización familiar no permite la improvisación. «Yo procuro tener tres tardes libres a la semana. Otras dos nos organizamos con las abuelas, y el viernes se encarga mi marido», resume Inma que, en esos momentos en los que además de padres hay que ser malabaristas, suele arrepentirse de no haber elegido otra profesión. «Mil veces he pensado por qué no elegí un trabajo con horario estable por cuenta ajena, con horarios, vacaciones y baja de maternidad, en el que cierras la persiana y te olvidas. Yo vivo colgada al teléfono y a veces tengo que hacer maravillas para que no hablen las niñas en alto cuando estoy con un cliente que no sea de confianza, me da mucho apuro y lo paso mal», cuenta recordando el vídeo de un experto en pleno directo con la BBC al que interrumpen sus dos hijas.

Con un puesto de responsabilidad en la banca el padre, ha sido Inma la que ha arañado horas al día para estar con las crías por las tardes, al salir del colegio. «No lo veo como una renuncia -responde-. Quiero disfrutar de mis hijas y puedo compaginar trabajo y familia, andando como locos, eso sí. Hacemos lo imposible». Está dentro de la mutualidad de la abogacía, una alternativa al régimen de autónomos, y no sabe lo que significan 16 semanas de permiso de maternidad, «como para imaginarse 16 de paternidad». «Me encantaría estar en esa situación, pero con ninguno de los partos estuve más de una semana». Enseguida tuvo que empezar a trabajar, unas horitas por la mañana. «Tuve la superayuda de mi madre», agradece. «Yo no puedo permitirme un parón de cuatro meses de trabajo. No puedo desaparecer, porque los clientes y los procedimientos judiciales no lo hacen».

Iñigo Bueno. Comercial «Las 16 semanas estarían muy bien, pero no resuelve el calendario escolar»

Si las posibilidades de conciliación en una pareja en la que ambos trabajan son complicadas, cuando la crianza se asume en solitario, la realidad se vuelve más cuesta arriba. Iñigo Bueno, divorciado y padre de dos hijos, Martín, de 13 años, y Ander, de 9, ejerce la custodia compartida con su exmujer. «No solo se reducen las opciones de conciliar, sino que el coste económico es mayor». Trabaja de comercial en la empresa Nextel en Donostia, especializada en ciberseguridad, pero vive en Irun. La distancia geográfica entre su lugar de trabajo y de residencia ya supone el primer obstáculo. «Tengo flexibilidad, pero aunque intento salir lo antes posible, no llego al horario escolar a las 16.30 horas para recogerles. Por suerte, tengo dos hermanas maravillosas, y una sobrina de 26 años que me ayudan mucho». También 'tira' de vecinos, «lo hacíamos también casados, por ejemplo cuando había que llevar a uno de los críos a Urgencias. Tenemos unos vecinos maravillosos», hace constar. Sin esa red familiar, no resolvería el puzle, por mucho que el chaval mayor ya empiece a desenvolverse de forma algo más autónoma.

La decisión de equiparar los permisos de paternidad y maternidad entre el personal funcionario vasco, hasta un mínimo de 16 semanas más dos ampliables, la celebra como una medida necesaria para la igualdad. «Me alegro por ellos, está muy bien, pero no resuelve el verdadero problema que viene después, que es compaginar el horario escolar y las vacaciones con el de un trabajador. Habría que mejorar o modificar el sistema de guarderías público», propone, porque «no todo el mundo podemos acogernos a una reducción de jornada, por diferentes motivos, desde el económico al laboral. Hay trabajos, sobre todo en las pequeñas empresas que son la mayoría en Gipuzkoa, donde no hay personal duplicado, y cuentan con una cartera de clientes propia, muy difíciles de sustituir».

Garikoitz Iribarren. Autónomo «O currábamos para pagar a alguien o uno de los dos dejaba de trabajar»

Garikoitz Iribarren y Haritzeder Larrarte han pasado casi dos meses desdoblados entre su casa y el hospital, donde su recién nacido Ekaitz tuvo que ser ingresado por una bronquiolitis. Si la estancia hospitalaria trastoca la organización de cualquier hogar, a este matrimonio de Hernani les esperaban en casa otras dos crías, Ziortza, de 8 años, y Onintza, de 3. «Fue una locura, muy duro», dice Garikoitz, que agradece el apoyo de sus suegros en ese trance. Con el pequeño Ekaitz ya curado, la casa ha recuperado la normalidad, que no la tranquilidad, como bien saben las familias numerosas. Garikoitz se hizo autónomo tras la crisis inmobiliaria, que le afectó de lleno. «Estuve dos años sin cobrar la nómina, pero luego ya arreglamos con la empresa». Su mujer mantuvo empleos eventuales hasta que se quedó embarazada del tercer hijo, a los pocos meses de haber dado a luz a la segunda cría. Ella decidió dejar de trabajar. «O currábamos para pagar a alguien o uno de los dos dejaba de trabajar. Porque si cobras 1.000 euros al mes o menos y le pagas a la chica 800, pues no te sale a cuenta». Con Haritzeder dedicada a la crianza de los hijos -«muy duro, porque todo se ve muy bonito en la casa del vecino»-, la economía familiar depende del negocio de Garikoitz. «Es la preocupación de llevar un sueldo a fin de mes, porque no sabes si mañana vas a facturar». Por eso plantea que, para aquellos perfiles laborales que no puedan acogerse a las 16 semanas de permiso de paternidad, en la hipótesis de que se extendiera más allá del funcionariado, se les compensara «con bonificaciones o exención de gastos, porque el trabajador autónomo no puede faltar a su trabajo. El negocio cerrado significa perder dinero».

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