«Debemos aspirar a una sociedad del aprendizaje donde el error no se penalice»

Larrea, ante la sede de Orkestra, en el campus de Gipuzkoa de la Universidad de Deusto. / LOBO ALTUNA

José Luis Larrea ha utilizado su experiencia profesional para trabajar en una tesis doctoral sobre la necesidad que tiene la sociedad de apostar por el conocimiento transformador

TERESA FLAÑO SAN SEBASTIÁN.

Cuando dejó las responsabilidades ejecutivas de Ibermática, José Luis Larrea (1956) realizó una inmersión en los escritos con sus reflexiones sobre varios de los temas que le han interesado y preocupado -educación, conocimiento e innovación-, que había publicado a lo largo de su vida profesional. El resultado es la tesis doctoral 'Contribución de los procesos de generación de conocimiento transformador a la misión de la universidad. Aprendizajes desde la experiencia vital', trabajo que el jurado valoró con un cum laude.

- ¿Por qué presentar una tesis doctoral pasados los 60 años?

- Es una decisión muy personal. En el contexto general va a contracorriente. Responde a una trayectoria de muchos años en los que siempre me ha interesado desarrollar un diálogo permanente entre la reflexión y la acción. En el ejercicio profesional, me parece fundamental actuar, gestionar, hacer las cosas; pero tan importante como eso, es reflexionar sobre lo realizado, explicitar ese conocimiento que es fruto del aprendizaje que uno hace y compartirlo. Ha sido una constante a lo largo de mi vida profesional. Ahora es un buen momento para hacer un proceso de reflexión personal y poner en papel el fruto del aprendizaje de una larga vida de trabajo. Creo que ayuda a uno a mejorar, no sé si como persona, pero al menos como profesional. Respecto al sistema, mi tesis también va a contracorriente. Habría que intentar que fuese más normal que, desde el punto de vista académico, el valor de la experiencia traducido en conocimiento se compartiese.

«Un proceso de aprendizaje transformador es un proceso de innovación»

«La universidad no puede solo formar o investigar, debe estar ensamblada a la sociedad»

- ¿No le ha dado pudor mirar atrás o no ha pensado que escribir sobre uno mismo puede ser entendido como un acto de vanidad?

- Puede sonar presuntuoso, pero pienso que tengo algo que compartir con los demás y también me ha supuesto un reto. Tiene que ver con el tipo de tesis que básicamente trata sobre cómo se genera conocimiento y cómo puede ser útil para la misión de las universidades. La perspectiva metodológica -la experiencia vital- que he empleado es un poco especial y, una vez más, a contracorriente. Es más cualitativa que cuantitativa. Sí hay un cierto pudor, pero creo que algo tengo qué decir. Si se hace un análisis de su carrera y de los aprendizajes que ha tenido a lo largo de la vida, seguro que cualquier profesional tiene muchas cosas que decir. Desde la humildad, creo que puede ser interesante compartir algunos de esos aprendizajes. Al tratarse de mi experiencia, he intentado ser lo más objetivo posible. Para ello he contado con una ventaja fundamental y es que, fruto de ese compromiso con la acción-reflexión, siempre he ido publicando sobre las cosas que iba haciendo. La mirada retrospectiva es un conjunto de más de cuatrocientas referencias documentales escritas. Además, siempre he estado vinculado a la universidad y a la innovación con proyectos como Orkestra.

- A grandes rasgos, ¿cuál es la conclusión de su tesis doctoral?

- Hay que intentar que en el ejercicio profesional, y para ello nos tienen que preparar desde el sistema educativo, pensemos cada vez más en lo que hacemos y construyamos conocimiento sobre eso para compartirlo con los demás. Si nos acostumbramos a esto, todos tenemos muchas cosas que decir. Otra de las conclusiones es que el conocimiento como tal tiene sentido como fruto del aprendizaje. Me interesa el conocimiento que se genera haciendo, y que llamo conocimiento transformador porque genera un proceso en el que uno cambia como persona y también cambia el entorno con el que se relaciona. Un proceso de aprendizaje transformador es un proceso de innovación.

- ¿Cuánto tiempo ha invertido?

- Llevo años trabajando en temas de innovación, transformación, de generación de conocimiento... Después han sido tres años intensivos en los que he contado con la ayuda de la directora de la tesis María José Aranguren. La idea inicial -sobre los factores fundamentales de un sistema de innovación- entró en crisis y acabé haciendo algo diferente. Empezó siendo una tesis sobre el qué y acabo tratando el cómo, sobre cómo se originó ese conocimiento que me llevó a hablar de sistemas de innovación. Siempre los qué y los cómo han estado muy relacionados. En la vida es muy importante por qué hacemos las cosas, pero la misma relevancia tiene cómo se hacen.

- ¿Por qué ese empeño en ir contracorriente?

- Es que eso es innovar. La innovación es un juego entre el respeto a todo lo que te ha traído hasta donde has llegado y la traición a lo que hasta ahora has hecho para hacer algo distinto. Lamentablemente tenemos una perspectiva del aprendizaje muy separada entre el mundo académico y centros de investigación por un lado y la realidad por otro. Con esta tesis me interesaba desarrollar un conocimiento útil y de aplicación generalizada, que no se quede en una conferencia muy sesuda, sino que realmente sea práctica.

- ¿Lo ha conseguido?

- Creo que sí. En el origen hay una experiencia de vida que me ha quedado, un compromiso con la innovación, con cambiar las cosas... Esa sensibilidad es la que me ha llevado a querer transmitir cómo se genera ese conocimiento transformador, que no creo que haya algo más útil y a preguntarme cómo, desde un punto de vista social, se involucra la universidad en ese proceso.

«Un debate clásico»

- En su tesis se refiere a las tres misiones de la universidad: la enseñanza, la investigación y la transformación social.

- Es un debate clásico. La formación y la investigación siempre se han dado por obligatorias, pero también hay que preguntarse sobre el papel que juega en la transmisión de valores, en la cultura... En los últimos tiempos, con el inicio del siglo, se ha empezado a hablar de esa tercera misión que consiste en que la universidad está para contribuir al progreso de la sociedad. Mi opinión es que esa misión es la que me parece prioritaria porque se ha creado para contribuir al progreso económico y social. Para ello, las universidades deben ser buenas en formación y en investigación, pero es necesario que ambas estén ensambladas a lo social. No se puede solo formar o solo investigar. Puede que en el siglo XVI ese tipo de especialización funcionara, pero ahora no porque estamos para contribuir a que la sociedad progrese y los individuos sean agentes de transformación social, para ello hay que formar e investigar bien. Eso se resume en la dinámica investigación-acción, y un ejemplo es lo que se hace desde el Instituto Vasco de Competitividad, Orkestra, al que dedico una parte de la tesis, porque genera pensamiento sobre competitividad y al tiempo ayuda a que la sociedad así se transforme.

- ¿Cómo se aplicarían estas tesis que defiende?

- Con cambios bastante radicales del paradigma actual. Los modelos de enseñanza deben ser modelos de aprendizaje y los modelos de investigación deben tener en cuenta cómo somos capaces de cogenerar conocimiento con la sociedad. Todo esto afecta a la universidad porque es un espacio natural donde se habla de conocimiento y debe replantearse los modos de abordar la generación de ese conocimiento. Hay que aprender a aprender.

- ¿Es el sistema educativo el único que debe cambiar?

- No. La empresa también es un agente activo en la creación de conocimiento y debe aproximarse a la universidad con una mirada distinta, con un diálogo para compartir un proceso de aprendizaje. A diferencia de lo que sucedía hace cien años, el potencial competitivo de una empresa ya no está en el conocimiento que tiene -por ejemplo la patente de un producto que le servía para liderar un sector durante determinados años-. Ahora el potencial competitivo está en el potencial que tienen los empleados, y por tanto la empresa, de aprender. Es más glamuroso hablar de sociedad de conocimiento que de aprendizaje, que puede resultar más basto, pero realmente a lo que tenemos que aspirar es a la sociedad del aprendizaje, donde el error no esté penalizado.

- Parece que esa filosofía está calando y las tres universidades vascas están implantando la formación dual.

- Sí, pero todavía estamos muy lejos de otros países como Alemania y Francia. Las empresas se tienen que dar cuenta de que si su gente no es capaz de aprender y crecer, se juegan la vida desde el punto de vista competitivo. Hay que tener claro que el que genera conocimiento es la persona, el individuo, pero necesita al colectivo, a la sociedad para desarrollarlo. Se deben repensar los compartimentos estancos actuales, por un lado está la universidad y por otro la empresa. Hay que juntar esos dos mundos porque uno alimenta al otro y ahora es demasiado departamental, incluso dentro de las propias empresas. El paradigma del mundo ha cambiado y ahora es relacional. Va a desaparecer el statu quo de yo soy de aquí y tú de ahí. La única manera que tiene la empresa de acercarse a lo que van a ser sus necesidades reales en el futuro es aproximándose al mundo de la educación, con modelos compartidos. La formación dual no consiste en hacer unas prácticas, es compartir e implicarse para formar mejor.

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