'La librería', que para la Academia resultó ser mejor película que 'Handia' y compitió por 12 premios Goya, incluidos dirección artística, producción y vestuario utilizó sus paraguas. Sus paraguas de la gama 'High Quality', la más excelsa, la que Inés Ramos, Esther Gómez y Trini Rodríguez cortan, cosen, montan, forran, rematan, empuñan y comprueban en un taller que en otras épocas y otro siglo llegó a tener 100 operarias. En el almacén, Marisol Ramos controla el empaquetado de los que dentro de unos días se venderán en la boutique de la Asamblea Nacional Francesa, París, naturalmente. Bancos, museos, empresas reclaman un Ezpeleta como paraguas de cortesía, obsequio o simplemente para proteger a sus clientes, socios, partners, inversores o invitados de la lluvia que no puede dar al traste con un banquete o una reunión de alto nivel comercial. Igualmente la marca oñatiarra ha presentado recientemente en la feria internacional Bisutex sus últimas colecciones sorprendiendo por el uso del corcho en fundas y puños y por los colores de las telas: tierra, verde agua y rosas.

Pero esta historia, la de una fábrica de paraguas con delegaciones en Galicia, Portugal y Asia empezó hace mucho tiempo. Tanto como la década de los años 30 del siglo pasado. En torno a un primer taller de monturas para paraguas y parasoles, lo que hoy es Hijos de Juan Garay S.A, empresa dedicada a los tubos de acero soldado de precisión y calibrado en frío, barras, rollos y perfiles de latón surgió una industria artesanal auxiliar de telas, puños, remates y forrado. En una comarca famosa por su maestría chocolatera, su universidad y su flamígero patrón San Miguel, aparecieron un puñado de maestros paragüeros. Varias generaciones han pasado desde aquel 1935. Los nombres se suceden: Joaquín; José Mari y Jesús. Tere, María Elena, Ana Mari, Karmentxu. Hay que hablar de Iñigo e Itziar Ezpeleta. De Iñigo Mugarza, Iker Murgiondo Ezpeleta, Jon Ander Martínez de Albeniz.

Hubo un momento en Oñati que de todos aquellos talleres, al principio auxiliares, solo quedaron los Ezpeleta. Y estos pronto empezaron a ensanchar su futuro y ampliar sus destinos pues abrieron fábrica en Medina del Campo pero luego marcharon a tierra de más lluvia, a Vigo donde hoy sigue habiendo taller inmenso que fabrica sombrillas y mobiliario para jardines y exterior.

Hay que hablar de tres generaciones y de como allá por los años 80 del siglo XX cuando aun nadie contemplaba China como territorio para la fabicación, los Ezpeleta lo intuyeron y viajaron allá antes de que ninguna cámara de comercio organizara jornadas de encuentros chino-guipuzcoanos ni hubiera academias para aprender mandarín ni traductores de cantonés. Pero para entonces ya se habían hecho con la patente alemana de una de las monturas más perfectas, la que incorpora no solo el mejor acero o el mejor muelle de enganche sino la estructura soberbia, telescópica, imbatible... ¿Imbatible? No, las mujeres que hoy controlan buena parte de la empresa, Mireia Arregi, Susana Guridi, Elisenda Pahissa, tienen muy claro que a pesar del acero, los policarbonatos, la fibra de vidrio, la doble montura sostenida por un entramado de piezas cuya calidad es controlada por ingenieros de montaje, en Ezpeleta se fabrican 'para-aguas' no 'para-vientos'. Un huracán es un huracán. Una tempestad es una tempestad. En Oñati, las maestras paragüeras de hoy (Lexuri Ormazabal, Izar Etxeberria, Idoia Ugarte...) recomiendan que cuando haya que cruzar puentes sobre y bajo aguas turbulentas se cierren los paraguas, los 'para-soles'. Aunque sean los 'high quality' hechos en el barrio de Garibai o los creados en colaboración con una diseñadora, ilustradora y soñadora colombiana, Catalina Estrada.

De pastor, golf y maravilla

Remachan las damas de los paraguas de Oñati que hay tierras que tienen y son de cultura de lluvia. Galicia, por supuesto. Escocia. Inglaterra. Gales. China. No, Filipinas no. Llueve más que en todos los sitios citados pero no hay paraguas 'para-monzones'. Llueve en el País Vasco, miembro cum laude de los territorios donde existe cabal conocimiento y comprensión de lo que la lluvia es y de cuándo necesitas un plegable pequeño y ligero (ay las 70 palabras que usa un gallego para definir las 70 formas de llover fino que conoce; ay su 'orvallo', ay nuestro sirimiri, el 'orpin' asturiano, la 'lluvia meona' de Castilla) y cuando ni siquiera los inmensos de pastor (hoy se han reconvertido en 'paraguas de golf') pueden protegerte de las rachas de viento mezcladas con chaparrada ('trebón' en gallego...). Cultura de lluvia que hace que en los hogares de los parajes citados siempre haya un buen paraguas. Y por mucho que el cambio climático aceche, cuentan en Oñati que no es esta tierra donde la gente entra en un bazar cuando empieza a chubasquear y dice 'Dame cualquiera, total solo es para un día'.

No, eso lo dicen en la Costa Azul, por las tormentas marítimas tan intensas como cortas. Pero en Alemania las telas, maderas y aceros que conforman los paraguas han de ser muy fuertes porque allá cuando llueve también nieva. 'Sarabiada' lo llaman en las costas del Atlántico.

Les parapluies de Cherburgo

En Inglaterra los paraguas son también bastones y parte indispensable del atuendo de los financieros de la City mientras que en Andalucía resultan casi algo en lo que trabajan con ahínco y sueñan congusto en Oñati: el paraguas como complemento de moda. Como ha sucedido con las gafas o los relojes. De ahí los diseños atrevidos. Geométricos, pictóricos, arenosos, 'mondrianescos'. En Andalucía, sí. Porque allá la lluvia, lo cantaba 'My Fair Lady' 'es una pura maravilla'.

En Francia, otro territorio con cultura bretona, normanda, atlántica de la lluvia, 'Le vrai parapluie de Cherbourg', el del film de Demy, es aun más: un tesoro protegido por la propia Oficina de Turismo Nacional. De eso se habla en Oñati. Incluso cuando no llueve, cuando nieva.

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