Cuando comprar se convierte en droga

Josean Fernández, director de Aergi, coordina en el centro una sesión de terapia grupal en la asociación./MICHELENA
Josean Fernández, director de Aergi, coordina en el centro una sesión de terapia grupal en la asociación. / MICHELENA

Juego, sexo, comida... Cada vez se tratan más adicciones conductuales en Gipuzkoa. Solo uno de cada seis adictos se rehabilita, «el resto acaba en psiquiátricos o en cementerios», censuran desde Aergi

ESTRELLA VALLEJOSAN SEBASTIÁN.

«Si nunca has tenido tu mente sometida a una adicción no vas a entender cómo nos sentimos», advierte Josean Fernández, director de la Asociación de Alcohólicos y Adictos en Rehabilitación, Aergi, que lleva 17 años sin beber alcohol. «Se intentará», le responde quien esto escribe. Cuando un adicto recibe un estímulo visual, oloroso o auditivo salta la chispa. Empiezan las palpitaciones. La respiración es cada vez más agitada y el pensamiento se focaliza en el consumo como única fórmula capaz de calmar una angustia interior que de lo contrario parece que terminará explotando por cada poro de la piel. La capacidad de control se anula y entra en funcionamiento el piloto automático del cerebro, que solo permite idealizar cada vez más la sensación de euforia que uno sentirá si ejecuta el consumo. Consume. Se deja llevar. Y entonces llega el arrepentimiento, la culpabilidad, la tristeza y la desolación.

Así se siente un alcohólico o un drogadicto cada vez que se rinde a esa sustancia que le domina. Pero también aquel que es adicto a conductas como el juego, el sexo, las compras, las apuestas, la comida, el móvil y un largo etcétera. «Porque no se es adicto a algo. El adicto es adicto. Sin más», apunta Fernández.

Son las cuatro de la tarde de un martes cualquiera y Aergi empieza a dar la bienvenida a una veintena de usuarios -mitad hombres y mitad mujeres- que asisten a una de las terapias grupales. Begoña, Lourdes, Josetxo, Juan Carlos... Tienen perfiles muy diversos y su edad oscila entre los 30 y los 65 años, pero cada semana se sientan y comparten aquello que les atormenta. Pasan por la mesa, y los alcohólicos soplan para demostrar que acuden a la terapia 'limpios'. Con los adictos conductuales, el control se limita a una cuestión de confianza. Y arranca la sesión con unos minutos de lectura en voz alta sobre 'La aceptación'.

Adicciones

Cómo detectarlas
Cuando el sujeto siente la necesidad subjetiva de recurrir al consumo de una conducta o de una sustancia para buscar el bienestar o para reducir el malestar.
Síntomas
Incremento de los pensamientos referidos a la actividad o de pensamientos obsesivos; cuando el consumo es cada vez más frecuente y se pierde el interés por otras cuestiones que antes eran importantes; cuando la persona intenta justificarse o cuando anticipa el placer que sentirá antes de realizar el consumo.
Enfermedades en adictos sin sustancias
Además de trastornos mentales asociados como la depresión, las consecuencias a nivel físico llegan derivadas de los altos niveles de adrenalina. Eso provoca que la sangre no circule como debe y esa anomalía puede derivar en un infarto, una angina de pecho o un ictus.

«Soy adicto y no he consumido» es la frase que repite cada uno antes de su intervención. Hablan de desgracias, de malestar. Coinciden en las ideas obsesivas que les tienen atrapados, pero sobre todo, en que si algo han aprendido es que la adicción no es un vicio, es una enfermedad mental y que ellos, como adictos, son enfermos.

Josean Fernández centra buena parte de su intervención en explicar a los usuarios cómo funciona su cerebro. Les cuenta que son neurotransmisores como la dopamina -la hormona del placer- los que provocan esa sensación de «subidón» cuando uno va a consumir o a realizar esa acción a la que es adicto.

Ellos asienten, entienden cada síntoma que les describe. El problema llega cuando esa explicación se intenta trasladar a personas ajenas a este mundo. El director de Aergi así lo cree y lo padece. Puede ser sencillo hacer entender a la población que una sustancia externa provoca una reacción en el cerebro, pero la historia se complica cuando se trata de explicar que una ludopatía o ir de compras puede generar el mismo nivel de dependencia y «destrozar una vida de la misma manera». «Es como cuando le oigo a la gente decir eso de 'yo juego porque me gusta'. No, no te engañes. Tú juegas porque te calma la ansiedad que tienes y eso te provoca placer», matiza el director del centro.

Fernández: «Al consumir confunden la calma de su ansiedad con el placer, y ahí llega la dependencia»

Pero cómo diferenciar entre recurrir con frecuencia a una actividad como comer o mirar el móvil de una adicción conductual propiamente dicha. «En todas las adicciones hay un velo de sutileza tremendo, pero la diferencia está en la actitud. Si te da ansiedad no poder recurrir a una conducta y te la calma pensar en que vas a hacerla, mucho cuidado».

Entre los riesgos de esas adicciones sin sustancias, además de la depresión, los conflictos personales y familiares, se encuentran las consecuencias físicas. «La tensión que acumula el cuerpo, una vez que los niveles de adrenalina se disparan, hace que la sangre no circule correctamente», explica, y esas anomalías «aunque muchos no lo crean» pueden derivar en un infarto, una angina de pecho o un ictus. «Superar una adicción es muy duro y te condiciona la vida para siempre, por eso la sociedad debe estar prevenida», concluye.

Más estímulos

Las denominadas adicciones conductuales han visto un repunte en las últimas décadas con la estandarización de la publicidad, al ampliar el abanico de posibilidades y hacer más visibles y llamativos los estímulos que les seducen al consumo. «Internet, los videojuegos, los móviles... están haciendo mucho daño entre los jóvenes», apunta Fernández, al tiempo que añade un dato demoledor: «Solo uno de cada seis adictos -con o sin sustancia- se rehabilita. Los demás terminan en el psiquiátrico o en el cementerio».

«Es esencial que la gente entienda cómo se cae en una adicción para estar alerta y poder evitarlo»

Y precisamente por ese motivo, Aergi acaba de celebrar su sexto aniversario con la misma intención que el día que abrió sus puertas: desestigmatizar la enfermedad mental de la adicción. «El oscurantismo que había antes, que la gente entraba a terapia tapada para que no se les reconociera, aquí está prohibido», apunta en una sala repleta de carteles en los que pueden leerse mensajes como «La aceptación es nuestra mejor solución».

Así, lamenta que la sociedad es ajena a lo que ocurre entre esas paredes, y «mucha gente debe dejar de creerse con la potestad de decirnos lo que tenemos que hacer. No se dan cuenta de que terminan cayendo en la adicción precisamente por no conocer el proceso que se sigue hasta convertirse en adicto», concluye Fernández.

Hablan los adictos

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