Cadáveres sin identidad

En Gipuzkoa, cada año se encuentran de media seis cuerpos que llevaban muertos varios días. Uno de los fallecidos es un varón de 64 años que permaneció quince meses en Azpeitia sin que nadie detectase su presencia

Cadáveres sin identidad
JAVIER PEÑALBA

Afrontar la muerte, los últimos instantes en la vida de cualquier ser humano, no tiene que ser fácil. Pero si, además, uno se enfrenta al final de la existencia solo, sin nadie que le asista, ese tránsito se supone todavía más duro. De media al año, seis personas encuentran la muerte en completa soledad en Gipuzkoa, la mayor parte de ellas en sus domicilios. Sus ausencias en todos los casos fueron descubiertas varios días después de que se produjeran los óbitos. En algunos casos, los cuerpos estaban ya en fase de descomposición, con lo que sus identificaciones no siempre resultaron fáciles. Pero ¿cómo se realiza esta tarea de reconocimiento en un cuerpo descompuesto? «En la mayoría de las ocasiones, las identificaciones se realizan a través de las huellas dactilares. Pero esto no es siempre posible. Hay otros métodos», afirma Luis Miguel Querejeta, jefe del Servicio de Patología del Instituto de Medicina Legal de Donostia.

De los 43 de cadáveres hallados en estas circunstancias desde 2011 en el territorio guipuzcoano, buena parte llevaban fallecidos varias semanas. El récord en este sentido lo ostenta un varón de 64 años que tardó 15 meses en ser descubierto en Azpeitia. En 2012, en Errenteria, también fue localizada otra persona tres meses después de morir. No obstante, por lo general, el periodo que transcurre entre el momento de la muerte y el hallazgo del cuerpo oscila entre los tres días y un mes.

En estos casos, por lo general, las alertas proceden de los familiares, que acuden el domicilio al no haber podido contactar con las víctimas. Los vecinos son otra vía de comunicación, tras advertir de que llevan varios días sin verle. También saltan las alarmas cuando detectan un fuerte olor que procede del piso que ocupaba, síntoma inequívoco de que el proceso de descomposición ya ha comenzado. Otra fuente de información proviene de los servicios sociales que realizan seguimientos sobre personas de avanzada edad que carecen de un entorno familiar y de personas aquejadas de determinadas patologías.

La mayor parte de los fallecidos en estas circunstancias (73%) son varones, frente al 27% de mujeres. Ninguna de las víctimas era joven. El fallecido de menor edad contaba con 39 años. La mayor era una mujer que fue identificada gracias a una prótesis que llevaba y que murió a causa de un problema cardiaco. Precisamente, en no pocas ocasiones, en el 30 %, la causa de la muerte fue de origen desconocido, en tanto que en el 23% se debió a motivos cardiacos.

La identificación es el primer objetivo que se fijan los médicos forenses tras el hallazgo de un cadáver que lleva varios días muerto. La tarea no es siempre sencilla y, según reconoce Luis Miguel Querejeta, depende en gran medida del estado que presenten los cuerpos. No obstante, en la mayoría de las ocasiones nunca parten de cero. «Cuando acudimos a un lugar, siempre hay datos que delimitan el universo respecto a la persona. Si encontramos un cadáver muy descompuesto dentro de un vehículo, lo razonable es empezar a buscar por el propietario o su conductor habitual. De la misma manera, si el hecho sucede en un domicilio, lo lógico es indagar sobre el titular o inquilino. Si se halla un carné de identidad o algún otro tipo de documento hace que pensemos que se corresponde con la persona ante la que nos encontramos. Es decir, la teoría nos dice que hay elementos para la presunción de la identidad».

Pero aun cuando dispongan de este tipo de indicios, el reconocimiento no solo se realiza en base a ellos, aunque bien es cierto que constituye un criterio de orientación. Y ello porque, según explica Querejeta, hay situaciones en las que el estado del cuerpo permite este tipo de aproximación y otras en las que no. «Por ello, en la identificación hemos de recurrir a los métodos de certeza, que invariablemente pasan por las huellas dactilares, las fichas dentales o el ADN. De lo que no cabe duda es que cuando un cadáver entra en contacto con la administración, hay que identificarlo de forma segura», afirma el forense.

La eficacia de las huellas

Tras el hallazgo de un cadáver en estado de descomposición no basta con que los vecinos lo identifiquen, ni siquiera los familiares. «La certeza ha de ser absoluta, no puede haber confusión posible. En alguna ocasión se ha dado algún reconocimiento malicioso. Sucedió hace años con un ciudadano de un país del este de Europa», recuerda el doctor.

Las huellas dactilares se han erigido en el mecanismo más rápido para determinar una filiación. En la gran mayoría de casos, este sistema permite poner nombre y apellidos al fallecido en un plazo inferior a las 48 horas. «Nosotros contamos con un protocolo de trabajo con la Guardia Municipal de Donostia y ellos vehiculan la huella que se la remitimos mediante un sistema de escáner. Ellos contrastan en primer lugar con las que disponen en su base de datos. Para ello, la persona previamente ha tenido que ser reseñada en una ficha policial».

Pero ahí no se agota la búsqueda, de forma que en el caso de que el fallecido nunca haya sido fichado por la Policía, la huella se inserta en el sistema donde se almacenan los datos del DNI a través del Cuerpo Nacional de Policía. «Esto resulta muy útil en algunos casos pero, por ejemplo, con los extranjeros no sirve. Francia carece de una base de datos con huellas», detalla el médico forense.

Sin embargo, las marcas dactilares no siempre resultan efectivas. A medida que la descomposición del cuerpo avanza, los relieves de la piel se pierden y, por lo tanto, en ocasiones, no es posible su análisis.

Fichas dentales y prótesis

Por eso hay otros métodos de identificación. Uno de ellos son las fichas dentales, aunque bien es cierto que no todas las personas cuentan con ellas. «En buena parte de los países europeos, las poblaciones llevan yendo de manera rutinaria a los odontólogos, de forma que una gran mayoría cuenta hoy con estas fichas. Hemos tenido casos de personas extranjeras fallecidas en accidentes de tráfico a las que hemos identificado gracias a su dentadura. En este sentido, hay un sistema internacional de codificación».

En España, sin embargo, no todos las tienen. «Las poblaciones más jóvenes, los que tienen 19 o 20 años, han ido al dentista desde que son niños. Pero las generaciones anteriores no han vivido la misma situación. Antes se iba al dentista para que te extrajera un diente o una muela. Pero no había tantas reparaciones dentales que son las que dan lugar a la identificación. Y eso limita mucho las posibilidades», precisa Luis Miguel Querejeta.

Junto a huellas y fichas dentales, hay otras circunstancias que en algunos casos también posibilitan la identificación. «Podemos encontrarnos con una persona en un estado de descomposición muy avanzado a la que en su momento le fue implantada una prótesis de cadera. Este elemento contiene una numeración y a través de la historia clínica del hospital se puede establecer también una relación de identidad».

Y en el caso de que los procedimientos anteriores fallasen, siempre nos queda el ADN. «Hay casos en los que el cuerpo se desintegra, de forma que la identificación no es posible. Pero incluso en la situación de mayor degradación, casi siempre hallamos elementos biológicos que nos permitirán el reconocimiento. En estados de putrefacción bien avanzados siempre vamos a tener dientes o huesos. Todos vemos cómo se hacen pruebas de ADN con cadáveres de hace miles de años».

El problema de la identificación mediante ADN, al igual que en los restantes métodos, estriba en que, en ocasiones, resulta imposible comparar los resultados obtenidos. «Es decir, tenemos ADN, pero no sabemos a quién corresponde porque no disponemos de ninguna persona ni elemento para compararlo».

En estos casos, cuando todas las vías para la identificación se han agotado, de acuerdo al protocolo establecido, los servicios sociales municipales se encargan de la inhumación y se notifica al juzgado el punto en el que la persona ha sido enterrada. «De esta forma, la autoridad judicial sabe dónde se halla el cuerpo por si en un futuro fuese posible su identificación. En esos casos nunca se incineran los cuerpos», concluye el forense.

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