Camino Ignaciano: de Azpeitia a Zumarraga siguiendo la flecha naranja

Camino Ignaciano: de Azpeitia a Zumarraga siguiendo la flecha naranja

La segunda etapa alterna paisajes bucólicos con un sinfín de túneles de una antigua vía férrea

IGNACIO VILLAMERIEL

El peregrino deja atrás la basílica de Loiola y comienza a seguir las flechas naranjas. Al ser sábado se cruza con mucha gente andando, corriendo o en bici. El sol, a su espalda, le va calentando poco a poco, haciendo que su sombra se refleje tímidamente en el asfalto. A su derecha se escucha el rumor del río Urola, que baja manso en este punto. De vez en cuando se oye cantar a algún pajarillo y el zumbido de una abeja inoportuna de tanto en tanto al peregrino, que avanza con paso decidido entre un camino rodeado por manzanos y huertas en las que descansan silos de hierba recién cortada. Como aún es pronto, el canto de un gallo rasga el cielo anunciando la llegada de un nuevo día. Los primeros metros del Camino Ignaciano discurren por un paisaje bucólico en torno a la vega del Urola. Tanto es así que al peregrino le vienen a la cabeza los versos de Machado a los que Serrat puso música después: "Caminante son tus huellas el camino y nada más. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino en estelas en la mar". O, como en este caso, en el río.

Lamentablemente estas ensoñaciones duran poco, porque antes de llegar a Azkoitia se pasa por un polígono industrial que hace aterrizar de nuevo los pensamientos del peregrino, retornando de lo espiritual a lo mundano. Ya en el centro del pueblo, junto a la parroquia de Santa María la Real, hay un mercado de fruta, ropa, encurtidos y hasta de bacalao en salazón. El peregrino se aprovisiona de 200 gramos de jamón serrano, porque no es verdad que con pan y vino se hace el camino. O al menos, no es del todo cierto. Con un poco de embutido se hace mucho mejor. Por el mercado pasa un grupo de siete txistularis a los que la gente presta poca o ninguna atención, pero que alegran el ambiente. El peregrino continúa la marcha y sale de Azkoitia por el Camino Ignaciano, que en este punto comparte trazado con el bidegorri del Urola.

El valle se ve salpicado por fábricas aquí y allá que afean el paisaje. Varios kilómetros después de dejar atrás Azkoitia, el peregrino vuelve por primera vez la mirada. Aún se sigue viendo el Izarraitz, dueño y señor de la comarca, que parece interpelar al peregrino calibrando sus intenciones. "No vas a llegar hasta Manresa", parece decirle. Sin embargo, el peregrino está determinado a ello, y piensa que si Iñigo de Loiola lo logró hace casi 500 años estando medio cojo y sin las comodidades que aporta hoy en día el camino, él no va a ser menos. En ese preciso instante se para a pensar cómo sería esta travesía medio millar de años atrás. Pareciera como sí, el caballero de Loiola hubiera cogido un arco, hubiese lanzado una flecha y hubiera abierto un nuevo camino hasta entonces solo visible en su imaginación. Y, de ser así, el color de esa flecha sería naranja, como el color elegido ahora para señalizar esta senda.

El peregrino se para a cada rato, no tiene ninguna prisa. No mira el reloj ni falta que le hace. Tiene como única compañía al sol, que cada vez se eleva más y más en la bóveda celeste sin que por ello moleste lo más mínimo. Todo va bien, hasta que de repente, en lugar de la luz se hace la oscuridad. Un túnel. ¿Sin iluminación? El peregrino se adentra en él unos pasos y ¡plaf! un sensor de movimiento enciende unas luces cenitales. Cada 200 metros aproximadamente hay una nueva galería. El patrón se repite durante un buen tramo. Túnel, camino, un pequeño puente sobre el río y otro túnel. Así hasta perder la cuenta. Y mientras, unos metros más abajo, el Urola va haciendo meandros y la carretera curvas serpenteantes. El camino transcurre por lo que antes era una vía férrea y se ve que algunos de los túneles (si no todos) fueron excavados a mano. Como es una zona de mucha humedad, de vez en cuando caen grandes goteras de la parte superior de las galerías, que si se meten por el cuello refrescan una barbaridad.

Por fin, los subterráneos se espacian cada vez más y el sol vuelve a calentar. Hasta donde alcanza la vista todo es verde. A excepción del cielo, que aunque hace buen tiempo, tampoco es azul del todo. El mar está cerca y la bruma se adentra en estos valles como un cuchillo en la mantequilla. El peregrino se refresca con el agua de una cascada y sigue caminando. No todo el suelo está asfaltado, algunos tramos son de grava. Cada vez que el peregrino se cruza con un ciclista contiene la respiración para que no salga volando alguna piedra por el efecto del canto de la rueda. No sería la primera que le pasa y una china acaba impactando en su espinilla. Solo de pensarlo le recorre un escalofrío por la espalda.

El valle se expande por fin y el peregrino se acerca a Zumarraga. Aunque está en buena forma, las piernas le empiezan a pesar un poco. Podría seguir caminando hasta Legazpi, pero por ser el primer día de marcha quizá no convenga empacharse de kilómetros. Así que come algo y se dispone a buscar alojamiento para la primera noche fuera de casa. Por la tarde tal vez suba a la ermita de La Antigua, la catedral de las ermitas, pero de momento se impone una ducha y una buena siesta. Después ya verá.

Fotos

Vídeos