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Sara solo dejó de jugar con las cestas para abrazar a Unai, el enfermero que le atendió durante su estancia en Onkologikoa. / ARIZMENDI

«Yo solo quiero que me cure Unai»

  • Sara y su enfermero se conocieron el año pasado cuando la pequeña recibía tratamiento contra el cáncer, un vínculo que perdura fuera del hospital

  • El próximo día 9 de julio el joven participará en un partido benéfico de cesta punta en el frontón Carmelo Balda de San Sebastián

«Lo mío es un amor platónico», dice Unai Alberro sobre su relación con Sara. Su historia comenzó en un hospital, cuando la pequeña de tres años recibía tratamiento para curar un cáncer poco común, del que solo se diagnostica un caso al año en todo el mundo. Unai era uno de los enfermeros encargados de atender a Sara mientras se sometía a las sesiones de radioterapia, y sin darse cuenta se acabó convirtiendo en el favorito de la niña. Aún hoy, meses después de que la ordiziarra abandonara el hospital, lo sigue siendo.

Sara lleva todo el día nerviosa. Sabe que hoy volverá a estar con su amigo, al que no ve desde febrero. «¿Donde está Unai?», pregunta impaciente a sus padres. La cita es en el frontón Carmelo Balda de San Sebastián, donde en unas semanas tendrá lugar un evento benéfico que ha surgido como consecuencia de esta amistad. Unai es jugador de cesta punta, y el próximo día 9 de julio ha organizado un partido para recaudar fondos para los niños con cáncer en Gipuzkoa.

Cuando le ve, se queda quieta en su sillita, casi sin reaccionar. Pero en cuanto Unai se acerca y le coge en brazos, una gran sonrisa ilumina su cara a la vez que abraza al que ha sido su compañero de batallas en el Onkologikoa de Donostia.

Sara pasó la mayor parte del 2016 en el hospital. Después de recibir tres tandas de quimioterapia para reducir el tamaño del tumor, situado en su espalda y que en un principio era inoperable, finalmente pudo ser intervenida. Por último, se sometió a tomoterapia, un tratamiento especial que solo se ofrece en cuatro hospitales de todo el Estado, uno de ellos Onkologikoa. Para que pudiera recibir este tipo de radioterapia sedaban a Sara totalmente.

«Quiero con Unai»

Unai trabaja en uno de los quirófanos del Instituto Oncológico. Cuando llegó Sara, le asignaron la tarea de pincharle para la anestesia. Al ser la única niña, en seguida se ganó el cariño de todo el personal. «Estuvo 28 días allí, y todos ellos recibió regalos por parte de los enfermeros y médicos. Juguetes, chucherías, globos...», recuerda su padre, Pablo. Esa era una de las razones por las que cuando llegaban en coche a la zona de hospitales Sara les decía a sus aitas «a ese no, a ese», mientras señalaba el Onkologikoa.

La otra era Unai. Desde el principio Sara tuvo claro quién era su favorito, a pesar de los intentos del resto de enfermeras por ganar su cariño. «Cuando no estaba Unai para pincharle se enfadaba», asegura su madre. «El resto de enfermeras me decían 'ya te vale, hemos estado con Sara y solo nos pregunta por ti'», cuenta el joven donostiarra. Y eso que al principio él no era especialmente hablador en sus visitas a la pequeña. «Era muy serio y no hablaba casi nada», dice Silvia, la ama de Sara. «Lo reconozco, no hice méritos para caerle bien. Los niños me gustan un montón, pero no en un hospital. Al final es una niña muy pequeña que está pasando por una situación muy difícil y también su familia, y piensas en cómo comportarte para que el trago sea lo más agradable para ellos», señala Unai.

Para Aspanogi

«A esta niña se le ha creado un síndrome de Estocolmo», bromea su madre. Lo dice porque en alguna ocasión que Sara se ha caído jugando en el parque y se ha hecho daño, les ha dicho a sus padres: 'Llevadme al hospital a que me cure Unai'. Él asegura que «nunca» le había pasado algo así. «Lo importante es que mientras estuviese ingresada estuviese bien. Si ella estaba contenta, nosotros más aún».

El reencuentro de Sara y su enfermero no es casual. Este último ha decidido organizar un festival benéfico de cesta punta para recaudar fondos para la asociación Aspanogi. Para las fotos Unai ha traído dos de sus cestas, que se convierten en un juguete para la niña. El fotógrafo trata de situar a los protagonistas para la instantánea, pero Sara tiene claro dónde quiere ponerse. «Yo, con Unai», dice haciendo 'pucheros'. No hay más que hablar. Se coloca sobre sus rodillas, y a sonreír a la cámara.

Unai juega desde hace años a cesta punta, un deporte que practica junto a su hermano Asier. Pero la idea de organizar un partido benéfico no fue suya, si no de su padre. Es médico en el Onkologikoa y después de escuchar a todo el mundo hablar de Sara decidió conocerla un día que fue de visita al centro. «Se quedó maravillado, como todo el mundo», cuenta su hijo, «y me comentó que podríamos hacer un partido para recaudar fondos para Aspanogi, la asociación de niños oncológicos de Gipuzkoa».

Dicho y hecho. Aspanogi aceptó de muy buen grado la iniciativa y se pusieron manos a la obra. «En un principio íbamos a hacer un partido de aficionados, pero al difundirlo por las redes sociales dos jugadores profesionales se pusieron en contacto con nosotros para participar», señala Unai. Ellos son Gotzon Embil, un veterano que tras dejar los frontones se ha convertido en el presidente de la Federación Vasca de Pelota y que formará pareja con Unai, y Mikel Eguiguren, que actualmente compite en México y que jugará con su hermano Asier.

«Tenemos que llenar el frontón, está todo el mundo invitado. Jugaremos el partido y además habrá un poco de picoteo para la gente que venga», señala Unai. El festival se celebrará el domingo 9 de julio a las 12.00 horas en el frontón Carmelo Balda de San Sebastián. La entrada cuesta cinco euros y también se puede contribuir mediante una fila cero a través de un número de cuenta o un número de teléfono. «¡Venid todos al partido!», anima Sara.

Todo lo que se recaude irá destinado a Aspanogi, una asociación a la que los padres de Sara están muy agradecidos. «Hacen muchas cosas por los niños y también por los padres. Gracias a ellos pudimos tener una habitación con ducha, una sala para estar con otros padres... son pequeñas cosas que para nosotros son muy importantes», señala Pablo.

Una nueva operación

Sara se va recuperando después de lo que sufrió el año pasado. Ya le ha crecido el pelo, y en la última revisión los médicos les han dicho que todo está bien. Sin embargo, sus padres no están tranquilos. «Tengo muchísimo miedo a la recaída», confiesa Silvia. «Conocemos casos de otros niños a los que les ha pasado y es horrible», asegura. Cada cuatro meses Sara tendrá que seguir acudiendo a revisión, y cada dos a hacerse una analítica. Los médicos tendrán que seguir de cerca esa manchita que se ha quedado en su médula. «Se supone que es cicatriz, pero si varía significa que es resto tumoral, y es algo que no nos pueden garantizar», afirma su padre.

Sara volverá en breve al quirófano, esta vez para que le quiten una mancha que tiene en su brazo derecho. «Normalmente la retiran a partir de los 13 años, cuando han empezado a desarrollar, pero al tener antecedentes cancerígenos nos han recomendado quitarla cuanto antes». A Sara lo único que le importa es que quien le pinche la anestesia vuelva a ser Unai.

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