Diario Vasco

La rapidez para tratar un ictus condiciona el futuro de los afectados

Parte del equipo multidisciplinar que atiende a los afectados por ictus, a la entrada de esta unidad en el Hospital Donostia.
Parte del equipo multidisciplinar que atiende a los afectados por ictus, a la entrada de esta unidad en el Hospital Donostia. / ARIZMENDI
  • Se aconseja llamar al 112 si de forma repentina se pierde la capacidad de habla o la visión, o se paraliza una parte de la cara o del cuerpo

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Sucede de repente. De repente, una pierna no responde. De repente, no salen las palabras. De forma «absolutamente imprevisible» el flujo deja de llegar al cerebro y se pierde una función que poco antes estaba normal, como la capacidad de habla, de mover o de sentir un lado del cuerpo, de ver o de mantener el equilibrio... Bien conocen estos síntomas los 1.600 guipuzcoanos que cada año sufren la brusquedad con la que se presenta el ictus, una palabra que engloba muchas enfermedades diferentes, todas cerebrales, consecuencia de la oclusión (ictus isquémico) o la rotura (hemorrágico) de una arteria. Trombosis, embolia, infarto, hemorragia... Todos estos son ictus, una dolencia que va a más y que tiene unos enormes costes sociales. La buena noticia es que gracias a la organización de la atención que se presta a los afectados y el acceso rápido a los tratamientos el pronóstico mejora.

«Tenemos muchísimos pacientes», explica la neuróloga Maite Martínez Zabaleta, coordinadora de la Unidad del Ictus del Hospital Universitario Donostia (HUD). Según los últimos datos, en 2015 se contabilizaron 1.600 casos en Gipuzkoa, 5.000 en Euskadi y 130.000 en España. Unas cifras ascendentes en una sociedad cada vez más envejecida, «porque la edad es el principal factor de riesgo». El afectado por ictus tiene 75 años de media y el 30% es mayor de 80, una franja en aumento.

Pero también crece la cifra de jóvenes. Del total de 1.600 afectados, 1.300 fueron atendidos en el HUD y, de ellos, el 10% tenía menos de 60 de años. «La incidencia del ictus en el subgrupo de pacientes jóvenes se ha incrementado, pero la edad media del ictus es cada vez mayor», explica la neuróloga. En todos los centros de Osakidetza atendieron en 2004 a 221 pacientes con menos de 60 años con infarto cerebral, cifra que en 2015 ascendió a 275. «Son más, pero porcentualmente respecto al total se mantiene», añade Martínez Zabaleta, al referirse a la primera causa de muerte en mujeres y la segunda en hombres, una enfermedad «en la que hay que invertir».

La respuesta al ictus es una labor de equipo que sería imposible sin la participación de los profesionales de emergencias, urgencias, enfermería, intensivistas, neurocirugía, anestesia, neurología, cirujanos vasculares, rehabilitadores y también los médicos de atención primaria, «ya que muchas veces los pacientes acuden a su médico de confianza, cuya función es fundamental en la identificación de los síntomas».

Aunque en los momentos agudos iniciales del ictus hay «pocos elementos de decisión, pocos marcadores, y muchas de las cosas que puedan parecer un ictus acaban no siéndolo», sí existe una serie de síntomas «muy sugestivos» que son bastante específicos y ofrecen pistas, como la dificultad repentina para hablar o de comprender; la asimetría en la cara, que se tuerza o se paralice un lado; la pérdida brusca de fuerza en un lado del cuerpo, o de visión de uno o ambos ojos. La inestabilidad o el mareo, o un dolor de cabeza muy abrupto, «el peor dolor de cabeza de tu vida de repente», también pueden ser ictus.

Ante estas situaciones, el consejo es siempre llamar al 112, donde hay profesionales instruidos para identificar si se trata de un accidente cerebral y poner en marcha todo el proceso, porque en ese momento el tiempo es determinante, «y cada vez más, ya que van surgiendo más oportunidades de tratamiento en las primeras horas», explica la neuróloga. A diferencia de hace varias décadas, cuando se creía que no había nada que hacer, el abordaje ha cambiado por completo. Primero, «porque sabemos que hay partes del cerebro que son capaces de sujetarse y resistir a la isquemia un tiempo». También porque se tiene la constancia de que en resultados de salud es «bueno» tratar de forma urgente y especializada a estos pacientes, y porque se han desarrollado tecnologías y tratamientos que permiten, sobre todo en el ictus isquémico, reabrir esa arteria que está cerrada y volver a reportar sangre a ese cerebro con el ánimo de recuperarlo. «Esas tres cosas han hecho que el abordaje del ictus cambie radicalmente», señala Martínez Zabaleta.

Tras llamar al 112, y ante la sospecha de un episodio cerebrovascular, se activa el 'código ictus', por el que se van preparando los recursos necesarios para ofrecer cuanto antes el tratamiento necesario. Una ambulancia recogerá al paciente para trasladarlo al centro sanitario pertinente. «Si es de Ordizia, por ejemplo, te pueden derivar a Zumarraga, donde sí tienen recursos para hacer determinadas cosas, pero no otras». No todo el mundo ha de ser evacuado al Hospital Universitario Donostia, considerado el de referencia porque cuenta con la Unidad del Ictus y por su capacidad de llevar a cabo cualquier tratamiento de los que se denominan de recanalización. «En el caso de una arteria cerrada por un trombo, si consigues quitarlo mediante una medicación o por una técnica radiológica de extracción y devolver el flujo, recuperas cerebro», explica la médico. Y eso se hace en el HUD, donde también está la unidad especializada en la que se atiende las primeras 24-48 horas a determinados pacientes. De estos tratamientos, «que tienen cierta agresividad», se benefician ciudadanos que tenían una condición de salud previa buena. «Si ya vas en una silla de ruedas, estos tratamientos no te van a devolver la capacidad de caminar», explica la neuróloga, quien recuerda que a más vejez, más enfermedad y mayor discapacidad.

En las primeras horas

La edad y la situación funcional previa condicionan el perfil del afectado, susceptible de recibir estos tratamientos y de ser trasladado a Donostia. «Ya desde Emergencias nos avisan que viene, por ejemplo, un paciente de Eibar de 50 años que se llama tal. Así, mientras llega, repasamos su historial. Llamo al radiólogo y le cuento la situación para que prepare el quirófano, y también se llama al escáner para que esté libre cuando llegue el paciente». Así se ahorran minutos al reloj, «lo anticipamos todo para que la pérdida de tiempo sea mínima». Si el paciente tiene 98 años, el abordaje será distinto, «porque sabemos que a esa edad no lo meteremos al quirófano».

Actuar en las primeras 6-8 horas, «cuanto antes», es vital para mejorar el pronóstico, «aunque luego hay una cosa individual, que es la capacidad de resistencia que tú tienes. Hay personas que tienen un trombo pero el resto del sistema es tan bueno que compensan la situación y te dan más margen de tiempo. Pero la norma son las primeras horas».

Lo primero, como en cualquier enfermedad, es ofrecer soporte vital «porque el ictus mata». Luego se decide, en el caso de un trombo, por ejemplo, si se puede reabrir esa arteria. El siguiente paso sería la Unidad de Ictus, donde ingresan todos los afectados «que merecen ser intensivados», los no muy añosos y sin mucha patología previa. Se trata de una especie de unidad de cuidados semicríticos. No se trata de una UCI, aunque se le parece en algunas cosas, atendida por profesionales de enfermería muy especializados en la que tratan de anticiparse a las complicaciones que suelen darse en estos casos, y la clave es «actuar de forma proactiva para que no pasen». Un modo de tratar que ha demostrado ahorrar «mucha muerte y discapacidad», y que beneficia a la gran mayoría de afectados.

La estancia en la unidad suele ser de hasta 48 horas, hasta que los médicos tienen clara la causa del ictus y el afectado está estable, es entonces cuando es derivado a la planta de neurología que le corresponda. Si es de Ordizia, al hospital de Zumarraga. La estancia media suele ser de 7,1 días.

Los ictus hemorrágicos son los menos, aproximadamente el 15%, pero presentan una situación «más mortal y severa al principio» para la que desgraciadamente hay menos tratamientos, «aunque una vez que sobrevives, habitualmente con rehabilitación te repones un poco más». Una parte de estas hemorragias son susceptibles de ser sometidas a cirugía con el objetivo de salvar la vida.

La rehabilitación tras los tratamientos iniciales es muy importante, ya que ayuda al cerebro a recuperarse. «La rehabilitación, mediante fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia... ha demostrado mejorarlo todo: mortalidad, morbilidad y ahorrar costes. Es súper importante».

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