Diario Vasco

Los colegios del Obispado

Dos maestras tratan de mantener la atención de sus alumnos en un aula del colegio Larramendi.
Dos maestras tratan de mantener la atención de sus alumnos en un aula del colegio Larramendi. / FOTOS: LOBO ALTUNA
  • Los cuatro centros diocesanos de Gipuzkoa se unen en una nueva fundación

En un patio del donostiarra colegio Larramendi los alumnos de Primaria han compuesto con vasos de plástico el rostro de un niño refugiado. Se celebra el Día de la Paz y el mural forma parte de un proyecto promovido por la Diputación y Unicef. No muy lejos, en otro edificio, tras los muros monacales del imponente edificio del Seminario la presencia en las aulas de los estudiantes de ESO y Bachillerato, más intuida que observada, llena de silencio los pasillos que un día fueron hervidero de seminaristas.

Es hora de clase en el colegio, uno de los cuatro que en Gipuzkoa dependen directamente del Obispado de San Sebastián y que imparten enseñanza a cerca de 2.400 jóvenes. Los otros son Iraurgi, en Azpeitia; San Miguel, en Mutriku, y Ama Guadalupekoa, en Hondarribia. Todos ellos son centros diocesanos de titularidad cien por cien eclesial, son concertados, se hallan encuadrados dentro de la patronal Kristau Eskola y tienen en común «un plus» que la directora de Larramendi, Sonia Cisneros, define como una voluntad de «incidir en el aspecto social». «Los alumnos tienen que ser capaces de convivir en una sociedad plural y dar lo mejor de sí mismos», afirma.

Desde el pasado mes de septiembre los cuatro colegios permanecen unidos bajo el paraguas de la fundación Elikel, que ha nacido «con el objetivo de promover la enseñanza, la formación y la educación de niños y jóvenes, conforme a los principios y valores propios de la doctrina de la Iglesia Católica», según explica el Obispado. «Elikel pretende aprovechar las potencialidades de cada colegio para mejorar entre todos», afirma Francisco Palmero, director de la fundación. De ello se encargan sus profesores, todos seglares.

El colegio Larramendi celebró hace dos semanas su jornada de puertas abiertas. Como siempre, los visitantes que nunca habían cruzado el umbral del centro se quedaron asombrados por el interior del edificio. «Se quedan fascinados», dice Sonia Cisneros. Algunos padres llegan a llorar, pero en este caso no por los muros del Seminario sino por su contenido. Por lo que hay de humano en su interior.

Trato individual

Son los propios estudiantes los que se encargan de organizar las jornadas de puertas abiertas y de mostrar a los visitantes lo que se hace en el colegio. «Cuentan cómo se sienten después de su primer año y hay padres que salen emocionados, con lágrimas en los ojos», afirma la directora del centro. «Los alumnos de diversificación -añade- les robaron el corazón cuando explicaron que habían pasado de tener dificultades al principio a sentirse válidos y capaces».

«Tratamos de forma individual a cada alumno porque cada uno es único e irrepetible, ese es nuestro punto fuerte», insiste la directora de Larramendi. Por ejemplo, a los que son deportistas de élite se les adaptan las necesidades académicas a sus entrenamientos y se llevan a cabo proyectos colaborativos en los que cada uno aporta lo que mejor sabe hacer. «Buscamos en cada uno su esencia personal, aquello en lo que puede brillar, en lo que es capaz de entusiasmarse», asegura Sonia Cisneros.

Esta búsqueda requiere flexibilidad, como la que esgrimió el colegio el día en que aceptó la propuesta de los coreógrafos Amaya Lubeigt y Wilfried van Poppel de participar en el proyecto 'Five days to dance', dirigido a alumnos de 3º y 4º de ESO. Durante cinco días cesaron las clases convencionales y la actividad académica se centró en trabajar de manera intensa conceptos de danza profesional y de expresión mediante el baile. Los esfuerzos de los jóvenes, que sacaron adelante una coreografía en la que debían expresar las necesidades de las personas que se ven obligadas a emigrar, quedaron plasmados en un documental que ha sido proyectado con un gran éxito en numerosos festivales con el lema 'Si podemos bailar juntos, podemos vivir juntos'.

Presencia en el barrio

La vocación social de los centros diocesanos, esa seña de identidad de la que habla Sonia Cisneros, se traduce en una voluntad de salir al exterior. «Queremos hacernos presentes en el barrio, por eso salimos fuera de las paredes del colegio», señala Sonia Cisneros. «Los cuatro colegios diocesanos tienen proyectos solidarios, todos se esfuerzan por plasmar el evangelio en la vida real, por llevar fuera el aprendizaje y la pastoral», afirma Francisco Palmero.

Los alumnos de 1º de Bachillerato de Larramendi participan en el proyecto Ganbara, en el que invierten dos horas semanales más de clase para elaborar planes de voluntariado y ponerlos en práctica. «Lo que hacen está inserto en el curriculum y sirve para evaluarles», explica el responsable de Elikel. «Después te enteras de alumnos que en vacaciones siguen con esas tareas de voluntariado», añade satisfecho.

En el proyecto Manos vivas los estudiantes fabrican marionetas y acuden a residencias de ancianos para colaborar con los mayores en talleres de teatro. El éxito de este intercambio generacional, afirma Sonia Cisneros, «se ve en las caras de los alumnos y de los residentes, que se sienten vivos». Esta actividad también está incluida en el curriculum del centro y sirve para evaluar a los alumnos. «Se sienten protagonistas de lo que hacen, ellos se dan cuenta de que son capaces de dar y amar », dice la directora.

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