Diario Vasco

El febrero más frío de la historia

Donostiarras despejan las aceras de nieve en febrero 1956.
Donostiarras despejan las aceras de nieve en febrero 1956. / FOTOTECA KUTXA
  • Se cumplen 61 años de las bajas temperaturas que se alcanzaron en 1956

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Algunos todavía lo recordarán. Se cumplen este mes 61 años de la ola de frío que en 1956 dejó helados a los guipuzcoanos y muchos más. En las seis décadas transcurridas desde entonces, en Gipuzkoa jamás se ha dado un periodo tan prolongado de frío, ni siquiera unas temperaturas tan bajas. Fue como una pequeña glaciación. El frío se instaló el día 1 y la nieve que cayó al comienzo del mes no desapareció en muchas comarcas casi hasta marzo. En Hondarribia se registraron mínimas de 13 grados bajo cero. Se contabilizaron 19 días de helada. La ola no sólo afectó el País Vasco. Prácticamente toda Europa acusó sus efectos. En la península, Cataluña registró la mínima absoluta con 32 grados bajo cero.

Fueron tres las olas de frío que Euskadi soportó aquel crudo febrero de mediados de siglo. Los informes meteorológicos de la época datan la entrada del primer frente sobre las seis de la tarde del día 1. Un potente chorro de aire del Noreste irrumpió por Cataluña y se «desparramó por toda la península», afirma Margarita Martín, actual directora del Centro Meteorológico del País Vasco. En tierra avanzaba a una velocidad de cinco kilómetros por hora en las zonas con obstáculos y a razón de 40 kilómetros en el Mediterráneo. Fue en esta primera fase cuando se midieron las temperaturas mínimas del mes. El día 3, en el observatorio de Igeldo, se registraron -12,1º. Hondarribia marcó el valor más bajo de entre todas las localidades costeras, con -13º. En Villabona, en Fraisoro, el mercurio descendió a -13,6º. Estos registros nunca se han superado, ni siquiera durante la ola de frío de enero de 1985. Entonces se midieron -10,10 grados en Igeldo.

Nieve en Donostia

Este primer temporal descargó varias nevadas que en algunas zonas fueron de gran intensidad. Donostia quedó cubierta por un manto blanco. La escasa circulación rodada que pudiera haber aquellos años por las carreteras sufrió las consecuencias de las adversas condiciones. Durante algunos días fue imposible el desplazamiento en vehículo a Pamplona, nada extraño teniendo en cuenta que esa misma situación se da también hoy en día.

Pero la ola no había hecho sino comenzar. Al mes le quedaban por llegar todavía otros dos frentes gélidos. Uno entró en la segunda decena y provocó temperaturas de 8º bajo cero en Bilbao. La tercera ola, de origen siberiano al igual que la primera, penetró el día 16 y dejó 16,8 grados bajo cero en Vitoria. Todo ello hizo que la temperatura media del mes fuese 0,4 grados en Igeldo, cuando lo normal son 8,4º.

En el resto de España los valores fueron igualmente extremos. La mínima se registró en Lleida, en Estany-Gent, donde se midieron -32º. La prensa de la época aseguró que en algunas estaciones del Pirineo se superaron los -50º. La ola no sólo afectó a España. En Londres, las bajas temperaturas generaron graves daños en la red eléctrica. En Italia fallecieron más de cincuenta personas, mientras que Grecia vivió la peor ola de frío de su historia reciente. En Europa, más de un millar de personas perdieron la vida. Estados Unidos ofreció incluso ayuda a países afectados, entre ellos España.

Conducciones heladas

Las gélidas temperaturas ocasionaron graves contratiempos a la ciudadanía. Las conducciones de agua se helaron, lo que obligó a numerosos vecinos de no pocas localidades a acudir con barreños a las fuentes públicas y a los manantiales. En Igeldo, los vecinos cogieron una barrica, de esas grandes de sidra, y la llevaron sobre un carro hasta el manantial de Iturritxo. Allí la llenaron con calderos y luego la bajaron de nuevo al pueblo para repartir el agua entre la gente.

Situaciones parecidas se vivieron en otras localidades guipuzcoanas. María Antia tenía nueve años aquel febrero del 1956. En su Ormaiztegi natal recuerda que las bajas temperaturas y las continuas nevadas obligaron a cerrar la escuela. «De día nevaba y por la noche helaba», señala. En su retina aún mantiene viva la imagen de los mayores de su casa que cubrían con paja, sacos y viejas telas la conducción que llevaba el agua desde el pozo a la vivienda para evitar que se helara. «Y, por supuesto, todas las noches íbamos a la cama con el ladrillo que previamente había sido calentado en el horno de la cocina económica y que posteriormente se envolvía en un saquito de tela», señala.

En Antzuola, Julián Lezeta también recordaba el frío que soportaron la víspera de Santa Agueda cuando con el resto de quintos del pueblo fueron a cantar de barrio en barrio las tradicionales composiciones en honor a la santa. «Nosotros pasamos frío, pero el que llevaba el acordeón ni podía tocar», relató

Las heladas quemaron miles de pinos y no pocos frutales. En los caseríos, la leche ordeñada de víspera se congelaba. Al día siguiente, cuando las baserritarras bajaban a las ciudades y a los pueblos se veían en la necesidad de calentar las marmitas en cocinas y hornos para que la leche licuara de nuevo y así poder repartirla.

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