Diario Vasco

El acoso escolar se inicia a edades más tempranas y afecta al 13% de los niños vascos de entre 9 y 13 años

El temprano uso de las tecnologías entre los chavales también anticipa el peligro del ciberacoso.
El temprano uso de las tecnologías entre los chavales también anticipa el peligro del ciberacoso.
  • Una encuesta de la UPV/EHU a 2.000 alumnos de 5º y 6º de Primaria revela que también un 3% ha sufrido ciberbullying

El impacto del acoso escolar en la adolescencia es ya indiscutible, con amplia documentación que lo acredita. Pero, ¿qué pasa con los niños y niñas más jóvenes? ¿A qué edades empiezan los críos a ser víctimas de agresiones verbales, físicas o de exclusión dentro del grupo? La catedrática de Evaluación y Diagnóstico Psicológicos de la UPV/EHU Maite Garaigordobil, junto con Juan Manual Machimbarrena, miembro de su equipo de investigación, han intentado poner luz en ese pozo oscuro que es el acoso escolar, no solo el presencial, también el que se esconde para hacer daño de forma fácil y anónima a través de las tecnologías como el móvil y las redes sociales.

La idea de partida era sondear hasta qué punto el temprano acceso al ciberespacio, «con un papel cada vez más relevante como espacio de socialización y aprendizaje complementario a la escuela», podía traducirse en una amenaza para estos chavales y cuántos de ellos sufrían bullying y ciberbullying.

Conocer la realidad y la envergadura del problema es vital para poder adoptar medidas para prevenirlo, sostiene la experta. El foco se ha puesto en el segundo ciclo de Primaria, 5º y 6º curso, alumnos de entre 9 y 13 años. La muestra del estudio fue de 1.993 estudiantes de 25 centros (13 de la red pública y 12 de la red concertada), seleccionados de forma aleatoria y representativa, lo que da mayor relevancia a los resultados de la investigación.

La primera conclusión es que en el último año un 13,2% de los estudiantes entrevistados había sufrido frecuentemente conductas agresivas cara a cara, como agresiones verbales, físicas y de exclusión. La investigación también ha detectado que hay un 2,9% de alumnos que había sufrido frecuentemente conductas de ciberbullying: mensajes ofensivos e insultantes en el móvil o en el correo electrónicos, llamadas anónimas que asustan y provocan miedo, ser difamado siendo objeto de información falsa o haber sido víctima del robo de una contraseña para utilizar el correo electrónico.

Además de analizar en profundidad la incidencia del acoso escolar en edades anteriores a la adolescencia, el estudio indaga en la huella física y emocional que pueden dejar los insultos, las burlas, las humillaciones, tanto en las víctimas como en sus padres. Los niños y niñas que en las entrevistas han asegurado haber sufrido algún tipo de acoso, sea cara a cara o a través del ciberespacio, manifestaron también sufrir altos niveles de estrés ante acontecimientos cotidianos, problemas académicos y conflictos con los padres. La huella también es física. La investigación muestra que estas víctimas son más propicias a sufrir problemas psicosomáticos, dolores de cabeza y de estómago, por ejemplo, o también problemas de sueño, pesadillas, trastornos en la conducta alimentaria, describe Garaigordobil.

A los padres de las víctimas también se les preguntó por cómo veían a sus hijos. Sus respuestas también evidencian la profunda huella que deja el acoso escolar. En general, son frecuentes los problemas emocionales y de conducta. Los chavales que sufren bullying y ciberbullying suelen mostrarse retraídos, inhibidos, aislados, prefieren estar solos, terminan siendo personas reservadas y poca activos, detalla la investigadora de la UPV.

También son conscientes de que sus hijos sufren problemas psicosomáticos, con quejas de molestias físicas, dolores de cabeza, de estómago y ausencias a clase por enfermedad. Los problemas de ansiedad son igualmente motivo de preocupación en la familia. Los menores acosados manifiestan un estado de intranquilidad, nerviosismo, inquietud, tensión interior, alerta y preocupación. Cuando los problemas se intensifican, pueden llegar a terminar en una depresión. La tristeza, la apatía, la irritabilidad van minando el estado de ánimo.

Otra de las consecuencias recogidas en el estudio es el bajo rendimiento escolar. «La inteligencia no es el origen del problema. Se muestran apáticos e indiferentes ante el estudio, sin motivación por el aprendizaje», continúa Garaigordobil. Las señales de alarma también pueden venir en forma de conductas «perturbadoras», como un mal comportamiento en el aula. Los problemas de atención, no estar atento en clase, no centrarse y distraerse con todo son también frecuentes.

Estrés también en los padres

El primer estudio realizado por Garaigordobil y su equipo, en el que se midió la incidencia del acoso escolar, incluido el ciberbullying, ya demostró que las consecuencias de las agresiones físicas y verbales dejaban graves secuelas en las víctimas. En aquella investigación se mostró que siete de cada diez jóvenes vascos de entre 12 y 18 años habían estado implicados de algún modo en situaciones de ciberacoso en el último curso. En concreto, el 69,8% de los participantes en el estudio habían sufrido situaciones de ciberbullying como víctimas, como agresores o como observadores. Así, el 30,2% había sufrido una o más conductas de ciberbullying; el 15,5% había realizado una o más conductas de ciberbullying a otros; y el 65,1% había observado una o más de las quince conductas de ciberacoso que se exploraron.

El estudio que ahora han realizado sobre el alumnado de 5º y 6º curso de Primaria llega a la misma conclusión, pero además evidencia que también los padres de esos niños acosados sufren altos niveles de estrés, «un aspecto novedoso que no había sido identificado en estudios anteriores», subraya Garaigordobil que añade: «El acoso en cualquiera de sus modalidades es una de las causas más importantes de suicidio infanto-juvenil, y una gran fuente de sufrimiento para las víctimas y sus familias, y por esta razón es un problema de salud pública que toda la sociedad tiene la responsabilidad de afrontar».

Qué hacer

Diagnosticada la dimensión del problema, la experta llama a tomar acciones en cuatro niveles. El primero concierne a toda la sociedad, que «debería controlar e inhibir el nivel de violencia que se expresa en la televisión, internet, los videojuegos, que refuerzan las conductas agresivas y antisociales, racistas, sexistas... Sabemos que ver violencia aumenta la probabilidad de comportarse violentamente».

En paralelo, refleja el papel «primordial» de la educación familiar. «Los padres que son modelos de empatía y conducta social positiva, y que refuerzan estas conductas en sus hijos e hijas, tienen con mayor probabilidad hijos menos violentos. La familia tiene un papel relevante en el desarrollo y mantenimiento de valores éticos y morales de sus hijos e hijas».

Las actuaciones con carácter preventivo y educativo que ya se aplican en los centros escolares están dando resultados «y se han demostrado eficaces». El trabajo de Garaigordobil y su equipo no se limita a cuantificar la incidencia del acoso escolar en sus diferentes formas (cara a cara o a través de las tecnologías e internet), sino que también ha diseñado herramientas, como 'Cyberprogram 2.0', dirigido a adolescentes para prevenir y reducir el acoso en las aulas.

Cuando la violencia ya se ha producido, entonces «es importante la intervención individual terapéutica», tanto con el agresor «para desarrollar la capacidad de empatía y de control de su conducta agresiva», como con la víctima, «para aumentar su autoestima y las habilidades sociales necesarias para afrontar constructivamente la situación».

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