Diario Vasco

La vida después de El Niño

Aitor, Izusko y Rosa, en el Arri Zar. Junto a la mujer, la planta del dinero con el euro enterrado.
Aitor, Izusko y Rosa, en el Arri Zar. Junto a la mujer, la planta del dinero con el euro enterrado. / LUSA
  • En 2016 el bar Arri Zar repartió en Altza 19 millones. Un año más tarde viven igual pero mucho más felices

El mensaje en el exterior del bar Arri Zar, de Altza, no puede estar más claro. «Agotada lotería del Niño», avisa un cartel no muy lejos de un tiesto con una planta de esas que llaman del dinero en la que hace pocos días un cliente enterró un euro. Dice la leyenda que el poseedor de una de estas plantas «gozará de una estabilidad económica y de buena fortuna en general». Es solo una creencia popular pero en algunas ocasiones los sueños se convierten en realidad. Y no solo una, sino varias veces.

El 6 de enero de 2016 el bar regentado por Egoitz, hijo de Rosa María Aiastuy, repartió por todo el barrio 19 millones de euros correspondientes al primer premio de El Niño. De los 95 décimos que habían vendido, Rosa y Egoitz se quedaron con cuatro. Otro de sus hijos, Izusko, compró un décimo. En total, a la familia le correspondió un millón de euros.

Ha pasado casi un año y el bar sigue igual. Sus paredes continúan repletas de bufandas, banderolas y símbolos del Athletic de Bilbao, los clientes no han variado sus costumbres y los camareros son los mismos. Allí todos se conocen y son amigos. El Arri Zar es una taberna con todo el encanto de las tabernas de barrio, aunque en los últimos días haya parecido más una administración de lotería que de bebidas. «Hemos vendido más lotería que cafés», afirma Rosa desde el otro lado de la barra. «En cuatro días hemos repartido 450 décimos para El Niño, esto ha sido un asalto, la gente estaba entusiasmada. Si mañana toca algo, aunque sea poco, el barrio se volverá loco».

De crucero

La vida ha cambiado para Rosa y lo ha hecho para mejor. La lluvia de dinero que le cayó hace un año, «aquella alegría inmensa», se ha transformado en tranquilidad. «Trabajo menos horas y lo hago más tranquila. Hay gente que se extraña y me pregunta por qué sigo en el bar, pero ¿qué vas a hacer? No es para cerrar el local».

Con la calma que da tener dinero la vida se ve de otra manera. En octubre, Rosa se fue de crucero por el Mediterráneo, invitada por su hijo Egoitz. «También he tenido algunos caprichos para casa y en ropa», dice. Ha sido para ella un año en el que no ha despilfarrado pero tampoco se ha privado de nada. Y en el que ha comprobado el alcance de ese viejo dicho que sostiene que el dinero no da la felicidad. Ahora que tiene conocimiento de causa, Rosa discrepa de esta máxima. «El dinero ayuda a ser feliz, y ayuda mucho», sostiene. «Las penas con dinero son menos penas, hasta la enfermedad es menor si se tiene dinero», insiste.

Los vecinos de Altza que en los últimos días han hecho cola ante el bar para comprar un décimo aspiran a ver cumplidas estas palabras en su propia piel. «¿Y si repetimos?», se pregunta Rosa. Parece imposible que la suerte caiga dos veces en el mismo lugar, pero no sería la primera vez que ocurre.

Si Izusko comenzó el año con buen pie, no le ha ido mucho peor al terminarlo. Un décimo que compró en Bilbao resultó agraciado con el quinto premio del Gordo y, por si fuera poco, le tocó una rifa que había comprado con su hermano. El resultado han sido 6.000 euros y una cesta gigantesca, de las que alimentan durante varios meses a una familia de tipo medio.

Al igual que el resto de su familia, Izusko sigue trabajando tras la barra del bar, lo que no le impide llevar una vida descansada. Él y sus amigos, muchos de ellos también premiados, celebraron su nueva condición de adinerados con una comida de las que hacen época en el Zuberoa. Desde entonces, afirma, se han sucedido «jamadas muchas y buenas», una estancia de un mes en Cuba y el proyecto de hacer un crucero este año.

«Aún me saludan»

Uno de sus compañeros de comidas selectas es Aitor, que se pregunta en voz alta cuánto le queda de su décimo premiado. Resulta que le debe quedar lo suficiente, porque suspira satisfecho. «Con dinero se vive de otra manera, tienes un colchón por si ocurre algo», explica Izusko mientras asiente su amigo.

Con dinero también se conocen actitudes que de otra manera nunca se llegarían a descubrir. «A mí todavía me saludan los banqueros cuando nos cruzamos por la calle», afirma Izusko. Aitor tuerce el gesto cuando se le pregunta si en estos doce meses ha hecho muchos nuevos amigos. «He tenido hasta problemas, me ha venido gente que me decía que no veía justo que me hubiera tocado a mí y más de uno me ha pedido dinero. He visto otra cara de las personas».

«Aquello nos arregló y este nos solucionará», insiste Rosa, que mantiene la esperanza de que mañana se repita lo que ocurrió hace un año. Aquel 6 de enero el número 22654 dejó en Gipuzkoa 36 millones de euros del primer premio. La suerte la repartió la administración de lotería número 3 de Pasai Antxo que, además de Altza, también distribuyó décimos al bar pasaitarra Laket, de donde salieron diez millones. Es difícil que se repita pero todos sueñan con ello. Por si acaso, en un tiesto de Altza un euro aguarda enterrado su momento de gloria.

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