Diario Vasco

«Para ir a Chíos hacen falta ganas y saber trabajar en equipo»

Patxi, Nere, Amaia y Mikel, con sus camisetas y delantal de Zaporeak y con las cazuelas de cocina de su hogar, eso sí más pequeñas que las que han utilizado en Chíos.
Patxi, Nere, Amaia y Mikel, con sus camisetas y delantal de Zaporeak y con las cazuelas de cocina de su hogar, eso sí más pequeñas que las que han utilizado en Chíos. / ARIZMENDI
  • La errenteriarra Nere Mujika, con 83 años la voluntaria más veterana de Zaporeak, relata su experiencia

La actividad en las nuevas cocinas de los guipuzcoanos de Zaporeak en la isla de Chíos mantiene su ritmo incansable. Más de mil bocas de personas refugiadas esperan cada día a unos menús que ya llegan a las mil calorías y que, cada día, sobre todo en materia de aderezos, se ajusta más al tipo de alimentación de los pucheros tradicionales de las familias sirias, eritreas o iraquís. Por las cocinas y sus cazuelas han pasado ya un buen número de personas de todo tipo, desde funcionarios a directores de departamentos institucionales, andereños, futbolistas, un cocinero profesional experto en grandes eventos, periodistas, estudiantes o jubilados.

Entre ellos, Nere Mujika, una mujer de Errenteria de 83 años, maestra de profesión, que no solo cumple con esa máxima de que la solidaridad no tiene edad, sino que ha aplicado una vez más en su vida la receta mágica que siempre ha utilizado y que la ha convertido en una luchadora. «Si tienes ilusión por algo tienes que probarlo. Luego verás si la experiencia te ha salido de diez o de cinco. Hacen falta ganas y saber trabajar en equipo para ir a Chíos».

Nere ha vuelto a casa esta misma semana después de pasar ocho días en Chíos, días después de emplatar, secar sartenes, limpiar zanahorias y acudir a los campos de refugiados a repartir comida. Recién llegada se llevó la primera sorpresa, uno de esos momentos que se quedan para siempre dentro. Acudió con el grupo de Zaporeak a la hora de comer y, de repente, uno de los niños que se había acercado con su familia, recibió la bandeja metálica con los alimentos, le miró fijamente y empezó a sonreír. «Me cogió de la mano y me la besó. No lo hizo con nadie más ni volví a vivir lo mismo. Me hablaba en inglés con un tono cariñoso y no me soltaba. Yo pensaba ¿qué le habrá pasado a este chaval? ¿qué habrá vivido? Al final pienso que le recordaba a su abuela».

Mikel Arocena, uno de los cinco hijos de Nere, le recuerda a su madre que el respeto hacia los mayores es casi sagrado para los refugiados, pero ella sabe que lo de aquel niño fue algo especial para los dos. Mikel conoce ese respeto porque fue el primero de la familia en apuntarse como voluntario en Zaporeak. En junio, dedicó dos semanas de sus vacaciones a colaborar con esta oenegé a la que al reconocimiento popular, plasmado en las comida de las sociedades, la aportación de las empresas o premios como el que le acaba de entregar Teledonosti, comienza a sumar ahora el reconocimiento del Gobierno Vasco con el galardón René Cassin.

A Mikel, esas dos semanas le supieron a poco, pero es que, además, estaba tan emocionado a su vuelta que con su madre, su hermana Amaia o su tío Patxi no hablaba de otra cosa. Fue Patxi el pequeño de los ocho hermanos de Nere, con 67 años, el primero en animarse. Su periplo fue de tres semanas y también regresó encantado de su experiencia, por duro que fuera vivir tanta desesperanza con los refugiados.

«Lo que más me impactó es la capacidad de trabajo en equipo de gente que somos de edad tan variada, de diferentes formas de ser. Hay muy buen rollo y aunque pasé un montón de horas nunca vi ni enfados ni discusiones. En el grupo de mi hermana Nere, por ejemplo, ella era la mayor con 83 años, pero la más joven tenía 19».

Una enfermedad sorprendió a Mikel cuando pensaba volver a repetir la experiencia, esta vez con Amaia como acompañante. De repente a su hermana se le ocurrió una idea... «Le dije a mi madre, '¿te vienes?' No tardó ni un segundo en decir, 'sí, por favor, llévame'».

«Siempre me ha dado una cierta envidia la labor que realiza la gente de las ONGs. En Errenteria ya habíamos participado en actos de apoyo con Zaporeak, pero esto suponía una implicación mucho mayor. Es que no lo dudé un minuto».

Chavales tristes

Cuenta, lo refrendan Patxi, Mikel y Amaia, que es fácil incorporarse a la tarea que realizan los cocineros de Zaporeak. Que ni tan siquiera hace falta ser un mago de los fogones, «porque allí los hay muy buenos» y que ser pinche, «sabíamos que íbamos a colaborar» es muy importante con esa dosis de ganas que a esta familia le sobra. Nere solo ha sido cocinera por obligación porque ha tenido cinco hijos, pero eso ha sido lo de menos.

«Es un proyecto en el que resulta muy fácil participar. Está todo muy bien organizado, en seguida ves qué es lo que hace falta que hagas y si no, alguien te echa un cable para que te integres en el grupo».

Fuera de la tarea siempre queda tiempo para que un voluntario entretenga a los demás con trucos de magia, o que en el descanso otra haga un bizcocho para sus compañeros. «El ambiente es fantástico».

Si hay algo que tenían claro Nere y Amaia era que, vieran lo que vieran, no iban a llorar. «Primero, tampoco tuvimos tiempo y, además, pensé ya lloraré cuando vuelva», dice Nere. «Cuando me acuerdo de cómo te miran esas personas y cómo te dan las gracias. ¿Las gracias a mí? ¡Por favor! Es a vosotros a los que se os niega un camino seguro para tener una vida normal y salir de aquí», cuenta Amaia.

Nere, maestra de toda la vida, miraba a los grupos de adolescentes tristes, muchos de ellos solos, que se pasan el día sin nada que hacer, sin alicientes, solo con una mirada triste y perdida. «Los niños siempre encuentran un entretenimiento, dan volteretas, juegan con un balón, corren uno detrás de otro... Pero llega una edad en la que se quedan parados, no saben qué hacer».

Son los últimos que se colocan en la fila de la comida, relata Mikel. «Los adultos ya han superado esa vergüenza, a los críos les da igual... Pero a muchos de estos chavales entre los 12 y los 20 años, que han vivido en familias medias en sus países, que visten a la europea aunque su ropa ya está deteriorada, tener que comer de esas bandejas es una especie de humillación», explica el que fuera el primer voluntario de la familia.

Y eso que saben que la comida está rica, que se hace con mimo, como si la gran cocina de Zaporeak en Chíos fuera la de cualquier sociedad guipuzcoana en la que se manejan grandes perolos para la cuadrilla, los amigos o el club de rugby. «Se hace con el mismo cariño aunque sean personas desconocidas. Intentamos que se vaya adecuando a sus gustos. Recuerdo un día que llovía con fuerza y utilizamos unos chubasqueros para la comida no se mojara», recuerda Amaia.

Nere siempre ha sido viajera. «Hay una cosa curiosa y es que, cuando pasaban unos días ya empezaba a decirme a mí misma, 'mira, en tres días ya duermo en mi cama' ¿Sabes que en Chíos no me ha ocurrido una sola vez? He disfrutado escuchando a los niños preguntar cómo se dice naranja y a algunas personas decirnos, incluso, eskerrik asko».

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