Diario Vasco

«No la saqué del contenedor para que no se enfriara»

Williams Sciacca y Eneko Moro, junto a la cervecería en la que ambos trabajan y de la que salieron la noche que rescataron a la niña.
Williams Sciacca y Eneko Moro, junto a la cervecería en la que ambos trabajan y de la que salieron la noche que rescataron a la niña. / JOSE USOZ
  • El joven que oyó los gemidos que permitieron rescatar al bebé del contenedor fue también un niño al que sus padres entregaron en Fraisoro

  • Los donostiarras Eneko Moro y Williams Sciacca, ambos camareros de una cervecería, se dirigían al coche al término de la jornada cuando oyeron el llanto de la pequeña

La madrugada del lunes al martes de la pasada semana, Eneko Moro terminó su jornada laboral a la una. Cualquier otro día se hubiese marchado a casa a dormir sin mayor demora. Pero aquella noche no lo hizo. Se quedó en la cervecería Garagar, en el Boulevard donostiarra, junto a su compañero Williams. Ambos son camareros. Eneko no tenía ningún motivo para permanecer más tiempo, pero después de lo que más tarde sucedió, sabe que tenía que haber sido así, que el destino le tenía reservado un rol que jamás podrá olvidar. Era el elegido para salvar la vida de Ane, la niña recién nacida que fue abandonada en un contenedor de basura. «Tenía que ser yo quien precisamente tuvo que escuchar su llanto. Yo, que, junto a mis cuatro hermanos, también fui un niño abandonado en Fraisoro. No sabes lo satisfecho que estoy de haber podido salvar la vida de esa pequeña», explica Eneko.

Aquella noche, Eneko y Williams Sciacca acababan de poner fin a su jornada en el Garagar. Se iban ya para casa, el primero a Intxaurrondo; el segundo a Gros. Eneko había dejado estacionado su coche en el Paseo Nuevo. Ambos caminaban por la calle San Juan cuando un sonido puso en alerta sus sentidos. «Escuché como un llanto que provenía de los contenedores de la basura que estaban junto a la Fotográfica. Y según nos íbamos acercando nos dimos cuenta de que 'algo' había dentro de uno de ellos. Al principio me pareció que podía ser un gato, pero si hubiese sido algún animal se habría callado ante nuestra llegada, o habría huido. Y no fue así».

Eneko asomó la cabeza por encima del container y echó un vistazo entre las bolsas. El recipiente no tenía tapa. Hurgó entre los desechos, apartó unas cuentas bolsas, esas que tienen asas y son moradas. Fue entonces cuando vio el diminuto brazo de la pequeña. «La niña estaba envuelta en un manta o una tela de color negro. Era muy finita. Le tapaba todo el cuerpo, incluso la cabeza», detalla Williams.

Pero fue Eneko quien acomodó a la pequeña, aunque no la quiso sacar. «La dejé dentro porque hacía mucho frío, soplaba viento y pensé que si la cogía podía enfriarse aun más. La pobre estaba desnuda. Eran las tres de la mañana y la temperatura era baja. Y en esa zona, tan expuesta al mar, todos saben que el viento suele soplar con cierta intensidad».

El hallazgo de la pequeña dejó a los dos amigos estupefactos. Ambos eran un manojo de nervios, Eneko más que Williams. «Empecé a gritar. '¡Ayuda, por favor. Llamen a alguien que hay una niña en el contenedor!'. Pero allí nadie salía ni respondía a nuestras demandas de auxilio. No se asomaba nadie».

Eneko se decidió entonces por llamar al 112, «pero cuando descolgaron empezaron a hacerme tantas preguntas que al final le pasé el móvil a Williams y yo me quedé con la niña porque estaba llorando. La pobre aun tenía el cordón umbilical colgando».

Llegada de los ertzainas

El destino quiso que en aquel preciso instante pasase por el lugar un automóvil. A bordo del mismo iban dos agentes la Ertzaintza que regresaban del tramo final del Paseo Nuevo, en un recorrido rutinario. «Eran dos secretas. Ellos no sabían nada del tema, estaban de patrulla por la ciudad. Me abalancé sobre el vehículo y les dije si eran policías. Se quedaron un poco sorprendidos por mi pregunta. Les expliqué que había encontrado a una niña entre la basura y que vinieran conmigo».

Los agentes echaron pie a tierra y los cuatro se dirigieron hacia el contenedor. «Llevaban una linterna, alumbraron al interior y vieron también cómo asomaba su manita. Yo estaba muy nervioso. Te puedes imaginar. Les decía: ¡'pero llevarla ya'! Luego empezaron a llegar más policías, primero municipales y más tarde ertzainas. Acordonaron toda la zona y trasladaron a la niña al hospital. Nosotros nos quedamos allí y nos dijeron que les informáramos de cómo había sucedido todo. Se lo explicamos y ahí terminó todo».

Una semana después, Eneko y Williams siguen bajo el impacto de lo que aquella noche vivieron. A Eneko aun le retumban los lloros de Ane y su imagen le viene una y otra vez. No deja de repetir, «¡qué fuerte! La niña estaba superdesprotegida. Tenía los ojos abiertos, unos ojazos. No la quise tocar mucho para no causarle ningún daño. Además, no estoy precisamente muy familiarizado en coger niños tan pequeños. Ni siquiera lo hago con mis sobrinos».

Eneko relata que aquella noche no pudo conciliar el sueño. «Cuando llegué a casa estaba fatal. Desperté a mi hermano y le conté lo que me había pasado.

- ¡Que he encontrado a un niño en el container de la basura! No se le podía creer.

- ¿Qué dices?, me contestó. Imagínate el shock».

Eneko y Williams reconocen que sin su intervención la niña, a la que responsables de los servicios sociales le han puesto de nombre Ane, hubiera fallecido. «No habría aguantado mucho tiempo. La pequeña hubiese muerto, bien de frío o aplastada en cuanto hubiesen volcado el contenedor en el camión».

«No me han dejado verla»

Eneko está muy disgustado con la actitud de las instituciones que, tras el rescate, se hicieron cargo de la niña. Al día siguiente se personó en el Hospital Materno Infantil con el propósito de ver a la niña. «Necesitaba hacerlo y comprobar que se encontraba en perfectas condiciones. Era un impulso el que me llevó hasta el hospital. Porque yo también fui un niño abandonado. Cuando tenía ocho meses, mis padres nos dejaron en la Casa Cuna de Fraisoro. No solo a mí, también a mis cuatro hermanos mayores. Mis padres no nos podían mantener», explica Eneko.

De 27 años, este joven donostiarra ha crecido junto a sus hermanos, bajo el amparo de una mujer. «A nosotros, por suerte, no nos separaron. Nos ha cuidado una excelente persona, que ahora es mi madre, aunque no sea la biológica, y a la que visito a diario o casi a diario. Pero dejemos ese tema, tampoco quiero profundizar mucho en él».

«Te estaba contando que no me dejaron verla y que estoy muy disgustado por ello. Y no te digo nada de cómo están mis hermanos y hermanas. No sé lo pueden creer. Están supercabreados. No entienden por qué no puedo verla».

A Eneko y Williams, este último de 22 años y nacionalidad venezolana, de momento, nadie les ha felicitado por su actuación, a excepción de su entorno más cercano. Sus compañeros del centro Crossfit Zurriola han organizado un entrenamiento especial en su honor. «Nadie nos ha dicho nada. La Ertzaintza nos llamó y estuvimos tres horas con ellos. Tomaron muestras para obtener mi ADN y nos hicieron algunas preguntas. Y ya no hemos vuelto a saber nada».

Los agentes al frente de la investigación se interesaron, entre otras cuestiones, por conocer si durante el trayecto desde el Boulevard hasta el contenedor, los dos amigos se cruzaron con alguna persona que pudo haber despertado sus sospechas. «No vimos a nadie. Estábamos los dos solos. Nadie se asomó a las ventanas cuando empezamos a dar voces pidiendo ayuda. Algunos dijeron que un grupo de personas bajó de sus casas. Eso no es verdad. Allí estábamos únicamente Williams y yo».

Una semana después, Eneko se muestra exultante por haber podido rescatar a la pequeña. «No sabes lo contento que estoy porque esta niña tenga una nueva oportunidad para vivir. Mi destino era salvar a esa niña y estoy muy orgulloso de haberlo hecho».

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