Diario Vasco
A sus 45 años prefiere ocultar su rostro y no posar para la foto.
A sus 45 años prefiere ocultar su rostro y no posar para la foto. / MICHELENA

«Estabamos en la calle, sentía su mirada y ya sabía lo que me esperaba al llegar a casa»

  • Después de 16 años de golpes delante de sus hijos, esta guipuzcoana relata su dolor

  • «Lo que más me asombra ahora es cómo pude defenderle, mentir a mi familia cuando me preguntaban a ver si me pegaba»

Tres años con el papel del divorcio en un cajón, 16 juicios en los que temía cruzarse la palabra con el que fuera su pareja, muchas horas de tratamiento psicológico para ella y para sus dos hijos y 16 años de malos tratos, de «eres una puta», de perdones y de miedo. Tanto que, con 45 años, todavía prefiere no decir su nombre real ni posar para el fotógrafo, aunque sí cuenta la pesadilla vivida, ahora que ha pasado.

Y eso que se las prometía felices, como tantas otras guipuzcoanas, cuando se casó con 25 años con un novio que, alguien le advirtió, «es un lobo con piel de cordero». «Bueno», pensó, «cosas que dice la gente». Se quedó embarazada y lo que era un motivo de alegría se convirtió en el principio de un mal sueño. «Empezó a tener celos de mi familia, de que la gente se ocupara de mí, de que me hicieran caso, de que preguntaran por el futuro bebé. Todo le parecía mal, así que, poco a poco me apartó de mis padres, de mis amigas... Me quedé aislada, pero cada vez que recuerdo todo aquello lo que me sigue sorprendiendo es que yo le defendía y eso que no soy una mujer sin carácter ni tampoco de las que se dejan pisotear... No sé lo que pasa, pero te metes en un círculo que te envuelve».

Ella le tenía que pedir permiso para salir a la calle. Quedar con una amiga para charlar un rato se convirtió en una tortura psicológica porque el móvil sonaba cada cinco minutos para saber con quién estaba. Pero ella, nuestra guipuzcoana, seguía aguantando lo que, en principio, era un maltrato psíquico.

Los celos de él se acrecentaron y ella empezó a interpretar sus miradas y a saber lo que le esperaba cuando llegara a casa. Porque la pareja podía estar tranquilamente con unos amigos en la calle pero, de repente, sentía cómo clavaba sus ojos en ella. «Los demás no se daban cuenta, pero yo ya empezaba a temblar. Luego me decía que si había mirado a un chico, que si me había reído de no se qué...» ¿Cómo acababan las cosas? Él la agarraba del cuello y la apretaba contra la pared, como si quisiera axfisiarla. «A veces parecía que iba a conseguirlo y entonces me soltaba y me pedía perdón, me juraba que iba a cambiar, que no pasaría de nuevo».

El tiempo pasaba, nació una niña, y las cosas seguían como siempre. Él es originario de un pueblo fuera de Euskadi, lugar al que iban a pasar el verano. Muy cerca está la localidad de origen de la madre de ella, pero nunca le dejaba que se acercara a comer o a hacer una visita en un nuevo intento de aislarla de su familia. «Es que si vas allí vete a saber con quién hablas y de qué» le decía.

Estalla 'la bomba'

Pese al aislamiento al que la tenía sometida, pese a la falta de relación con otras personas que pudieran provocarle los celos, en la vida de la pareja no faltaban las bofetadas, los agarrones del cuello o los tirones de pelo, casi siempre delante de los niños. Tampoco las preguntas de su familia, esos «hija, pero qué pasa», «hija, ¿te pega?» que ella negaba. «Les mentía, estaba asustada.. También daba patadas al niño, enroscado en el suelo de la cocina. No sabía qué hacer. Con la niña empezaban las amenazas, los gritos... Y yo ocultándolo todo».

Un día estalló la bomba, como ella denomina a aquella situación. Una comida familiar les reunió en una de esas celebraciones que ella temía, primero «porque siempre la montaba por la razón que fuera» y segundo, porque las consecuencias eran una vuelta a casa que le era bien conocida. «Pero aquel día la bronca fue a más e incluso intentó pegar a mi hermano. Ese día decidí que ya no volvería a casa ni a estar con él. Me quedé en casa de mis padres y por fin les dije la verdad».

Pero su maltratador no tenía pensado dejarla en paz y le dijo que iba a denunciarla por abandono de hogar y que perdería a sus hijos. Ella nunca había acudido ni a una comisaría ni a los servicios sociales y sus padres acababan de enterarse de que vivía una situación mucho peor de lo que imaginaban.

Así que, desconocedora de que el artículo legal con el que la amenazaba ya no existía, volvió a su casa a pasar lo que califica como «los 17 días más duros de mi vida». Porque la barra libre de violencia ya se había abierto, porque procuraba que los niños estuvieran delante cuando le pegaba, porque llegó a encerrarla en el balcón donde le dio un ataque de ansiedad... No podía salir de casa y veía la calle «llena de vida», desde el cristal de la ventana. Por fin decidió quitarle el móvil, que más que un instrumento de comunicación era para ella una garantía de seguridad. Ella se negó a dárselo y tras un forcejeo consiguió llegar a la puerta de la calle, cruzarla y refugiarse en casa de los vecinos, que estaban oyendo todo lo que ocurría y que la acogieron a toda prisa.

Luces y sombras

Él abandonó la casa «para ir al gimnasio como hacía siempre» y ella se fue al hospital con sus moratones y su cuello dolorido. «En Urgencias se portaron muy bien conmigo y me dijeron que o denunciaba yo o lo hacían ellos. Me tuvieron en el cuarto de las enfermeras, dejaban entrar a un familiar para que me acompañase. Me tenían protegida. Hasta que llegaron agentes de la Ertzaintza que también fueron muy amables». Era la parte de luz institucional que iba a encontrarse durante el largo camino hacia la libertad definitiva. Porque en el juicio rápido, la magistrada calificó lo ocurrido de regañina familiar y le dijo que volviera a casa. «Fue una ertzaina la que me tranquilizó cuando vio que empezaba a temblar y me dijo que nadie me iba a obligar a hacerlo».

Con su hija pequeña se fue a casa de sus padres consciente de que no había retorno y el mayor, «presionado y amenazado por su padre», se quedó con éste durante un mes. Luego lo abandonó para vivir con su madre y su hermana. Nunca le ha denunciado por los golpes que le propinaba, pero tampoco ha querido volver a verlo. Los ataques de ansiedad que sufría la pequeña cuando, por orden judicial, debía acercarse al Punto de Encuentro, propiciaron que los psicólogos apartaran a la niña de esas visitas que él reclamaba.

La atención de los profesionales de la Diputación guipuzcona fue fundamental para ella y para sus hijos. «Los tres tuvimos que ir a terapia porque llegamos hasta ellos mal, muy mal. Necesitábamos ayuda y la tuvimos aunque siempre hemos contado con el apoyo de mi familia. Ahora nos seguimos juntando un grupo de mujeres de la comarca que pasamos en su momento por la misma situación y me viene muy bien. Suerte que hoy hemos quedado».

Porque recordar los 16 años de maltrato han hecho que la voz firme de esta mujer se apague un poco. Destaca el inmenso trabajo de los psicólogos forales a la vez que mira con recelo al mundo judicial que zanjó sus 16 años de miedo, dolor y pesadilla con 280 euros de multa, 18 meses de cárcel y seis años de alejamiento. En el juicio por una segunda paliza se le propuso aceptar un trato por el que se incrementaba el alejamiento nueve años más en vez de añadir doce meses de cárcel. Pasa 75 euros de manutención por cada hijo y ha llegado a amenazar al padre de ella, más allá de llamarla puta cada vez que se han cruzado en un juicio, pese a que nunca se queda sola. Nunca se ha arrepentido, ni siquiera ha reconocido que ella le dejó por el maltrato.

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