Diario Vasco

«Le quiero aunque no le llame aita»

Aitor ha criado a Ainara, ya mayor de edad, y a su hermana Maritxu, que sigue acogida en su hogar.
Aitor ha criado a Ainara, ya mayor de edad, y a su hermana Maritxu, que sigue acogida en su hogar. / USOZ
  • La reunión anual de las familias de acogida de Gipuzkoa demostró ayer el vínculo de cariño que se crea y recordó la necesidad de que haya más hogares voluntarios

  • El acogimiento familiar unió a Aitor con Ainara y Maritxu, a las que ha criado

Las familias de acogida siempre dan una lección de solidaridad y cariño, y obligan a aprender también parentescos particulares. Aitor Iruretagoiena no es el padre biológico de Ainara y Maritxu, dos hermanas a las que ha criado desde hace ocho años en su casa de Aia. Tampoco le gusta definirse como padre de acogida. «Es que la palabra padre se me hace rara. Porque padre ya tienen uno, el biológico. Yo soy su referente. Me llaman simplemente por mi nombre, Aitor». Ainara y Maritxu continúan con las explicaciones. «A mí no me sale llamarle padre, le quiero, pero no le llamo aita», dice Maritxu, que tiene 17 años y estudia segundo de Bachiller. «Pero le queremos de todas las formas», sonríe Ainara antes de darle un 'achuchón' a Aitor. «Acogerlas ha sido lo más bonito y lo más duro que he hecho en mi vida. Siempre estoy de campaña para que otras familias den el paso», animaba ayer en la reunión que celebran cada año estos hogares voluntarios que se hacen cargo de menores tutelados por la Diputación.

La cita era en el Hotel NH Aranzazu Collection de Donostia, cuyo hall se convirtió en un remolino de abrazos y saludos a primera hora. Las familias de acogida forman, a su vez, una gran familia que comparte preocupaciones y esperanzas, consejos y experiencias. Ayer, además, recibieron el agradecimiento de la institución foral, que acompaña en el día a día a estos hogares pero aprovecha el encuentro anual para hacer un reconocimiento público de la labor altruista que permite que estos niños y niñas pueden vivir en una familia en lugar de en un piso de acogida.

350 menores reciben esos «abrazos de carne y hueso», que es el título de la campaña lanzada en octubre para captar más familias voluntarias. «Todavía hay 60 niñas y niños y adolescentes a la espera de una familia de acogida», recordó la diputada de Políticas Sociales, Maite Peña. La campaña está teniendo buena respuesta, especialmente a través de las redes sociales donde se ha difundido un vídeo (www.abrazosdecarneyhueso.eus), pero «tener llamadas pidiendo información no quiere decir que luego esas familias vayan a dar el paso necesario», admitió Peña, que insistió en el compromiso de la Diputación por este modelo. «Prácticamente todos los niños y niñas menores de seis años que están bajo la tutela de la Diputación están en una familia de acogida». Otros 310 viven en pisos, un recurso donde reciben una atención de calidad pero que no llega a suplir el calor de un hogar.

«No es lo mismo -certifica Maritxu-. Es verdad que en el piso conoces a otros niños que están en la misma situación y eso te ayuda algo a no sentirte la única a la que le ha tocado vivir eso», cuenta con serenidad y una madurez que tuvo que desarrollar mucho antes que el resto de chavalas de su edad. «Pero una familia es una familia. En un hogar ganas mucha seguridad», apoya su hermana Ainara, de 23 años y que vive independizada con su pareja desde los 19. «Y es otro tipo de cariño», apostilla la pequeña. Y las dos coinciden en el mismo mensaje. «Que la gente acoja, que tengan miedo es normal, pero es lo mejor».

Aitor mira a 'sus' niñas con orgullo. «Es tiempo y paciencia. Y aprender a intentar ponerte en su lugar, porque hay comportamientos que no entiendes, y por mucho que lo intentes no has pasado las vivencias que ellas han tenido y que les han marcado». La figura del acogimiento familiar la conoció a través de un conocido y respondió a las expectativas de hogar que quería formar. «No tengo hijos biológicos y cuando inicié el proceso de acogimiento tampoco tenía pareja. Soy familia monoparental, como se llama ahora. Nunca he tenido el sentido de propiedad de un hijo o de una persona, así que me pareció que esta figura podía encajar en lo que estaba buscando: ayudar a un menor y formar un hogar».

La acogida urgente

El acogimiento familiar no es el primer paso de una adopción, si bien lo cierto es que la mayoría de los niños pasarán años en esos hogares, algunos hasta la mayoría de edad, con visitas de su familia biológica siempre que sea lo recomendado por los servicios sociales. Pero también se necesitan casas que abran sus puertas de urgencia, como la de Jaione Unanue, Xabier Urain y su hija June, de 16 años. «Con ella es tener una ONG en casa, así que nos decidimos a acoger», explica Jaione, mientras su hija le hace carantoñas a un bebé que acogieron con solo cuatro días y que ahora ya tiene cinco meses.

La acogida urgente se prolonga durante un máximo de seis o siete meses, hasta que se localiza a una familia provisional o permanente, en función de si el regreso con los padres biológicos es posible. Jaione no esconde «lo duro que se hace la separación, sobre todo cuando es un niño algo mayor, que habla y te coge cariño», aun a sabiendas de que es el modelo de acogimiento que ellos han elegido. «Tenemos dos hijos ya criados y queríamos ayudar, pero no a través de un acogimiento permanente, así que nos pareció que esta fórmula era la que mejor se adecuada a nuestras posibilidades», explica Jaione. «Al final es hacer una labor que también es necesaria. Nos quedamos con lo bueno», apoya Xabier. June tampoco da un paso atrás. «Queremos ayudar a estos niños».

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