Diario Vasco

El expediente X donostiarra

El expediente 710223 contiene tres dibujos realizados por un guardia civil de Monistrol de Montserrat en el que describe cómo era el objeto que cruzó el norte de la península para caer junto al pesquero donostiarra.
El expediente 710223 contiene tres dibujos realizados por un guardia civil de Monistrol de Montserrat en el que describe cómo era el objeto que cruzó el norte de la península para caer junto al pesquero donostiarra. / DEFENSA
  • El susto de un pesquero figura entre los informes sobre ovnis desclasificados por Defensa

  • Faenaba a 25 millas de la costa cuando una especie de «avión grande y color plata» se estrelló contra el agua. Según el Ejército, fue un cohete experimental

Ocurrió el 23 de febrero de 1971 en el Cantábrico, a 25 millas de San Sebastián. Un escrito enviado por la Comandancia Militar de Marina a la jefatura del sector aéreo de las Vascongadas resume el testimonio del patrón de un pesquero de Donostia que ese día, a las 19.00 horas, faenaba en la zona. «Vio un avión grande, color plata, reactor, con estilete en su proa, que incendiado cayó al mar a unos doscientos metros del pesquero. Se acercó al lugar de la caída, viendo un cerco de fuego, que desapareció pronto, no encontrando objeto alguno».

El fenómeno no solo fue visto por la tripulación del barco. En todo el norte de la península numerosas personas contemplaron asombradas «un objeto luminoso» que hacia las 19.00 horas cruzaba el cielo en dirección norte. «Es algo que ha sido observado por muchísima gente y que ha motivado múltiples comentarios. En algunos casos la fantasía da visos de irrealidad a los hechos, pero hay algo en que todo el mundo coincide y es en la forma de abanico de la estela que el objeto dejaba tras de sí», afirmó el abad de Montserrat, uno de los testigos que declararon ante los investigadores del Ejército del Aire.

El extraño suceso y los testimonios de personas que lo vieron quedaron recogidos en el expediente 710223 del Ministerio de Defensa, que permaneció oculto 22 años, hasta que en 1993 quedó desclasificado y pudo ser accesible para los investigadores. Ha sido ahora cuando ha tenido un segundo renacer gracias a la decisión del Gobierno de ponerlo a disposición del público en general a través de internet.

En la Biblioteca Virtual de Defensa se pueden consultar ochenta expedientes de avistamientos de fenómenos extraños, también conocidos como 'Expedientes OVNI', que tuvieron lugar dentro del espacio aéreo español entre los años 1962 y 1995. Son cerca de 1.900 páginas en las que se recogen datos aportados tanto por personal del Ejército del Aire como por testigos civiles, además del lugar del avistamiento, las consideraciones y las conclusiones.

La lectura de tanta información produce un cierto desencanto. Después de tantos años escuchando historias sobre expedientes clasificados y el secretismo del Ejército, al parecer siempre empeñado en ocultar pruebas sobre la existencia de naves extraterrestres, los avistamientos que han permanecido clasificados tanto tiempo tienen orígenes mucho más prosaicos que una visita de los marcianos.

Es lo que ocurre con el expediente 710223. En sus conclusiones, el oficial de inteligencia del Mando Operativo Aéreo encargado de redactarlas recuerda que «el suceso observado en la zona norte de España fue idéntico al visto en la zona centro y sur de Francia y al norte de Italia». Recuerda también que el fenómeno coincidió con «el lanzamiento desde el Centre d´Essais de Biscarrosse, en Landes, de un cohete 'Tibere', dentro de los experimentos de la operación 'Electra'» destinados a «estudiar las perturbaciones que afectan a las comunicaciones radioeléctricas en el curso de la reentrada de los cohetes en la atmósfera». Lo que cayó a doscientos metros del pesquero donostiarra fue un cohete.

Los expedientes solo recogen casos documentados por el Ejército del Aire, y de esos solo hay uno en Gipuzkoa, lo que no significa que no haya habido más avistamientos. Uno del que se tiene información detallada es el que se produjo el 6 de diciembre de 1954 en Gaintzurizketa. Ese día un joven de Errenteria que se dirigía en bicicleta a trabajar vio a la altura del caserío Loidi-Berri un objeto resplandeciente que llegaba del mar. Según explica el ufólogo Vicente Ballester Olmos -que es de los serios, de los que buscan las causas-, las informaciones periodísticas de entonces indicaban que el ovni «llevaba una potente luz que poco a poco fue perdiendo intensidad» y se apagó cuando aterrizó a pocos metros. El artefacto tenía «unos 2,5 metros diámetro por uno de altura, un amplio faro en uno de sus bordes laterales y grandes aletas superpuestas desde la base hacia arriba»

El testigo siguió su camino. Cuando volvió, el aparato ya no estaba allí y en su lugar «se veía algo que parecían pisadas, como de 16 centímetros de longitud». Encontró además un muelle de acero y algunas piezas curvas metálicas cuya forma recordaba a «una olla a presión explotada», lo que no concuerda con la elevada tecnología que se le supone a una nave interestelar. También en Gaintzurizketa, el 3 de enero de 1955, dos cazadores vieron «una cosa redonda» que descendía del cielo y que más tarde describieron como un globo rojo de dos o tres metros de diámetro.

La Guerra Fría

¿Cuál es la explicación? Por aquellas fechas hubo numerosos avistamientos de este tipo en España. Y también por aquellas fechas, en plena Guerra Fría, desde bases situadas en Alemania occidental se lanzaron cerca de 600.000 globos de helio con octavillas de propaganda contra el régimen soviético. Los globos debían llegar a los países del Este, pero muchos fueron desviados por las corrientes de aire y acabaron convertidos en ovnis inquietantes y enigmáticos.

Es un argumento lógico y documentado, pero no todo el mundo lo cree. «Nunca he convencido a nadie. Si hay una explicación normal y otra rara, nos quedamos con la rara», reconoce el divulgador científico Félix Ares, que durante años ha demostrado con acierto que los ovnis son imágenes que crea nuestro cerebro, ayudado por las creencias personales, las condiciones meteorológicas, el clima social y la inestimable ayuda de una miríada de expertos en platillos volantes que no dudan en calificar de naves nodrizas a hermosas nubes lenticulares, por ejemplo. «Nuestro sistema perceptual es muy complejo. Lo que vemos depende de nuestras creencias, por eso ante un mismo estímulo unos ven una virgen y otros un extraterrestre», afirma Ares.

Somos presas fáciles de la sugestión, y más si es colectiva, como sucedió en la medianoche del 10 de julio de 1985. A esa hora se recibió en la redacción de El Diario Vasco la llamada de un lector que dijo: «Aunque lo parezca, no le estoy tomando el pelo, tome nota: estoy viendo un ovni encima mío, sobre una gasolinera cerrada que se encuentra en la carretera de Urnieta».

El aviso fue trasladado a la DYA, que alertó a sus unidades móviles. En poco tiempo, y con la contagiosa ayuda de las llamadas de oyentes a las emisoras de radio, las carreteras del interior de Gipuzkoa se llenaron de ambulancias, coches particulares y vehículos policiales en persecución de un objeto no identificado que poco a poco fue tomando forma.

«Aquí la unidad móvil de Antzuola, estamos perplejos, teníais razón, hay aquí una cosa rara en el cielo, una luz que se hace grande por momentos para volverse luego pequeña», comunicaron desde una ambulancia de la DYA. «Era como una bola, un círculo que crecía y bajaba, palpitaba, incluso cambiaba de forma. En un momento dado se alejó a velocidad vertiginosa», aseguraron más tarde.

Sugestión colectiva

El círculo resultó ser el planeta Júpiter, que por esas fechas tenía un brillo superior al habitual y que empezaba a asomar por el horizonte justo a la hora en la que se descubrió el ovni. El resto de los fenómenos extraños, como los cambios de posición, forma o tamaño, se debieron a ilusiones provocadas por nubes, curvas de la carretera y el movimiento de los coches en los que se desplazaban los perseguidores. La frenética persecución nocturna acabó a las cinco de la mañana, cuando Júpiter fue perdiendo brillo a medida que llegaba el amanecer.

Que la sugestión colectiva obra maravillas se pudo comprobar en Irun el 4 de enero de 1979. Esa noche cientos de iruneses contemplaron con estupor a un ovni en los alrededores de Peñas de Aia. Muchos vieron cómo aterrizaba el aparato, otros observaron luces que se movían y cambiaban de color y unos pocos aseguraron que habían divisado la silueta de un extraterrestre.

En realidad, lo que tanta gente miraba eran focos de coche y flashes de cámaras fotográficas que se encendían y apagaban. La ausencia de luz -era luna nueva- volvía invisible el perfil del monte, lo que contribuía a dar la impresión de que aquello no podía ser otra cosa que un platillo volante. Sobre todo si quienes habían colocado los focos habían calentado días antes el ambiente enviando a la Prensa cartas al director y pequeños artículos en los que se informaba de avistamientos de ovnis en la zona. Fue un experimento en el que participó, entre otros, Félix Ares, y que sirvió para demostrar lo sencillo que es lograr que los extraterrestres se muestren ante nosotros.

«Un buen mito nunca muere», asegura Ares. A su juicio, la ufología se ha convertido en «una religión sin más» para millones de creyentes a los que «ninguna prueba les demostrará que están equivocados». Un caso sonado fue el de Gallarta, en Bizkaia, donde en 1977 un ebanista aseguró que entre febrero y abril de ese año había tenido varios encuentros con extraterrestres. El suceso, que figura en uno de los expedientes desclasificados por el Ministerio de Defensa, resultó ser una invención. «Hasta tenemos la firma del testigo en un documento en el que reconoce que había mentido, pero en muchas webs siguen diciendo que aquello ocurrió», dice Félix Ares.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate