Diario Vasco

«Cuando la persona adicta se rehabilita, las personas que le han acompañado enferman»

Ana Mari Martínez, donostiarra de 72 años, visibiliza la otra cara de la adicción, la de los familiares que viven con el dependiente.
Ana Mari Martínez, donostiarra de 72 años, visibiliza la otra cara de la adicción, la de los familiares que viven con el dependiente. / MICHELENA
  • Ana Mari Martínez relata su vida con un alcohólico

  • Aergi ha organizado para mañana una jornada sobre «los grandes olvidados» de las adicciones: los familiares del enfermo

Ana Mari Martínez ha arrastrado durante casi medio siglo una mochila vital «muy cargada, y posiblemente tenga aún piedras» como consecuencia de años de «coadicción, que es como se llama vivir con un alcohólico, aunque antes eso no lo sabía». Esta donostiarra se casó a los 19 años con un hombre del que «me di cuenta que bebía, pero no de que tuviese un problema». Se separó hace 8. Ahora tiene 72 y, echando la vista atrás, reconoce que ha vivido «con un antifaz negro» del que ha conseguido desprenderse gracias a la ayuda de la Asociación de Alcohólicos y Adictos en Rehabilitación de Gipuzkoa (Aergi), que ha organizado para mañana una jornada centrada en personas como Ana Mari, la otra cara de la adicción, «la que nadie, ni siquiera los propios afectados, pueden ver. Es la parte silenciosa, la gran olvidada de la dependencia».

Se estima que la media de afectados por adicto ronda entre seis y ocho personas, si se tienen en cuenta el entorno familiar, social y laboral.

Mari Carmen relata que se casó «con un alcohólico», situación que asumió con el tiempo. Lo que vio desde el principio es que él «bebía siempre», generalmente «en sociedades o después de salir de trabajar, a las 3, cuando se iba a tomar una copa y a jugar a cartas». Los sábados salían juntos a cenar con amigos. «Al final ni le dejaba conducir. Tenía que oír que era una aburrida porque no bebía. A mí después de cenar me apetecía una manzanilla, ni una copa ni nada, porque lo odio. Lo de 'con esta mujer no se puede ir a ningún sitio' era el pan nuestro de cada sábado». Él pasaba por un hombre «eufórico, simpático».

La donostiarra se convirtió en «una mosca cojonera. Cuando se levantaba al día siguiente, con la mente clara, le cantaba las cuarenta. Y él como si nada, aunque no supiera ni dónde había dejado el coche». Tuvieron dos hijos «y en vez de preocuparme si llegaban tarde, me preocupaba por el marido, por cuándo llegaría y en qué condiciones».

Ana Mari buscó refugio en el trabajo. «En exceso», confiesa. «Pensé que la depresión que me entró era por esa dedicación, pero no, luego he visto que era por la codependencia». Mientras la situación se volvía cada vez más insostenible, quiso «echarle un cable» al padre sus hijos. «Le dije que fuéramos a ver a algún profesional, pero él no asumía su condición».

El vaso se fue llenando y el sufrimiento larvado durante décadas llegó a explotar, con un asunto económico como detonante, hasta desembocar en la separación. «El jarrón llevaba roto desde hace muchos años», cuenta Mari Carmen, quien creyó que con el divorcio «se acabaría todo». Pero no.

Se desestabilizan

El presidente de Aergi, Josean Fernández, explica que en estos casos cada miembro «va adoptando una serie de roles tratando de reequilibrar la estabilidad del núcleo familiar que se ve mermada por el proceso degenerativo de alguno de sus miembros». Pero una vez la persona adicta se recupera, estos allegados «pierden su sitio y se desestabilizan. Es lo tremendo, que cuando la familia busca ayuda para la persona adicta nunca se plantean que ellos también pueden necesitarla, y una vez arreglado el problema del adicto empiezan a salir todas las carencias. Cuando una persona adicta se rehabilita, la persona codependiente más directa enferma. Los adictos desarrollamos tolerancia a la sustancia, y ellos, la tolerancia al sufrimiento. Y cuando les falta el eje del sufrimiento, caen», añade Fernández.

La secretaria de Aergi, Yolanda Anguera, explica que, en distintos grados de intensidad, estos familiares pueden padecer «baja autoestima, angustia, ansiedad, depresión, ira incontrolable, temor al abandono, déficit en la toma de decisiones, incapacidad autocrítica descontrol de impulsos o sentimientos de culpa, entre otros».

El caso de Mari Carmen es «atípico», porque fue a través de otro familiar de segundo grado, que cayó en el alcoholismo, cómo a los tres años de separarse acabó tocando la puerta de Aergi, que tiene su sede en Lasarte-Oria. Al principio se asesoró telefónicamente, porque su familiar «no asumía su problema y no quería ir», y acabaron acudiendo a terapia. «En Aergi me siento arropada, ha supuesto un cambio de rumbo en mi vida».

Anguera explica que en Aergi siempre han apostado «por la involucración de la familia, es algo crucial». De ello hablarán en la jornada de mañana los responsables de la asociación, que contarán como ponentes con Francisco Pascual, médico experto en adicciones y presidente de socidrogalcohol, y a Mireia Pascual, directora de la revista especializada en adicciones 'inDependientes'. Las charlas comenzarán a las 19.00 horas en el salón de plenos del Ayuntamiento y la entrada es libre hasta completar aforo.

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