Diario Vasco

Seiscientos menores reciben ayuda psicológica en centros forales apartados de su familia

Uno de los pisos forales en los que se acoge a menores con problemas.
Uno de los pisos forales en los que se acoge a menores con problemas. / MIKEL FRAILE
  • Expertos debaten sobre cómo abordar educación y terapia entre estos adolescentes de todos los estratos sociales que no quieren ser ayudados

Un encantador niño de tres años se tira al suelo pataleando porque quiere un caramelo. Golpes en el suelo, hipidos, lágrimas... Su padre acaba de llegar de trabajar, le duele la cabeza y decide darle al pequeño el dulce exigido aunque es ya la hora de comer. El camino desde esta casqueta si no se consigue atajarla sin ceder hasta un centro de acogimiento para adolescentes con problemas de conducta es muy largo, pero más habitual de lo que pudiera pensarse. En estos momentos hay 600 menores que reciben ayuda psicológica en los pisos y centros que la Diputación guipuzcoana tiene repartidos por el territorio. Casi 200 más se encuentran en lo que se llaman centros de justicia juvenil, el lugar que acoge a los menores por orden del juez.

La Facultad de Psicología de la UPV/EHU es desde ayer y durante todo el día de hoy la sede de unas jornadas que buscan cómo derribar el muro que separa a los educadores de aquellos chicos y chicas que deben ser tratados fuera de su familia porque no pueden vivir con ellos. «Es la gran dificultad con la que nos encontramos en nuestro trabajo, porque intentamos ayudar a personas que no quieren ser ayudadas», explica Josema Requena, asesor pedagógico del Instituto de Reintegración Social de Euskadi, entidad gestora de una gran parte de estos centros, dedicados sobre todo a los adolescentes, y organizadores de estas jornadas.

«La idea era concentrar a expertos y compartir experiencias para mejorar». Por eso, las 240 personas que participan en este 'Abordaje educativo y terapéutico en contextos de involuntariedad' han tratado de trastornos psiquiátricos, de la intervención precoz con el adolescente, la oportunidad de la inclusión educativa, la terapia familiar con clientes involuntarios o las terapias que están experimentando mejores resultados.

Porque no es fácil. Lo reconoce también otro miembro de este instituto, Juan Carlos Romero, director de centros especializados de la Diputación guipuzcoana. Romero coincide con Requena en que se incrementan los casos que tienen más que ver con problemas de comunicación y convivencia que con patologías de los chavales. Tampoco se puede mirar solo a familias desestructuradas, porque estas situaciones se producen en cualquier estrato social.

La experiencia de Juan Carlos Romero le dice que los casos de negligencia parental severa han existido siempre. Abusos, malos tratos y desamparo no son fenómenos actuales y, además con el tiempo su número se ha estabilizado e incluso ha descendido ligeramente.

«Lo que aumenta de forma exponencial y que desborda a las instituciones es lo que se llama 'hijos mal educados', lo que nosotros denominamos 'jóvenes que entran en conflicto severo con el mundo adulto'. Son chavales de doce o trece años que con la eclosión de la adolescencia entran en conflicto con su familia».

Y que a veces pueden ser peligrosos para ellos o para su entorno. Porque hay casos en los que el tratamiento a los menores, incluidos niños muy pequeños, se puede hacer en los domicilios familiares, buscando siempre que todos los componentes puedan convivir. «Pero hay veces en las que es necesario separarles, siempre con el objetivo de que puedan volver a unirse, algo que no siempre no es posible. Son casos en el que los chavales ponen en peligro su propia integridad y la de quienes les rodean, el caso de la chica de doce años que ha muerto de coma etílico puede ser uno de ellos». Los hijos lo viven como un castigo. Los padres como un fracaso. «Hay veces que, a pesar de ese dolor, ambas partes lo viven como un momento liberador aunque no les guste y aunque siempre quieran volver a su casa».

Unos lo conseguirán en apenas cinco o seis meses. Otros no volverán nunca y deberán aprender a ser independientes. Algunos pasarán sus días en la acogida casi desde esa primera casqueta infantil.

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