Diario Vasco

Una residencia para vivir

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Enrique Antequera, de Sevilla, suele pasar largos ratos en una silla en el pasillo donde llega la cobertura wifi y puede hablar por whatsapp con su familia. / LOBO ALTUNA

  • La 'vecina' más joven tiene 67 años; la más anciana, 101. Conviven en el centro Zorroaga

  • La visita enfrenta a la realidad de la vejez y a la pérdida de facultades, y descubre historias alejadas del estereotipo de la atención residencial

Enrique Antequera podría confundirse con cualquier señor mayor que se pasa las horas sentado en una silla en la esquina de un pasillo de una residencia de ancianos, junto a su andador, simplemente estando. Pero enseguida se entiende el lapsus y el contraste despierta la sonrisa. Con la espalda encorvada, sus dedos escuálidos se mueven con agilidad adolescente por el teclado de una tablet que le ha decorado su nieta de seis años. «Estoy 'guaseando' con la familia. Aquí es donde mejor llega la conexión wifi», desvela este sevillano de «82 años y medio» con buena memoria y aire de bohemio intelectual, una imagen atípica y probablemente no representativa del perfil que puebla los geriátricos.

La realidad es que, aunque no son un grupo homogéneo, casi todas las más de 5.000 personas que viven en estos momentos en residencias en Gipuzkoa sufren un alto nivel de dependencia. Su atención plantea un reto con muchas caras: familiar, laboral, social y económico. En Zorroaga (Donostia), conviven 302 residentes, de los cuales 67 son autónomos, como Enrique. Hay además otras 50 personas que acuden al centro de día, y otras veinte que ocupan alguno de los apartamentos para mayores sin dependencia, una especie de 'apartahoteles' donde vivir una vejez con los cuidados garantizados. El resto son dependientes, desde personas que físicamente ya no se valen por si solas o residentes con demencias que tienen que llevar una pulsera identificatoria conectada a un sistema de alarmas porque pueden salir del edificio y perderse.

Los responsables de Zorroaga describen el inmenso complejo como «una ciudad con sus barrios», por los nombres que identifican a cada zona (Egia, Loiola, Amara), una referencia más sencilla para orientar a los mayores que hablar de primera o segunda planta. En esa «ciudad» trabajan cerca de 250 personas, entre personal fijo y subcontratado.

Poner un pie en una residencia es mirar al espejo de la vejez, el que conlleva una pérdida de las facultades físicas y mentales, el que se asoma a la muerte pero, paradójicamente, también a una mejor calidad de vida para quienes ya no podían recibir los cuidados suficientes en sus casas.

Ixabel encarna la revolución del envejecimiento. Tiene 101 años y es una de las últimas recién llegadas a su «nueva casa». Le da la bienvenida Agustín Jiménez, responsable del programa de ocio y actividades del centro, «el rey del mambo», como luego le definirá con socarronería María Ixabel Urdanpilleta, otra residente. La Ixabel que ha superado el siglo de vida conserva la cabeza en su sitio. Se desplaza con la ayuda de un bastón y en solo una semana ya se ha familiarizado con la estancia. Cuenta en euskera que nació en Ituren, pero que lleva toda la vida en la calle Euskal Herria de la Parte Vieja donostiarra. «Me ha costado dejar mi casa, pero es lo mejor para mí y para mis hijos», resume con ojos vidriosos.

La lucha de Maite

Maite Collantes Iruretagoiena reconoce que la decisión también le costó unas cuantas lágrimas. «Al principio lloré, pensaba que me iba a un asilo. Pero ahora estoy encantada», dice sin melancolías y una dosis de realidad. Su historia refleja la lucha por seguir viviendo. «A muchos nos da vida». Tiene 67 años y lleva ya casi tres en el centro, en una habitación individual en el barrio La Perla. «Es como si fuera mi casa», afirma. Su enfermedad aceleró una decisión complicada. Le detectaron un fallo renal que le obliga a someterse a diálisis tres horas por semana. Lleva tres años de espera para un trasplante de riñón. «Necesitaba cuidados, y aquí los tengo». Entra y sale cuando le apetece con la seguridad de que si sufre alguna complicación tendrá una respuesta inmediata. La convivencia con los residentes de mucho más edad y deterioro cognitivo le resulta lo más duro. «Mis libros son mi refugio».

Enrique Antequera sigue sentado en su silla, conectado a la vida exterior. Enseguida saca el orgullo de abuelo. «Mi nieta tiene seis años y es medio francesa», cuenta para explicar la razón de que la funda de la tablet tenga pintada la bandera tricolor. «Mi hijo me animó y me dijo: 'Papá, tú eres inteligente, aprenderás. En mi vida había tenido móvil», y ahí está ahora completamente modernizado, un signo de los nuevos tiempos que también se cuelan en las residencias.

Lo raro en una residencia son personas como Enrique y lo más normal es encontrarse con historias como la de Prudencia, riojana vecina de Errenteria que lleva tres años y medio en Zorroaga. «Tiene alzhéimer», cuenta su hija, Koro Juárez, que no puede evitar emocionarse al recordar cuándo tomaron la decisión de solicitar una plaza. «El diagnóstico llegó antes de la muerte del aita. Y para entonces ya había una persona cuidándoles. Era una joya. Pero llegó un momento en que esa atención tenía que ser las 24 horas y...». El recurso a una residencia arrastra muchos fantasmas y se sigue viendo como la última alternativa. «Fue duro, pero no quedó otra». Es la experiencia la que ha ido borrando sus miedos. «Ahora es una tranquilidad saber que mi madre está bien cuidada».

Personas como Joaquín Gutiérrez 'Guti' marcan la diferencia. Mano derecha de Agustín, le ayuda en todos los jardines en los que se meten: la organización de un cross, un concurso de pintxos o para abrir la iglesia. La mala salud le ha castigado y respira con ayuda de una bombona de oxígeno. Acaba de ser intervenido del corazón. Pero no para. «Si me paro, me muero», dice este exjugador de rugby del Atlético San Sebastián. Su vía de escape es un pequeño taller en el sótano de la residencia donde pasa horas. Enmarca fotos o hace pulseras. «Luego se las regalo a los niños que vienen».

Un 'joven' que ayuda al resto

Enriqueta Sarriguren tiene hasta «mayordomo», como le llama con guasa a Javier Otegui, un residente de 76 años que decidió dejar su casa cuando se quedó solo y ahora acompaña a otros 'vecinos', una labor con la que se siente «útil». Empuja la silla de Enriqueta, una señora centenaria, sin hijos, a quien han venido a visitar sus sobrinos de Tafalla, Antonio González y Milagros Pernau. Enriqueta, nacida en Mendigorria, llegó con diez años a Donostia junto a sus padres y sus seis hermanos. «Las cinco chicas eran planchadoras del Hotel Londres y del María Cristina. Les llevaban los puños y los cuellos de las camisas, que entonces se planchaban y almidonaban», recuerda con cariño su sobrino. «No es que me vayas a sacar guapa, es que soy guapa», bromea de repente Enriqueta cuando el fotógrafo le retrata y asoma el garbo de aquella mujer trabajadora que un día fue.

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