Diario Vasco

«Me daban ya por muerto, pero sigo vivo gracias a esta casa y su gente»

Manu Riancho, junto a su perra, un ejemplar de pastor alemán llamado 'Golfa', a las puertas de Villa Betania, donde vivió más de dos años.
Manu Riancho, junto a su perra, un ejemplar de pastor alemán llamado 'Golfa', a las puertas de Villa Betania, donde vivió más de dos años. / FOTOGRAFÍAS LUIS MICHELENA
  • El errenteriarra Manu Riancho es una de las personas con VIH que ha pasado por Villa Betania a lo largo de sus 25 años de historia y ha logrado rehacer su vida

El destino de Manu Riancho dio un giro inesperado hace algo más de cinco años, cuando padecía la cuarta neumonía seguida en poco tiempo y, enfermo de VIH, veía cómo sus fuerzas se iban agotando a pasos agigantados. Su existencia tocaba fondo y, postrado en una cama de hospital, aguardaba el fatal desenlace. «Llevaba diez días a base de morfina para morir tranquilo. Pero, por suerte, caí aquí», recuerda emocionado este errenteriarra, que en la actualidad cuenta con 53 años de edad.

Manu se instaló en Villa Betania, un centro que, gestionado por Cáritas Gipuzkoa y situado en el barrio donostiarra de Loiola, se define como un hogar de acogida para personas con VIH que carecen de recursos económicos y apoyos sociales y familiares. Fue su médico en el hospital quien medió para que se produjera el traslado. «Él también atendía esta casa, habló con la directora y ella misma me fue a buscar en una furgoneta. Cuando me ve, aún me suele decir: «Yo a ti te he visto más muerto que vivo». Y es verdad. Llegué, además, con una rodilla rota por una caída y a los meses, también se dieron cuenta de que tenía una fisura en la cadera», señala, mientras hace memoria de cómo era entonces su existencia.

«Uf... Estaba de okupa en una chabola en Errenteria, al lado de un río. No tenía ni luz ni agua ni nada. En Villa Betania me han dado todo a nivel de ayuda», comenta, siguiendo con la mirada a su fiel compañera, 'Golfa', un ejemplar de pastor alemán que era su única pertenencia cuando llegó a Villa Betania. «Y aquí estuvo conmigo. Le compraron una caseta y se tiró veinte días ladrando hasta que conseguimos que durmiera dentro», bromea.

Su salud fue mejorando semana tras semana, aunque necesitó «dos años largos», como él mismo subraya, para poder abandonar el centro. No fue fácil. «No, porque hay que estar dos años conviviendo con nueve personas que no están capacitadas ni siquiera para mantener una conversación lógica contigo. Para mí, ese fue mi mayor problema, el permanecer aquí tanto tiempo y no poder hablar con nadie, excepto con la directora y una auxiliar. Me metí en la cabeza que tenía que aguantar dos años y me lo repetía a mí mismo: dos años, dos años... Porque si no, hubiera sido muy difícil continuar», admite.

Las dificultades se hicieron más llevaderas cuando, pasados cinco meses de su ingreso, comenzó a colaborar en las tareas de la casa. «Conducía la furgoneta para llevar cosas a un lado y a otro. Eso también me dio mucha vida», afirma.

Desde hace tres años, Manu vive en un piso alquilado en el barrio de Egia junto a su inseparable 'Golfa'. Se encuentra en paro, cobra la RGI y destina parte de su tiempo a ayudar a quienes en la actualidad atraviesan una situación muy similar a la que él vivió. Es su modo de saldar una deuda contraída con aquellos que le brindaron una segunda oportunidad.

«Me daban ya por muerto y sigo vivo gracias a esta casa y su gente. Continúo viniendo después de tres años para ayudar en lo que haga falta, en la huerta, de voluntario, a salir con los chicos de vez en cuando... No soy creyente, pero te puedo asegurar que aquí se habla con Dios todos los días. Ayer mismo se lo decía a la directora, Mari Carmen Cabello: 'esta casa tiene algo y cuando subo por ahí, por esa cuesta, noto que está tocada'», explica.

A su juicio, lo «más especial» de Villa Betania son las personas que trabajan en ella. «Las monjas se están dejando la vida aquí y te lo dice alguien que siempre ha sido un anticlero. Todos trabajan mucho. La pena es que no se conoce lo que hacen ni tampoco que existe este lugar. Ni siquiera las ambulancias sabían llegar a aquí cuando las llamábamos», se lamenta.

El «gran reto» viene después

Villa Betania está regentada por cuatro religiosas pertenecientes a la comunidad Hijas de la Caridad, incluida su directora, a las que se suman profesionales sanitarios y alrededor de una docena de voluntarios. Fue precisamente como voluntaria como llegó al centro hace cerca de quince años Carmen Alba, quien desde hace una década trabaja en Cáritas. Nadie como ella conoce el modo en que funciona esta casa, que tiene capacidad para diez personas, a las que se ofrece un servicio residencial integral.

«Así hemos querido vivir, como una casa hogar, donde los sin hogar tuvieran una referencia, unos pilares para poder darle la vuelta a su situación», declara, al tiempo que añade que todos ingresan de manera voluntaria y así es como también se van, aunque tratan de que, cuando lo hacen, sea para reinsertarse en la sociedad.

«El gran reto no está en Betania, que ya lleva 25 años en funcionamiento, sino en después de Betania, en ese querer reiniciarse, que es difícil con la edad que tienen y con la situación que hay. Cuando están en la casa, esto es su 'cárcel', así la suelen llamar cuando se quejan de que hay que cumplir con las normas; pero cuando se van de la 'cárcel', echan de menos su casa», asegura.

Alba ha sido testigo de muchos de los cambios que se han producido desde que la villa abrió sus puertas el 21 agosto de 1991, con la llegada poco después del primer enfermo, «de tapadillo para que no se supiera». Fueron años «duros y de mucho sufrimiento», en los que a las manifestaciones por el rechazo inicial que se vivía en el barrio ante una enfermedad que apenas se conocía, se sumaba el dolor por la pérdida de casi una veintena de personas al mes.

«La relación con el barrio es muy distinta. Es cierto que ahora se nos muere uno al año, pero en distintas condiciones, con la familia a su lado. La forma de vida es más normal y la enfermedad es, hoy en día, más mental que de VIH, aunque también lo padecen», matiza.

El perfil de los residentes en el centro es, en este momento, el de mujeres y hombres, cuya edad oscila de media entre los 40 y 50 años. «Son personas con los mínimos recursos, que viven en la calle o carecen de una estructura familiar que aguante. Tienen VIH, han consumido y en la actualidad tienen un consumo bajo», apunta Carmen Alba.

En los dormitorios pintados cada uno de un color, quién sabe si para combatir el gris que se ha apoderado de sus vidas, sus moradores van dejando una tímida huella en forma de un cuadro, un peluche que reposa sobre la mesa o un despertador en forma de corazón. En las estancias comunes destaca la maqueta de un galeón que otro residente construyó en sus últimos años de vida. «Empezó a hacerla consciente de que se moría. Nos lo dejó como un legado para la casa», rememora Alba.

Por Villa Betania han pasado muchas vidas, historias y nombres. «Algunos ya se han marchado. Otros aún están por Donostia y necesitan seguir acompañados, pese a haber salido de esta casa. Es una labor difícil que no termina», apostilla.

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