Diario Vasco

El mapa de la Donostia sin techo

vídeo

Blas Blanco, Ainara García, Arantza Martínez y Marije Zelaia, el grupo que rastreó la zona centro de la ciudad, y al que se incorporó luego Jokin Ruiz. / LUSA

  • 150 voluntarios rastrearon las calles y localizaron a 44 personas durmiendo al raso

  • Julián es una de las caras detrás del informe que realiza cada dos años Kale Gorrian. Está sordo, sufre una enfermedad mental y duerme en un cajero

El mapa de Donostia que no se reparte a los turistas señala con círculos morados los lugares de visita obligatoria esta noche. Aparecen por todos los barrios. La ruta que emprenden 150 voluntarios busca la fotografía de las personas sin techo en la capital guipuzcoana, uno de los 23 municipios vascos donde ayer de madrugada se realizó el recuento bianual de este colectivo de personas.

A lo largo de cuatro horas de recorrido, divididos en grupos de entre cuatro y seis personas, peinaron todos los rincones: calles, plazas, jardines, cajeros, soportales, bancos, un recoveco en la oscuridad, cualquier lugar. 44 personas que dormían al raso fueron localizadas por este pequeño ejército compuesto por voluntarios de entidades sociales, estudiantes, trabajadores y por primera vez, concejales de todos los grupos políticos municipales, bajo la iniciativa de Kale Gorrian.

La tez ennegrecida y sucia y el pelo blanco de Julián es una de las caras detrás del informe. Se acerca la mano a la oreja para indicar que sufre una grave sordera. Lee los labios de Ainara, una de las voluntarias, y se arranca a hablar como puede. Duerme en un cajero en la zona centro y sufre una enfermedad mental. «No duermo, no sé que tengo, como temblores -enseña sus manos-. Y durante el día se me ponen como mosquitos delante. Me dicen que tengo que ir al médico. Tengo que ir», se dice a sí mismo en la conversación que mantiene con los voluntarios y que sirve para rellenar el cuestionario anónimo que se pasa a cada persona que duerme en la calle. El recuento de Kale Gorrian no es solo un censo del sinhogarismo en Euskadi.

La información da pistas valiosas sobre cómo viven estas personas, qué edad tienen, cuánto tiempo llevan viviendo en la calle, si tienen ingresos, si están enfermas o si consumen alguna droga. Un retrato válido para que luego las administraciones puedan adaptar recursos o mejorarlos, pero sobre todo para mostrar «una realidad invisible», reivindica Arantza Martínez, otra voluntaria.

20.30 horas, los consejos. El punto de encuentro es la sede de la Capitalidad en la calle Easo. Los grupos y los recorridos están perfectamente organizados. Cada barrio, en función de su extensión, se subdivide en varias zonas. Los dos recuentos anteriores, en 2012 y 2014 -hubo un primero en 2011, más informal- han servido para perfeccionar el cuestionario o resolver aspectos que ayudan, como tener tabaco a mano. «Un cigarrillo para ofrecer facilita el primer contacto», certifica José Barreiro, que trabaja en el departamento de personas sin hogar de Cáritas. Los nervios entre los principiantes se notan en forma de preguntas. «¿Y cómo les entramos? ¿Les hacemos todo el cuestionario? ¿Y si no quieren hablar?».

21.45 horas, a patear. El recuento es sobre todo horas de caminata y de charla entre un grupo de personas desconocidas entre sí. Elegimos la zona centro, la de la postal. «Hoy veremos la otra ciudad», promete Ainara García, trabajadora del Ho-tzaldi de Cáritas y voluntaria. Habla con pasión de su trabajo. «La gente te hace reflexionar y te lleva a tu propio límite», dice en otro momento de la conversación. Tiene solo 25 años, pero ya ha participado en los dos anteriores recuentos. Una veteranía que se nota y que le convierte en la guía de Marije Zelaia, concejala en Donostia y voluntaria por esa noche. Valora la juventud de la mayoría de participantes y su compromiso social.

23.00 horas, Julián. Tras más de una hora de paseo, aparece el primer «indicio», unos cartones sobre un banco. Pero no hay rastro de su dueño. «Vamos a acercarnos ahí», 'dirige' Ainara. A lo lejos se ve a un hombre sentado en otro banco. Vigila unos cartones que apoya contra un escaparate de un comercio. «¿Le importa que hablemos un rato con usted?». El hombre sonríe con la propuesta y se excusa de su sordera. Se hace entender a duras penas. Dice que lleva cuatro meses en la calle, aunque unos minutos después desliza que hace un año que también pasó por el Aterpe. Luego sabrán que es un viejo conocido de los servicios para personas sin hogar. Ese día duerme en la calle porque ya ha consumido las tres noches máximas al mes en el albergue municipal. Se cobija en un cajero. «Solo, prefiero solo, es más seguro. Hace seis meses me pegaron y me tiraron contra una pared». Es extremeño y está empadronado en Donostia. Tiene una hermana a quien no ve desde hace ocho meses, revela. «Alguna vez ha venido mi sobrino a decirme que vaya para allí, pero yo le digo que si quiere que venga ella aquí», zanja. No hace falta preguntarle demasiado para constatar que sufre graves problemas de salud. «Estoy operado cinco veces por la sordera. No duermo. Igual me despierto a las cuatro de la mañana y me pongo a andar».

Una señora a voz en grito interrumpe la charla. Está paseando a su perro yorkshire. Por detrás asoma otra vecina de edad avanzada junto a otro can. «¡No hay derecho a que haya personas durmiendo en la calle! Esto es una vergüenza. Vivo aquí y este señor nos ocupa el banco. Van a poner verjas al escaparate de la tienda para cerrarlo. A ver qué gobiernos tenemos. Esto es una vergüenza. ¿Por qué no se van a los albergues?», y sigue con una retahíla de exabruptos irreproducibles, en los que no falta una mención a Urdangarin y a la infanta Cristina, mientras Marije intenta, en vano, templar la conversación: «Precisamente intentamos ayudar a estas personas, que puedan utilizar los recursos sociales, que puedan mejorar», explica el cometido del recuento.

Julián acaricia al perro, que parece encantado con las carantoñas que le regala el desconocido, y sigue hablando al margen. Da la sensación de que no ha escuchado una palabra. Su rutina diaria incluye una parada a las siete de la mañana en un lugar donde recoge un par de barras de pan que serán su alimento principal. «Hay una señora en La Bretxa que de vez en cuando me da una cuña de queso. Buenísimo», se relame. «Las chicas de la tienda -señala al comercio junto al cajero donde suele pasar las noches- siempre me dan algo. La gente me quiere mucho». Para entonces, las dos señoras con los perros ya han entrado a su portal.

1.10 horas, a casa. El paseo nocturno del grupo termina sin más rostros que el de Julián. Jokin Ruiz, Arantza Martínez y Blas Blanco, que han peinado la otra mitad de la zona centro, sí han localizado a más personas sin techo. La cifra de esa noche ascenderá a 44. El grupo se despide con un hasta dentro de dos años, porque todos prometen repetir. «Tú te vas a tu casa, te pagan por tu trabajo y tienes familia. Y yo me quedo aquí», le soltó un buen día un usuario del Hotzaldi a Ainara y ella solo pudo darle la razón.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate