Diario Vasco

«El orfidal produce la misma dependencia que la morfina, pero nadie le tiene miedo»

Miguel Marín, en su consulta de la Unidad del Dolor de Quirónsalud.
Miguel Marín, en su consulta de la Unidad del Dolor de Quirónsalud. / LUSA
  • El anestesiólogo Miguel Marín explica hoy en Donostia los fármacos y técnicas que emplean para evitar el dolor

Lumbar, cervical, en las piernas, articulaciones, migrañas... Se estima que uno de cada cinco europeos adultos sufre dolor crónico, «una enfermedad» con un enorme impacto en la salud y calidad de vida del afectado y sus allegados. Se mire por donde mire, los costes son grandes cuando se habla de dolor persistente y severo, una situación «que puede y debe ser tratada», subraya el anestesiólogo Miguel Marín, director de la Unidad del Dolor del hospital de día Quirónsalud. Desde su consulta ayuda a estas personas a mitigar y olvidarse del dolor puntual o crónico gracias a un arsenal terapéutico que va desde el tratamiento farmacológico hasta la neuroestimulación medular, pasando por los bloqueos nerviosos o la radiofrecuencia. De todo ello hablará esta tarde en la Aulas de Salud a partir de las 19.30 horas, en la sala Kutxa de la calle Andía de Donostia, con entrada libre hasta completar aforo.

Y uno de los datos que expondrá es que el dolor explica el 80% de todas las consultas médicas, «así que su tratamiento es una responsabilidad de todos los médicos», incide. Porque hasta hace no tanto se atendía al dolor únicamente como señal de alarma. «El dolor agudo puede ser considerado un síntoma, tiene un valor biológico: si meto la mano en aceite hirviendo me duele». Se trata de un dolor que se arregla cuando se soluciona la causa. Pero luego está el dolor crónico, «que no tiene ningún valor biológico. ¿Qué ganas con que la espalda te esté doliendo a todas horas? Ya estás diagnosticado y a partir de ahí hay que tratarlo». Es lo que hacen en estas unidades que empezaron a funcionar en la década de los 60 y 70 en los Estados Unidos para tratar el dolor severo y refractario.

Marín recuerda cómo en sus inicios como experto en el manejo del dolor, en la década de los 80, atendía principalmente a pacientes oncológicos. «Entonces no había ni morfina oral». La situación ha cambiado, para bien, con el desarrollo de muchos opioides y la creación de las unidades de cuidados paliativos. Así que el perfil de las unidades del dolor se ha adaptado a los nuevos tiempos, en los que la esperanza de vida se ha alargado. Vivimos más y con dolencias asociadas a la edad, como la artrosis, e incluso sobrevivimos a politraumatismos que hace no tanto significaban la muerte. «Y ahora se sale, aunque con secuelas. Entonces, hay dolores crónicos no malignos importantes. Si se miran las estadísticas, hay casi más personas con dolor crónico que diabéticos».

Y no hay que aguantar el dolor, insiste Marín. Ni cuando es agudo o subagudo por una ciática o una hernia, que se puede intentar mitigar, por ejemplo con infiltraciones, mientras desaparece. Ni cuando se trata de un paciente crónico severo. «Hay que tratarlo y hacerlo tolerable». También puede suceder que el dolor desaparezca del todo.

Lo importante, insiste el responsable de la Unidad del Dolor de Quirónsalud, que lleva tres décadas funcionando, es evaluar cada caso de manera individualizada y valorar la intensidad y el tipo de dolor para aplicar el tratamiento adecuado. Porque el dolor es algo totalmente subjetivo y también tiene una vertiente social: «no es lo mismo el dolor lumbar del ejecutivo de alto standing que va en jet privado que el del albañil que tiene que levantar sacos de 25 kilos».

La base del tratamiento del dolor son los analgésicos, medicamentos que pueden ser recetados por todos los médicos en función de cada caso. Aunque los antiinflamatorios y el paracetamol, que se prescribe para dolores leves o moderados, están presentes en casi todos los botiquines domésticos, aún tienen cierta mala fama. «Que si afectan al estómago, o al hígado...», suele oír en consulta Marín, quien recuerda la importancia de cumplir con la pauta prescrita. «Hay que tomarlos con el reloj, en los intervalos regulares. Eso de 'hoy no me duele y dejo de tomarlo' es malo. Si tienes prescrito paracetamol de un gramos tres veces al día, hay que tomarlo duela o no. Porque si lo dejas, va a volver el dolor. Otra cosa es que si es posible se haga una retirada controlada», explica.

Pero si hay algún medicamento estigmatizado, sin duda los opioides como la morfina se llevan la palma. «Que si te haces drogadicto, que más adelante no hacen efecto, que si son para cuando te estás muriendo... Hay muchos mitos inciertos», rebate el anestesiólogo, quien insiste en diferenciar entre la adicción, «que normalmente es una enfermedad psicológica de base genética», de la dependencia a los fármacos. «Los adictos hacen un uso recreativo, sin embargo, si empleas los opiáceos con fines médicos no suele pasar eso. Otra cuestión es que si tomas durante mucho tiempo morfina y lo dejas de golpe se dé un síndrome de abstinencia, por eso hay que ir bajando la dosis poco a poco. El orfidal produce la misma dependencia, pero nadie le tiene miedo».

Estigma de los opioides

Últimamente, el estigma en torno a los opioides se va diluyendo, hasta el punto de que su consumo ha aumentado «demasiado, y a lo mejor tenemos que empezar a frenar algo. Aquí menos, porque con la prescripción podemos controlar la adherencia al tratamiento, pero en Estados Unidos, por ejemplo, tienen una gran libertad y se está generado abuso» de estos opioides que los deben administrar «médicos formados, que puede ser el de cabecera, en pacientes seleccionados, con dolor severo y cuando no hay más remedio». Además, hay que advertir de los efectos secundarios, como sueño, «náuseas al principio y estreñimiento siempre».

También hay otra serie de fármacos, llamados coadyuvantes, que no son para el dolor pero se usan en su tratamiento. «Por ejemplo, en caso de dolor neuropático cuando hay una lesión nerviosa, una neuralgia, los antidepresivos o anticonvulsivantes son de primera elección, funcionan mejor que los analgésicos. O los ansiolíticos, porque el dolor crónico se asocia al síndrome ansioso-depresivo. Imagínese que le han operado de la columna dos veces, te has quedado imposibilitado, no puedes trabajar, no duermes, no puedes atender a la familia... ¿Cómo no te vas a deprimir? He visto casos dramáticos».

Además de los fármacos, en las Unidades del Dolor como la del hospital de día Quirónsalud realizan tratamientos específicos, como pueden ser los bloqueos nerviosos, que son técnicas de anestesia regional que se aplican fuera del quirófano. «Por ejemplo, ponemos corticoides para mejorar la ciática. En estos casos podemos hacer hasta tres infiltraciones, que se complementan con fisioterapia y tratamiento farmacológico». Este procedimiento es el más habitual en las unidades del dolor.

Los corticoides epidurales son también una opción muy habitual en los casos de estenosis de canal, frecuente en personas mayores debido a la artrosis, que estrecha el canal medular y provoca dolor de piernas, espalda... «Si se les puede operar, perfecto, pero si es una persona de 82 años que sufre del corazón y además no quiere operarse, podemos tratarlo con los corticoides para aliviarle».

La radiofrecuencia es otra técnica que emplean para aliviar problemas de espalda, una dolencia muy común. «Ponemos unas agujas en los nervios y los bloqueamos, los quemamos para una temporada con electricidad», señala Marín, quien recuerda que la rizolisis «no es curativa».

La estimulación transcutánea, o las conocidas como 'corrientes de rehabilitación', es otra técnica que emplean. «A los pacientes les facilitamos un aparato portátil y ellos mismos se administran las corrientes, tanto cuando están en la calle o en casa, que les mitiga el dolor. Lo usamos como analgésico de base con pocos efectos secundarios», explica.

El último paso sería la implantación de un neuroestimulador medular, que consiste en crear un campo eléctrico gracias a un electrodo situado en el espacio medular. El objetivo es crear una sensación de «calambre agradable» en la zona de dolor que el paciente maneja a través de un mando. «Se usa mucho cuando duele la espalda, hay falta de riego en las piernas... En una primera intervención dejamos un aparato externo y en otra colocamos una especie de marcapasos debajo de la piel».

Todas estas técnicas «no están exentas de complicaciones», así que el anestesiólogo recomienda ponerse en manos de especialistas cualificados. Y también recuerda que, al abordar un fenómeno tan complejo, «no todo son técnicas y medicamentos. Una mano amiga igual hace que no tengas que tomar pastillas».

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