Diario Vasco

«La soledad me pudo y me llevó a las drogas»

Iñigo posa en su casa de Arrasate donde vive solo.
Iñigo posa en su casa de Arrasate donde vive solo. / MORQUECHO
  • Tras caer en una depresión y consciente de su problema de soledad, creciente entre los vascos de 45 a 54 años, Iñigo acudió a Hurkoa para tratar de recuperar su vida

Siempre ha sido hijo único. A la muerte de sus padres se sumó la de su abuela y una situación conyugal compleja que lo dejó bajo de ánimo. Iñigo tenía su situación «aparentemente controlada», pero de golpe se vino abajo «hasta el punto de caer en una depresión». Cuando la soledad sobrevino a este arrasatearra –hace ahora tres años, cuando tenía 46– los problemas no hicieron sino crecer y complicarlo todo aún más.

El de Iñigo no es un caso aislado. Como él, cada vez más guipuzcoanos de su edad sufren de soledad. Esta tiende a repuntar entre las personas de 45 a 68 años, aunque con especial intensidad en la población de 45 a 54 años, con un incremento del 13,3‰ al 22,3‰ entre 2006 y 2014 (año en el que el Departamento de Políticas Sociales del Gobierno Vasco recogió estos datos). Esta evolución se vincula además con un aumento significativo del impacto de la soledad entre los hombres.

«La situación me pudo, a pesar de que tenía gente dispuesta a ayudarme, y me dio por consumir drogas para tapar esa soledad, ese dolor y esa angustia», apostilla Iñigo. Asegura que perdió el control y anduvo «cerca de un año ‘tonteando’. Paralelamente tenía entre manos el tema de la herencia de mi madre», que no podía gestionar bien dada la situación que le estaba tocando vivir. Agrega que a la abogada «le impresionó verme pasar un día en la calle» y fue ella quien le recomendó acudir a Hurkoa.

Esta fundación tutelar –que ahora asesora y ayuda a Iñigo– se creó hace casi 26 años con el cometido de ejercer la tutela legal de «personas incapaces, personas mayores en aquel momento», explica Susana Montesino, la directora del área tutelar. Con el paso de los años «abrimos el campo de acción a personas con enfermedad mental, siempre mayores de 18 años», añade, «no personas incapaces pero sí que necesitan cierto asesoramiento».

Cuando Iñigo llegó a Hurkoa se dejó guiar y se planteó que, «tal vez, estaba equivocado». Allí vieron «lo bajo que estaba» y le recomendaron ponerse en tratamiento. Recuerda que llegó a esa situación por un problema personal, «no por falta de gente. No me dejé ayudar y me aislé, yo me dejé a mí mismo. No quería ver a nadie, no salía de casa», lamenta. Durante esos dos años ha estado asistiendo a Hurkoa y ahora se siente «muy protegido y seguro, son como una familia». Se ha vuelto a encontrar. Aunque vive solo, ha vuelto a la vida normal.

En la asociación tratan de evitar «que este tipo de personas frágiles lleguen a la incapacidad por el hecho de estar solos», afirma Montesino. Ponen la experiencia y los profesionales de Hurkoa al servicio de «personas con una problemática, capaces pero con dificultades para llevar adelante alguna cuestión». Sobre la fragilidad, asegura que siempre se asocia a gente mayor, «aunque no son los únicos que la sufren». La ayuda que ellos ofrecen es de tipo social, jurídico y administrativo.

Proyecto piloto

Sin duda, si hay un estrato de la población que sufre especialmente problemas de soledad y tristeza, es el de las personas mayores de 65 años. Los datos, sin embargo, son positivos. Después de repuntar al alza hasta el 45,2‰ de la población afectada en 2010, cuatro años después el impacto se redujo al 37,2‰.

En Hurkoa son conscientes de esta realidad y es por ello que han decidido poner en marcha un proyecto piloto en Irun. Aunque aún están en la primera fase de selección de los participantes, «dentro de poco dará comienzo con unas quince personas de más de 68 años, y durará un año». Personas cuyas necesidades sociales ya están detectadas por el Ayuntamiento de Irun.

Enmarcado dentro de un estudio sobre la fragilidad, ayudarán a personas que viven solas «a socializarse otra vez y a crear vínculos». La directora del área tutelar explica que «la idea es que conozcan a la gente de su entorno», para que puedan ayudarles cuando necesiten «pequeñas cosas» y que no se sientan aisladas. Integrarlas es el objetivo.

«Cuando una persona frágil vive en soledad es más fácil que las consecuencias sean graves, ya que nadie ve su evolución, por ejemplo, si empiezan con problemas por deterioro cognitivo», agrega. El piloto contará además con la colaboración de tres voluntarias que ayudarán a los participantes cuando, por ejemplo, tengan que ir a la farmacia o al médico, si así lo desean.

Montesino precisa que no todas la personas que están solas están en situación de fragilidad. Eso sí, «si el piloto sale bien, en un futuro queremos ampliarlo y que no sea solo para personas mayores». Si es posible tratarán de llegar a más municipios del territorio y a más gente en cada uno.

El voluntariado, entendido como el trabajo de las personas que sirven a una comunidad o al medio ambiente por decisión propia, es fundamental para sacar adelante iniciativas como la de Hurkoa en Irun. Por fortuna, existen personas como María Jesús Sesma que se prestan a aportar su granito de arena cuando hace falta. Es educadora social y pedagoga, aunque hace ya dos años que no ejerce profesionalmente, porque se prejubiló. Ahora tiene la «necesidad» de dedicar su tiempo a ayudar. «Muchas necesidades no se cubren porque, sencillamente, se desconocen», deplora. A ella desde siempre le ha nacido la voluntad de servir a quien más lo requería.

«Recibes más de lo que das»

Próximamente colaborará en el programa piloto de Irun, con personas mayores que viven solas. Esta donostiarra de 66 años arrastra una larga trayectoria prestando servicio a este tipo de situaciones. Asegura que «estas personas viven solas en su domicilio al tiempo que van perdiendo sus capacidades». Es precisamente por esto que la compañía, «ante una soledad tan fuerte y manifiesta» se vuelve fundamental.

La experiencia le ha enseñado que «es tan sencillo como hablar con ellos y darles un poco de conversación», porque muchas veces llevan una semana sin hablar con nadie y agradecen mucho que alguien les escuche y les cuente sus batallas. Añade que es «como si estuvieran fuera de la sociedad, como si fuesen invisibles».

Afronta este nuevo reto con muchas ganas, aunque siempre «desde un gran respeto». Además de la compañía les ofrecerá su cariño y una relación. «Aunque al principio pueda parecerles una intrusa, al final se convierte en una relación de amistad. Se van abriendo poco a poco, porque algunos llevan tantos años solos que se cierran», cuenta.

Muchos de ellos perdieron a todos sus parientes hace años y tienen una mala relación con sus hijos. Otros directamente no los tienen. Cuando el programa comience, María Jesús intuye que podrá tomarse más de un café con los participantes, y les ayudará a establecer nuevos vínculos con su entorno y, si es posible, a recuperar viejas amistades o hobbys olvidados. Además asegura que «recibes más de lo que das». Por eso le gusta tanto. El voluntariado «te crea la necesidad de compartir con los demás».

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