Diario Vasco

San Sebastián seduce a los turistas más deseados del mundo

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¿Discreto? El yate del magnate ruso que atracó en Pasaia dejó una imagen excepcional en Gipuzkoa. Sus dueños sí fueron más caros de ver durante su estancia. / ARIZMENDI

  • En los hoteles ya se cocina el menú para un avión privado, se piden los vinos más caros del mundo y se exige inglés para conducir un taxi

  • La ciudad seduce al viajero más codiciado, el de mayor poder adquisitivo y que deja más dinero

«Tres botellas de Romanée-Conti». A Martín Flea, sumiller del restaurante Rekondo, le temblaron las piernas ante aquellos cinco clientes de aire nórdico, «vestidos de traje impecable», que acababan de pedir el 'rolls royce' de las bodegas. Considerados los vinos más caros del mundo, accesibles solo para las carteras que puedan pagar unos cuantos miles de euros, aquellas joyas llevaban años durmiendo en la bodega que mima Txomin Rekondo y su familia, un lugar único de fama internacional. «No temblaba por lo que íbamos a vender, sino por lo que iba a catar», remarca Lurdes Rekondo, que cuenta esta anécdota reciente para certificar el atractivo que ha logrado la ciudad, y por extensión el territorio, para seducir al turista de mayor poder adquisitivo. «Hemos dado un salto cualitativo», afirma sin género de dudas, una frase que repite el sector.

¿En qué se nota? Por ejemplo, «se piden vinos que antes no se pedían», añadas como las del «45, 64, 68, casi todas por debajo del año 70», especies en extinción que solo se conservan en sitios como Rekondo, visionarios a la hora de invertir hace décadas y preservar una bodega excepcional. «Gastan más, sí, pero también se valora más el producto, es un turista que sabe lo que quiere. El cliente que exhibe opulencia es la excepción. Los cinco amigos que nos pidieron las Romanée-Conti llevaban dos años ahorrando», puntualiza Lurdes.

En el Hotel María Cristina, el único templo cinco estrellas del territorio, en meses como julio «se reservan antes las suites que las habitaciones», desvela Stijn Oyen, director del establecimiento, que atribuye las razones del éxito a una conjunción de factores planificados pero también a una cuestión de «suerte». «La reforma del hotel, en 2012, coincidió en un momento de mayor estabilidad política. Ahí empezó la progresión ascendente», una lectura que comparte Lurdes Rekondo. «El final de ETA es fundamental», resuelve, aunque luego cada negocio tenga «sus circunstancias», como dice. La suya, haber sido elegidos como uno de los cinco restaurantes del mundo con mejor bodega por la revista Wine Spectator, la 'biblia' del sector.

Los profesionales guardan un mutismo casi enfermizo sobre quiénes son, en qué gastan, qué piden esos clientes de carteras privilegiadas. Se dice que muchas estrellas del Zinemaldia vuelven a recalar en la ciudad de incógnito sin que (casi) nadie se entere. Hace unos días Pippa Middleton y su pareja paseaban por La Concha sin levantar sospechas, una noticia que desveló Mitxel Ezquiaga y dio la vuelta al mundo rosa. «Hay gente muy conocida que viene y pasa desapercibida», confirma el director del Cristina. ¿Quiénes? No da nombres. La discreción es la marca de la casa.

Las fortunas que no salen en el 'Hola' y viven fuera de foco también eligen este rincón de refugio. Huyen del exhibicionismo asociado a lugares como Ibiza o la Costa del Sol. Prefieren una vida de incógnito, donde «la privacidad se valora cada vez más», constata Styn Oyen. Ya es habitual que los huéspedes pidan visitar un museo a puerta cerrada, y a ser posible con un artista de guía, que puedan comprar en una tienda sin público o recibir una clase de cocina de un gran chef. «Ahí se valora el trabajo de conserjería», los profesionales con la agenda de contactos más cotizada.

De vez en cuando, toca también solucionar 'problemas' un tanto marcianos. «Nos han llegado a pedir un barco de veinte metros y que les dijéramos dónde se podían pescar peces grandes», sonríe el director del cinco estrellas. «También hay clientes que viajan con su vehículo particular. Y luego nos encargan hacérselo llegar a su siguiente destino, Hong Kong, Dubai...». O cocinar el menú de un avión privado, como les ha pasado en el NH Collection Aranzazu, donde hace poco se alojó la tripulación de uno de esos jets de presencia cada vez más familiar en el aeropuerto de Hondarribia, recuerda Cuque Illa, la directora del establecimiento, que también certifica ese salto, en su caso un objetivo perseguido con la reforma del hotel.

Gente «normal»

El sector desmitifica leyendas que hablan de caprichos excéntricos o de un trato altivo. «Son personas normales», salvo por los ceros de su cuenta corriente. Como el magnate ruso Andrey Melnichenko y su pareja, Alexandra, cuyo yate atracado en Pasaia estuvo en boca de todos. Pero ellos resultaron mucho más caros de ver. Ayudados por su anonimato, recorrieron la ruta gastronómica de las estrellas Michelin. «Vimos su nombre en las reservas. Tuvieron un trato muy normal y sencillo», cuenta Pedro Subijana, que enseguida huye de etiquetas y defiende una política «que no mide a la gente por su capacidad de gasto». «Nunca hemos querido ser inaccesibles» -los tres estrellas Michelin de Donostia son los más baratos de Europa-, reivindica el cocinero, que agradece «por igual a la cuadrilla de amigos que ahorra dinero durante el año para darse un capricho» que a quien posee una gran fortuna, lo que no quita para que por su casa de Igeldo hayan pasado nombres como el de Mike Jagger o unos días antes que la pareja rusa, el expresidente de Colombia Belisario Betancur. Lo que no ha vuelto a ver es aterrizar a un cliente en helicóptero en las campas del restaurante, como ocurrió en 2011. «Fue la primera y última vez que nos ha pasado. Lo demás son leyendas».

No solo de estrellas Michelin viven los viajeros internacionales. «Nuestra clientela es la local, pero enviamos cada vez más pedidos al extranjero», cuenta Mari José Rodríguez, de Casa Rodríguez, en Donostia. Su tirón entre el público extranjero, que recala por recomendación de muchos hoteles, son los trajes de ceremonia, comunión y bautizos. Han llegado a enviar piezas a Miami, Argentina o Colombia, «adonde haga falta», sonríe Mari José y de paso reivindica que la ciudad se promocione también como turismo de compras. En la joyería González Larrauri también viven el 'efecto' turismo, sobre todo en verano. «Eso de que el ruso gasta más es una leyenda urbana», bromea Ane del Hoyo, que tira de idiomas cuando toca vender una pieza, «uno de nuestros hijos», como los describen en el negocio familiar.

Las compañías de taxis, como Vallina o Suital, que ofrecen desde hace años un servicio privado con coches de alta gama, han visto cómo está creciendo la competencia. Solo en lo que va de año la Diputación ha recibido más de cincuenta solicitudes de licencias de taxi VTC, que se corresponden a los vehículos con conductor que no llevan distintivo de taxi. La demanda de estos servicios de chófer a disposición del cliente «va en aumento en los últimos años», confirma Jon, de Suital. Contratan rutas -ocho horas por 300 euros, en el caso de Suital- que les pueden llevar al Guggenheim de Bilbao, a la costa vasca francesa o a las bodegas de La Rioja, con paradas en los mejores restaurantes.

La empresa ya pide inglés para las nuevas contrataciones, cuenta, y los turnos ahora se organizan para que siempre haya un chófer capaz de manejarse en el idioma de Shakespeare con los clientes. «Valoran la privacidad y la seguridad. Hay clientes que disfrutan con salir a la calle y poder estar, sin más».

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