Diario Vasco

Un pequeño respiro para Rubén

Rubén juega con su amigo Mundo en un lateral de Anoeta, muy cerca del lugar en el que vive.
Rubén juega con su amigo Mundo en un lateral de Anoeta, muy cerca del lugar en el que vive. / ARIZMENDI
  • La solidaridad se vuelca con este joven que vive en la puerta 20 de Anoeta

  • Un hombre le ofreció pintar un portal durante los próximos días, una oferta de trabajo que es lo que más necesita

Rubén se levantó ayer como cualquier mañana en su saco del soportal de la puerta 20 del estadio de Anoeta. Se encaminó hacia el banco en el que pasa las mañanas en la plaza de Irun de San Sebastián, con su perro Mundo saltando a su alrededor. Empezaba un nuevo día para los dos.

En 'su' banco le esperaban varias sorpresas. La primera, una vecina que le acercaba un ejemplar del DV en el que Rubén aparecía contando su historia, la de alguien al que la vida le ha dejado en la calle e intenta sobrevivir. Se mostró sorprendido, sobre todo al verse en portada, abrió mucho los ojos y cuando otra mujer le acercó un nuevo número del periódico lo rechazó «porque ya tengo uno».

Si el banco suele ser un lugar de tertulia con los vecinos habituales que le visitan para acercarle un pintxo o un par de pantalones, el lugar estuvo ayer más concurrido que nunca. José Luis, de la perfumería Equivalenza, situada frente a esa sede en la vida de Rubén, estaba atendiendo a unos clientes cuando vio que se montaba en un coche y se iba, algo que le pareció extrañó.

Al cabo de un rato volvía al banco y contaba a José Luis la buena noticia. Un hombre le había ofrecido pintar un portal, un trabajo para dos días que le reportará un alivio, un respiro y una cierta esperanza. «¡Si al final vas a tener un empleo buenísimo!», bromeaba José Luis mientras Rubén encogía los hombros con escepticismo.

La esperanza de conseguir un trabajo, una tarea que le aporte los ingresos suficientes para poder vivir con Mundo bajo techo le animaba ayer. Lo repetía a todo aquel que le comentaba eso de «¿te has visto en el periódico?». «Sí, sí, a ver si me sale algo y consigo de una vez un lugar en el que empadronarme».

Este vitoriano de 35 años lleva tres viviendo en la calle y, aunque los conoce, no se plantea acudir a recursos institucionales, para empezar, porque no admitirían a Mundo, ese perro grande y negro al que rescató del contenedor al que le habían tirado y cuya compañía «no se puede pagar con dinero».

Sabe que llega el invierno y su objetivo es conseguir un saco de dormir más sólido que el que tiene, aunque Mundo tiene un papel importante también a la hora de dormir... ¿Qué mejor manta que el pelaje del cuidado perrazo cuando bajan las temperaturas?.

Ayer se lo comentaba Rubén a una joven que le preguntaba por el frío que iba a pasar en su refugio del estadio de la desangelada entrada a la puerta 20. Un hombre se acercó con una bolsa de ropa para Rubén, dos mujeres se quedaron a charlar un buen rato y a preguntarle cómo iba de comida . «Soy viudo», le dijo un hombre, que le aseguró compartir la sensación de soledad que el sin techo le había transmitido a través del periódico.

Pero la visita más esperada era la de un hombre que le ofrecía pintar un portal que quizá sean dos, eso queda pendiente. Puede que surjan nuevas oportunidades, «soy jardinero, pero puedo trabajar de lo que sea» y tal vez, al menos, una noche muy fría pueda ir a una pensión en la que admitan perros y dormir y ducharse «como todo el mundo».

José Luis, su amigo de la perfumería Equivalenza, era optimista, aunque sin excesos. «Creo que puede ser una oportunidad para él. Tiene muchas ganas de trabajar y es una persona especial. Empezó a aparecer enfrente de la tienda, se sentaba en el banco con su perro y miraba a la calle sin más. No le veía pedir, ni fumar, ni tomar nada. Un día le pregunté qué hacía allí y me contó que vivía en la calle. Poco más».

Porque Rubén no habla de su pasado, ni de qué fue lo que le llevó a una situación tan dura como la que atraviesa. Reivindica, eso sí, que ser un sin techo no significa ser incívico, degenerado o consumidor de alcohol y drogas sin control. Él es educado con la gente y no prueba ni copas ni estupefacientes.

«Creo que la solidaridad de la gente va a traspasar el barrio», confía José Luis. «Me alegro de que se sepa la situación de este chico», apostilla una vecina, Mari Carmen, que por la mañana le entregó una prenda de abrigo. Koro, que el día anterior se ofreció a ayudarle con la denuncia de la Guardia Municipal por dormir en la calle, se acercó también. Rubén no solo dejó el banco para visitar el portal a pintar, sino para llevar más de una bolsa a ese soportal que cuida como un hogar.

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