Diario Vasco

Un anhelo entre barrotes

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Una de las jaulas del refugio Zuhaitzpe en la que convive una pequeña manada a la espera de adoptantes. / IÑIGO PUERTA

  • Decenas de animales refugiados en Zuhaitzpe, a la espera de una oportunidad

  • El 50% de las mascotas acogidas tiene más de diez años de edad y la protectora promueve acogidas ‘indefinidas’ para regalarles una jubilación en familia

Una mañana cualquiera en la protectora de Zuhaitzpe nace en paz. Sus inquilinos se desperezan en grupo. Guardan juntos el calor y la camaradería impera hasta que los primeros pasos de algún trabajador del centro son detectados por los guardianes más atentos. Todo cambia. Las alertas desencadenan un tumulto casi unísono en el que se intuyen desde ladridos de bienvenida hasta lloros desgarradores. Cada vez más fuertes y desesperados. El contacto visual con un ser humano lo magnifica. Brincos, gemidos, vueltas sobre sí mismos y una avalancha hacia las rejas de su guarida convierten al visitante en el foco de decenas de emisiones de auxilio. Incluso entre los que aguardan silenciosos en un segundo plano, el mensaje que transmiten sus miradas parece el mismo. «Eh, estoy aquí».

Raquel, una de las responsables del refugio Zuhaitzpe, está más que acostumbrada al alboroto. Desde que en 1997 la Protectora de Animales de Gipuzkoa comenzara su andadura, el trabajo ha ido evolucionando y las fórmulas para lograr el mayor número de adopciones se han adaptado a los tiempos. «Además de en redes sociales, hemos empezado a trabajar con casas de acogida y asociaciones de razas especificas, incluso en el extranjero. Los resultados están siendo sorprendentes. Ya no tenemos setters. Hemos colocado unos 80, mayoritariamente en Inglaterra. Allí adoran esta raza y les consiguen casa a todos. Lo mismo pasa con grifones y sabuesos». El volumen de perros de caza rescatados siempre ha sido «una pesadilla y ahora respiramos», admite Raquel.

Acogidas especiales

Una nueva modalidad de adopción se ha hecho sitio en el refugio. Son acogidas temporales que dan oxígeno a unos barracones casi siempre repletos, pero «solo lo hacemos con perros ya viejitos y con gatitos recién nacidos. No cobramos nada. A los abueletes les suelen acompañar patologías de corazón, artrosis... y su esperanza de vida es corta. Colaboramos con el adoptante en los tratamientos para que estén más cuidados. En estos casos, la acogida es indefinida. Nosotros los entregamos esterilizados, vacunados y con chip. Entre los que quieran acoger y nosotros les damos unos últimos años más felices», resume Raquel.

En el caso de los gatitos «sí que es temporal. Las gatas callejeras suelen tener camadas cuando viene el buen tiempo y solemos estar desbordados. Necesitamos hogares dispuestos a sacarles adelante, dándoles biberón y manteniéndoles en calor» explica Raquel. Una vez que han pasado esa fase crítica «pueden volver al refugio, ya no necesitan tanta atención. También los entregamos de forma gratuita».

Se busca compañero idóneo

Mientras Raquel atiende varias tareas, un par de posibles adoptantes se pasean por las jaulas de Zuhaitz-pe en busca de una mirada cómplice. Su visita por cada habitáculo es anunciada a fuego. Los ladridos dan paso al minuto de gloria en el que la mayoría de los canes buscan desaforadamente el contacto humano. Los más descarados se abren paso hasta sacar su hocico. Olisquean, ladran, lamen o dan la pata. Un paso atrás, los más tímidos y sumisos buscan conectar una mirada nerviosa. Ajenos a la fiesta, sin inmutarse, los más descreídos parecen haberse resignado a encontrar un hogar. El desenfreno de sensaciones estremece a una de las visitantes, visiblemente emocionada. «Me dan mucha pena», reconoce compungida. «Además me acaban de decir que la perra que quería ya ha salido adoptada. Me alegro mucho por ella».

Los pasos a seguir en la adopción requieren un compromiso previo. «Tratamos de conocer al adoptante. Tenemos una charla para conocer sus rutinas diarias, su experiencia previa con animales, su familia, el lugar donde viviría el animal... No podemos controlar todos los aspectos, pero tratamos de buscar lo que mejor se ajuste a su personalidad y su modo de vida», explica Raquel. Luego viene un mes de espera. «Por ley tenemos que dar este plazo. Si el animal no se reclama en este periodo, el dueño anterior pierde todos sus derechos».

Niveles de energía

Un anhelo entre barrotes

Uno de los factores para lograr la máxima compatibilidad posible es calibrar los niveles de energía tanto del animal como del futuro adoptante. Un ajuste de biorritmos. Desde que los animales entran en el refugio «se les hace una ficha registral y vemos su comportamiento. Con los años vamos aprendiendo». La adaptación de los perfiles no es una ciencia exacta. «Por ejemplo, a personas mayores no les damos cachorros, o si viene alguien deportista le buscamos un compañero más activo». Se busca la media naranja ideal.

«Las personas que nos devuelven algún animal son muy pocas». Raquel recuerda el caso reciente de ‘Max’, un setter que «se subía literalmente por las paredes. Nos lo devolvió una chica con un sentimiento de culpa terrible. Lo intentó todo. Es un perro que necesita convivir en manada. Ahora ‘Max’ vive con otros tan feliz y la chica adoptó a un setter más casero».

Los futuros adoptantes pueden venir al refugio e interactuar, pero no siempre el amor a primera vista es la mejor opción. «Nos suelen preguntar si pueden traer a sus perros y ver cómo se llevan entre ellos. Estas experiencias no son fiables porque hay tensión. Se bloquean. El encuentro tiene que darse en casa. Tú tienes que hacer que se lleven bien. Damos algunas pautas y generalmente no hay ningún problema», resalta Raquel.

La crisis en casa

Los motivos más comunes para el abandono suelen ser «tener familia, el paro, cambiar de piso... La crisis se ha notado mucho. En cuanto a los gatos, los ingresos hospitalarios, embarazos...», recalca Raquel. «En los alquileres de pisos hay rechazo por miedo a desperfectos, pero pueden cubrirse en el seguro de hogar. En Europa hay más tolerancia y concienciación». Holanda, con sanciones de hasta 16.000 euros por abandono animal, ha conseguido erradicar la figura del perro callejero. España, a su vez, ostenta el récord europeo con más de 140.000 abandonos anuales. Una lacra. «La gente responsable que no puede hacerse cargo por circunstancias graves viene aquí. Se cobra lo que cuesta mantenerlos un mes. Es mejor que encontrarlos atropellados en la calle o atados de por vida».

Otra treta para eludir responsabilidades suele ser «no ponerles chip, para no poder ser identificados», lamenta Raquel. Una práctica habitual que sucede mucho con los pitbull, cuya procedencia a veces «está descontrolada. Suelen llegar aquí porque los ayuntamientos guipuzcoanos los detectan con dueños sin licencia». Darlos en adopción no es tan fácil. «Salen poco a poco. Los interesados saben sobre la licencia especial que necesitan. Eso sí, mientras están aquí no los mezclamos con otras razas para evitar peleas. Esto crea problemas de espacio».

Un anhelo entre barrotes

Soles y sombras

Detrás de los barrotes hay siempre casos estremecedores. El mastín Mattin fue encontrado hace un mes y medio, tumbado al lado de un río, agonizando tras recibir un disparo en el cuello. «Nos avisó un chico que lo vio en un monte, cerca de Zumaia. Llegó con un agujero en el que entraba una mano entera. Todo infectado. Fue terrible», rememora Raquel. «Es un perro muy mayor. Ahora está un poco sordo. ‘Veeeen mi amor...ven’», le llama Raquel mientras Mattin dejá atrás su manta y acude a duras penas, con mirada triste. Le ofrecen una caricia. «Se le está cerrando la herida y está cogiendo peso. Pronto podremos ponerle en compañía. Es un buenazo».

En una habitación aparte vive Simba, un joven ratonero que fue atropellado. «No siente las patas de atrás pero es todo un personaje. Un bala. En cuanto le ponen su carrito es imparable». Mientras Raquel le coloca un artilugio con ruedas, Simba y Kuki -su compañero de manta-, saben que toca paseo. «El carrito está hecho por un ‘MacGyver’ que tenemos aquí». Sin mediar ladrido Simba sale en estampida y tras un pequeño repecho coge velocidad cuesta abajo. «Está en adopción. Se hace encima sus necesidades pero es chiquitín, no es demasiado. Y se arrastra. Necesita un jardín, o una terraza donde no se haga daño al arrastrarse. Si alguien lo quiere lo damos con su carrito». Mientras, Simba ha puesto rumbo a una jaula de gatos que también esperan una adopción. Una cola que sobresale de una rendija es su objetivo.«¡¡Simbaaa!!» le riñe Raquel sonriente. «Es superjuguetón y un ‘comegatos’».

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