Diario Vasco

Una familia para dejar las drogas

Javier, Iker, Miguel, Liliana, el hermano Jóse, Fermín y Miguel Ángel, el superior de la comunidad religiosa, a la entrada de la vivienda de Aldakonea.
Javier, Iker, Miguel, Liliana, el hermano Jóse, Fermín y Miguel Ángel, el superior de la comunidad religiosa, a la entrada de la vivienda de Aldakonea. / MIKEL FRAILE
  • Los padres pavonianos ejercen de tutores de toxicómanos que carecen de respaldo

  • Comparten la vida en la villa Uri Gain de Donostia, con 20 personas que se rehabilitan en Proyecto Hombre, una iniciativa por la que han pasado 2.000 drogadictos desde 1988

Cuando tenía diez años, Miguel Ángel Cuadrillero entró en un colegio interno de Castilla, de la Tierra de Campos de Valladolid de la que procede. Su madre lloró, más aún cuando le dijo que quería dedicarse al sacerdocio y que su vocación tenía que ver con el apoyo a los más débiles. El caso es que fue a Alemania, regresó a España y llegó a Euskadi hace trece años. Su madre le ve más de lo que hubiera imaginado, porque todos los inviernos llega a la villa de Uri Gain a pasar un par de meses con esta familia tan peculiar que tiene en Donostia.

Formar un grupo familiar aunque sea poco convencional, en este caso con abuela incluida, es lo que pretenden los padres pavonianos, que verán como hoy domingo el Papa Francisco canoniza a su fundador, el italiano Ludovico Pavoni, un hombre que nació en Brescia el 11 de septiembre de 1784 y que fundó el 8 de diciembre de 1847 la congregación de los Hijos de María Inmaculada. En 1821 dio origen al instituto de San Bernabé, la primera escuela de oficios «para los desamparados y los más desatendidos por sus propios padres».

El padre Miguel Ángel tiene claro que su espíritu era el de la cercanía con las personas y que eso mismo es lo que él quiere transmitir con esos veinte chicos que viven en la casa para dejar las drogas. La familia, no cabe duda, es peculiar. Tres religiosos se ocupan de estas personas, cuyo único límite de edad es que hayan cumplido los dieciocho años. Allí viven dos o tres meses para cumplir esa fase intermedia del tratamiento de Proyecto Hombre, aquella en la que los toxicómanos están limpios de consumos, pero en la que todavía necesitan un apoyo familiar y un recorrido antes de llegar al internado de Lasao, la comunidad terapéutica.

Los otros dos religiosos son José Antonio, que es hermano laico, y Carlos, que es sacerdote. Además, hay cinco educadores, dos con horario de mañana, dos de tarde y una chica, Bea, que se encarga del fin de semana. Rafa, el cocinero, se ocupa de que los menús sean sanos y apetitosos.

En este retrato de familia, aparece también una parte fundamental, la que llega a las 13.30 horas cuando ha acabado la mañana en el centro de acogida. Son «los chicos», como les llama el padre superior, 16 varones y 4 mujeres de edades diferentes, toxicomanías variadas y ganas de curarse. El fin de semana fueron a la Foz de Lumbier a respirar un poco de aire sano, por la tarde tienen otra vez actividades en el centro de acogida y hacia las 18.30 horas llega el momento de volver a casa, ver la tele, charlar, fumar en el jardín (el tabaco es la única droga permitida), leer un libro o poner un vídeo.

Cien personas al año

La labor de los responsables de esta peculiar familia es aportar tareas y proyectos para llenar la vida de estas personas que no se pueden quedar solas ni en la calle, según las normas de Proyecto Hombre.

Una vez de vuelta, hay que encargarse de ayudar en las tareas de la casa y trabajar con las educadoras. El primero de estos chicos llegó a la villa de Aldakonea el 10 de noviembre de 1988 y desde entonces han pasado por el centro un total de 2.006, unos cien cada año y con una estancia que dura de dos a tres meses.

Javier, por ejemplo, lleva casi un mes. No duda en posar para la foto aunque indica para bromear con el fotógrafo, que no se ha peinado hoy esa cabeza rasurada que tiene. Proviene de una familia desestructurada, dice, y aunque intentó la experiencia en 2014, es «repetidor», volvió al mundo de la droga sin acabar la terapia. Esta vez lo ha cogido con ganas, le encanta poner humor a la estancia aunque tiene claro que el camino es duro. «Me han vuelto a acoger y sé que aprendo actitudes diferentes a las de la calle, que estoy madurando», asegura, mientras confirma que el ambiente en el grupo es bueno, como dice el padre superior.

Iker tiene 34 años. «¿Qué he consumido? Bufff... De todo. Alcohol, speed, cocaína, MDM, pastillas de todo tipo... Además de porros, claro». Ahora Iker no toma nada, sabe que si consume alguna sustancia la consecuencia será la expulsión. Según afirma el padre Miguel Ángel, estas actitudes no son frecuentes, ni tampoco las peleas o conductas violentas. Las puertas del hermoso jardín están abiertas, tanto para entrar como para salir y todos los que llegan han pasado por el filtro de Proyecto Hombre.

«Hay que insistir en que nuestro papel de acompañamiento, que cumplen las familias en esa segunda fase del tratamiento, es el que tiene más que ver con la consolidación del abandono de las sustancias tóxicas y la motivación hacia lo que los pavonianos llamamos el camino de la esperanza. Y merece la pena», afirma rotundo.

El caso es que las politoxicomanías deben abandonarse para entrar en Uri Gain. Poco importa que en el calendario aparezca la celebración de las navidades como fiesta señalada o el 28 de mayo, que conmemora el día del fundador.

Fiestones con Fanta

Porque en esta familia se brinda con agua, Fanta o Coca Cola, porque aquí la fiesta nunca se mezcla con alcohol, tenga la graduación que tenga. «He oído más de una vez decir a un chico que nunca hubiera esperado pasar la mejor navidad de su vida con un vaso de agua», cuenta Miguel Ángel.

Ha tenido el orgullo de que algunos de «sus» chicos han llevado a sus hijos para que los bautice en la cercanísima parroquia de Nuestra Señora de Aránzazu, un caserío en el que da misa con su guitarra, que guarda en la sala convertida en capilla en la propia villa. El padre superior no cambiaría su vida por la de nadie, aunque reconoce que lo suyo es «dedicación 'full time'» y que a veces necesita oxigenarse de una atención que dura todas las horas del día.

Sonríe cuando los internos entran en la casa. Alguno coge un vaso de café en la sala, otro entra en la cocina donde las vainas están ya a punto en el puchero. De postre habrá pasteles de Otaegui, que desde hace años regala bandejas que ellos mismos recogen al menos tres veces a la semana. «Aquí lo malo es que engordas», ríen.

«Tenemos a un chico que estaba en la cárcel de Martutene y que necesitaba nuestro apoyo para intentar dejar sus adicciones porque no tenía respaldo familiar. Tenías que verle la cara cuando llegó aquí, al jardín, después de ver el sol solo en el patio». Con él, como ocurre con otros, irán al juzgado, además de renovar el carné o acudir al médico. «Es que no parecéis curas», se ha oído decir más de una vez y más de cien en esta villa.

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