Diario Vasco

«Solo quiero acabar mis estudios»

Meryem pasea por el centro de Donostia, sin miedo a manifestar su evidente diferencia.
Meryem pasea por el centro de Donostia, sin miedo a manifestar su evidente diferencia. / LOBO ALTUNA
  • Una donostiarra de 17 años ha sido rechazada en su centro al cubrirse el rostro con el niqab

  • El Gobierno Vasco dice que no se trata de una cuestión religiosa «sino de convivencia e interrelación» y aboga por tratar este asunto «desde el diálogo»

La inclusión y la atención a la diversidad proclamadas por el Departamento de Educación del Gobierno Vasco han topado con su límite. Se llama niqab y cubre el rostro de la donostiarra Meryem Echaniz, dejando únicamente al descubierto dos pupilas que apuntan fíjamente al interlocutor envueltas en anillos azul turquesa. Esta prenda, con la que mujeres musulmanas desean consumar su religión con el mayor grado de autenticidad posible, ha planteado un desafío desconocido al sistema educativo vasco. La respuesta ha sido clara. Stop. Hasta aquí. No.

Miren Koruko fue bautizada hace 17 años, convivió siempre con niños y niñas donostiarras, fue a la ikastola e hizo la Comunión, como muchas de su edad. Con trece años se convirtió al Islam y este año se ha puesto niqab, razón por la cual no puede entrar en clase. Su orientación religiosa se retrataba hasta el curso pasado con un pañuelo en la cabeza. Lo llevó en primero de CIP, una formación profesional básica dirigida a alumnos de entre 16 y 18 años sin graduado en Educación Secundaria Obligatoria (ESO). El centro María Inmaculada consintió el uso del velo, entendiendo que entraba dentro del perímetro establecido por la inclusividad cultural.

La evolución de la joven en su condición religiosa, sin embargo, ha derivado en un cambio de atuendo que el centro, a instancias de los inspectores de Educación del Gobierno Vasco, ha rechazado marcando el territorio de lo tolerable y lo nocivo para la convivencia.

Meryem denuncia no poder continuar con sus estudios por trasladar a su aspecto externo su vida interior, y se ha visto especialmente agraviada por la negación de sus profesores sin previo aviso, contraviniendo lo que le habían transmitido antes de las vacaciones de verano.

La chica había adelantado a sus educadores su intención de dar un paso más en la armonización de su vestimenta con sus creencias, lo que derivó en un acuerdo firmado entre responsables del colegio y la alumna para evitar desencuentros como el que se ha producido.

En el documento, sellado por ambas partes el 3 de mayo de este año, y al que ha tenido acceso DV, se precisa que «según la Ley del Procedimiento Administrativo, la alumna tiene que estar identificada en todo momento. Por ello, en las zonas comunes debe tener la cara descubierta. En el aula, una vez que haya entrado el profesor e identificado a la alumna, aquel podrá autorizar que la alumna se cubra el rostro». Hasta ahí el meollo del pacto que dejó a ambas partes satisfechas.

El contrato también detallaba que «en aquellas actividades en las cuales sea necesaria una vestimenta adecuada o especial por seguridad y/o higiene, el alumno deberá cumplir con dicha vestimenta, por tanto, en las clases de cocina no podrá utilizar su vestimenta habitual (jilbab)». Pero esto no preocupaba a Meryem. «La única duda que quedó era relativa a cómo estar cuando salimos a la calle en horario escolar. Me dijeron que ya lo veríamos. Pero en lo de identificarme para entrar al aula y volver a cubrirme, quedó claro», relata.

Para su sorpresa, el primer día del nuevo curso, a pesar de seguir el protocolo acordado, «me dijeron que así no podía estar y que desde inspección habían dicho que no». Pidió hablar con la directora, con la esperanza de que aquello fuera un malentendido y «me puse la mano en la cara hasta poder hablar con ella». La respuesta de la profesora no varió el sentido de la orden original. «Para tener esa actitud, mejor que te vayas».

Llegó la cita con la máxima responsable pedagógica del centro y «a pesar de que estábamos fuera del horario escolar, me dijo que para conversar con ella me tenía que mirar a la cara. Me quité el niqab y le dije que vale, que quería hablar con ella», recuerda Meryem. Interpelada por el documento oficial, la directora señaló que ese «podrá autorizar» del párrafo clave quería decir que si el profesor no quiere, no le permitirá estar en clase. «Si me lo hubiera dicho antes, me hubiera buscado otro centro», lamenta, indignada, la alumna.

Fuentes del Departamento de Educación del Gobierno Vasco, cuyas directrices ha seguido en todo momento el centro, argumentan que «está permitida la utilización del pañuelo pero no así el uso de la prenda que tapa la cara». Y matizan. «No se trata de una cuestión religiosa, sino de convivencia e interrelación, y por motivos de identificación de la persona». Meryem despeja este extremo afirmando que «nunca me he negado a identificarme y respeto las opiniones de los demás, pero también pido que se me respete». Subraya que «no hay ninguna ley que me impida estudiar así».

Un examen aislada del resto

Aunque desde Educación sostengan que «debemos hablar con la familia, con la chica y con el centro, y tratar este asunto desde el diálogo», la alumna asienta su resignación en la serie de trabas que se está encontrando a la hora de tratar de gestionar la continuidad de sus estudios. Ha llegado a una conclusión: «No me dejan ir a clase en ningún sitio».

Para cumplir con su objetivo de sacarse el cuarto y último curso de la ESO «he buscado en centros a distancia pero tampoco me dejan. Tengo que acudir dos días de manera presencial y no me permiten ir con el niqab», dice sobre el centro Cebad de Donostia. La solución aceptada ha sido la de estudiar desde casa y hacer un examen «en una sala donde esté sola, con una persona responsable, y sin niqab. No quería identificarme ante todo el mundo y, al menos así, podré examinarme».

Después le gustaría hacer auxiliar de enfermería y «aunque me ayudan a sacarme el título a distancia, me dicen que tengo que acordar las prácticas con inspección», dice como quien choca contra el mismo muro. Propone alternativas. «Podría estar en un sitio cerrado, en esterilización por ejemplo, para poder terminar las prácticas». También señala que «en el segundo curso del CIP iba a coger prácticas cuidando a niños de dos años y ahí no me importaba quitarme el niqab. Pero no me han dejado».

«Solo pido poder terminar los estudios», clama. «Luego podría irme a trabajar a Londres, donde me consta que hay más mujeres como yo ejerciendo». Toda hoja de ruta que traza pasa por el Islam. Es consciente de que si volviera al uso del velo podría finalizar sus estudios sin pegas, pero considera que «sería ir para atrás para llegar al mismo sitio pero no con la misma satisfacción. Estoy segura de lo mío», zanja.

Desea dar carpetazo cuanto antes a una etapa educativa que sufrió el primer revés en primero de la ESO, coincidiendo con su conversión a la religión musulmana. Realizó los primeros años de Primaria en la ikastola de Egia y completó el ciclo haciendo sexto en el colegio Presentación de María, «siempre con buenas notas», según su madre, Koro. Pero se presentó al primer curso de Secundaria con velo, «y no me dejaron ir a clase», recuerda. «Me fui a inspección y me dijeron que me buscarían un centro público». Recaló en el instituto Zubiri-Manteo, pero el retraso acumulado y el trastorno del cambio la penalizaron, según lamenta, hasta el punto de tener que repetir. «No ha conseguido ponerse al día», sostiene su madre.

Se da la circunstancia de que el 6 de septiembre de este año, ante varios casos detectados en el Estado de vetos a alumnas con velo, el Departamento de Educación envió a los centros vascos una circular con la recomendación de «no impedir la escolarización a las alumnas que porten pañuelo en la cabeza, y que aquellos centros cuyos proyectos educativos o reglamentos de organización y funcionamiento no lo permitan, procedan a su revisión, desde el planteamiento de la educación inclusiva y la atención a la diversidad».

La circular habla incluso de «evitar los riesgos del etnocentrismo y valorar o apreciar las aportaciones de otras culturas mediante planteamientos educativos de interculturalidad e inclusión cultural que impulsen el respeto y el diálogo entre las distintas culturas».

En eso, Meryem y Gobierno Vasco están de acuerdo. Pero el niqab ha dibujado una línea roja. «No creo que una joven con velo integral cause ningún mal a la sociedad, ya que todos somos diferentes y tenemos que respetarnos», sostiene la joven. El Ejecutivo vasco justifica el dique de contención ante la prenda por motivos de «convivencia e interrelación».

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