Diario Vasco

Zancadas contra el cáncer de mama

Estas luchadoras contra el cáncer de mama saldrán el próximo domingo a correr o a caminar por las calles de Donostia.
Estas luchadoras contra el cáncer de mama saldrán el próximo domingo a correr o a caminar por las calles de Donostia. / UNANUE
  • La asociación Katxalin quiere volver a teñir de rosa Donostia en su carrera solidaria

  • «Intentamos disfrutar la vida a tope, día a día; aún nos quedan muchas cosas por hacer», relatan tres afectadas

«Nací un 20 de julio, soy cáncer». El torbellino de optimismo que es Elena Álvarez de Eulate bromea con su signo del zodíaco y con esa enfermedad con la que no ha tenido más remedio que aprender a convivir desde aquel 11 de septiembre en el que, con 48 años, le dijeron que tenía un tumor de mama que había traspasado los ganglios. Antes, con 40 y 44 años, ya se había hecho dos mamografías «por mi cuenta». Estaban 'limpios'. Un pliegue extraño en la mama y un dolor en la espalda fueron los signos de alarma. Fue al médico de cabecera, desde allí a Onkologikoa y, casi en un abrir y cerrar de ojos pasó de ser una mujer activa, administrativa de profesión, a «enferma crónica». Lo de activa, muy activa, no lo ha perdido.

Como tampoco lo han hecho Natalia Neira, María Ortiz, Kristina Berrondo, Germana Carrión, Rosa La Plaza, Paula Pacheco, Coro Sánchez, Asun Fernández, Feli de Castro, Izaskun Fernández, Manoli Martos, Teresa Sauceda y Loli Pastoriza. Mujeres que abrazan la vida con pasión y la exprimen tanto como pueden. También son miembros de Katxalin, la Asociación de Mujeres Afectadas de Cáncer de Mama y Ginecológico de Gipuzkoa, que otro año más ha organizado la carrera y marcha solidaria de 5,5 kilómetros que se celebrará en Donostia el próximo domingo.

«Que la gente se anime, que apoye esta causa solidaria», anima Elena, una de las tres afectadas que presta su testimonio para este reportaje intergeneracional. Por edad, ella es la 'mediana'. Tiene 53 años y, a simple vista, la madre de la última Miss World País Vasco, Laura Picaza, luce un aspecto inmejorable. A lo sumo, una leve cojera. Nadie diría que esta mujer que no para de sonreír tiene que acudir a revisiones cada mes en Onkologikoa. «Soy enferma crónica», reitera, así que en su caso es preciso poner la lupa sobre la enfermedad, que controlan con un tratamiento oral. La última vez que fue a consulta acabó abrazando a su médico, Arrate Plazaola. «Es que el TAC estaba bien».

Elena habla del tumor como un «regalo envenenado», porque reconoce que gracias a la enfermedad apura más la vida, y ya no pierde el tiempo en esas tonterías que nos enredan en el día a día. Incluso le ha sacado el lado positivo a la enfermedad. «Veo casos de otras enfermedades, a mí me ha tocado ésta. ¿Y si hubiese sufrido un ictus? El único miedo es que vaya evolucionando. Siempre he estado con buen aspecto y, por ejemplo, la caída del pelo es algo que me agobia. Hasta ahora no ha pasado, pero si en un momento dado llega, lo aceptaré. Prefiero estar con una peluca pero viva», reconoce, mientras rebusca en un bolso un lacito rosa «con cristal checo» de los que hace en casa.

Elena tiene asumida su condición de «enferma crónica», pero no se resigna. «Supuestamente no me voy a curar, pero te digo supuestamente, porque a veces la investigación avanza tanto que igual hasta me curo», dice en su alegato a favor de la ciencia, para lo que pide más recursos. «Tengo esperanzas de que va a salir a algo y que podré vivir muchos años, eso quiero. Aún tengo que dar mucha guerra, tengo que ayudar a mucha gente. ¡No me puedo ir con todas las cosas que tengo que hacer!».

Durante la lactancia

Natalia Neira es la prueba de lo que pueden hacer las terapias que se logran gracias a la investigación. Esta donostiarra de 40 años, la joven del grupo, estaba amamantando a su segundo hijo cuando se notó un bulto. «Como parecía que podía ser por la lactancia, el diagnóstico se retrasó un poco». Con 37 años, un hijo de 3 años y otro de seis meses, le dijeron que tenía cáncer de mama con metástasis hepática. «Fue horrible, porque era un diagnóstico complicado», recuerda esta médico psiquiatra. En estos casos, no se suele intervenir quirúrgicamente. «Cuando ya tienes metástasis en principio no te operan». Lo que le hacía falta era un tratamiento que la Sanidad Vasca aún no administraba, así que fue derivada al Instituto de Oncología Vall d'Hebron de Barcelona. Su marido le acompañaba en esos viajes que, durante seis meses, repitieron cada tres semanas. Iban y volvían el mismo día. El objetivo era recibir una terapia con dos anticuerpos monoclonales, «muy específicos para el tumor que tengo». El resultado fue «espectacular, la verdad es que respondí súper bien al tratamiento. Remisión completa, desapareció todo del pecho e hígado».

La investigación es «nuestro futuro», añade Natalia. «Que sigan investigando. En cánceres metastásicos se cronifica la enfermedad. Si realmente pudiera salir algo que pudiera curarla sería una pasada».

Mientras tanto, Natalia sigue yendo a sus médicos en Donostia y aprovechando, dentro de lo que cabe, su nueva vida. Debido a la enfermedad tiene una incapacidad absoluta. ¿Y ahora qué? «No tanto como el diagnóstico, pero me costó mucho remontar, adaptarme a la nueva situación, no trabajar y verme con 37 años en casa». Le costó mucho porque le gusta su trabajo, estar con sus compañeras del centro de salud mental del Antiguo. «Y de repente te ves en casa, con una vida que no has elegido, porque te ha tocado, y significa renunciar a muchas cosas, a un proyecto de futuro, a una actividad laboral, de aprender...».

La adaptación ha sido «muy dura, y eso que tengo a mis niños, que han sido mi motor». Los niños, su marido, su familia y sus amigos. Todo ese cariño que ha recibido de incluso quien no lo esperaba. Y también se ha estrenado en nuevas actividades, esas que tendemos a relegar sin hacerles un hueco en nuestra rutina, como aprender a bailar claqué o hacer yoga. «También he empezado a hacer voluntariado en psiquiatría, cosas nuevas que me hacen sentir bien conmigo misma».

Desde que el cáncer dio un vuelco a su vida, esta donostiarra no piensa ni planifica a largo plazo. «Intento disfrutar de mi día a día». Antes también lo hacía, «porque siempre he sido de disfrutar la vida a tope y la he valorado, y ahora con más razón», confiesa Natalia, que está encantada de cumplir 40 años. «Es que cuando oigo eso de la crisis de los 40...». En Katxalin no conocen esa crisis. «No, aquí conoces a mujeres de distintas edades y perfiles, gente que te da esperanza y te da ilusión, mujeres que han tirado para adelante».

María Ortiz es una de ellas. «Una de las veteranas», dice esta vecina de Lasarte-Oria de 72 años que lleva combinados en rosa desde los pendientes y la sortija hasta el esmalte de uñas y los cordones de las zapatillas. En enero de 2017 son sus bodas de plata... con el cáncer. 25 años de su segunda vida. «¿Si voy a hacer alguna celebración? Con estar ya es bastante».

A María el cáncer no le era ajeno. Tenía antecedentes familiares. «Se me habían muerto dos tías y cuatro primas». La última, con apenas 52 años, poco antes de que ella se detectara un bulto mientras se duchaba. Tenía 48 años. «Tardaron en diagnosticármelo unos tres meses, porque era joven y el médico de cabecera no le daba mucha importancia, pero cuando fui la primera vez al Oncológico salí con fecha de ingreso para operarme».

María recuerda esos meses de incertidumbre como los peores. «Fue un palo, la verdad. Estaba muy nerviosa, me pasaba el día llorando». Le tuvieron que extirpar un pecho, y a los cuatro días, aún con los puntos, estaba tocando a la puerta de Katxalin. Hoy sigue siendo el día en que va a la asociación y hace yoga, gimnasia, pilates... de todo». Como es modista, también colabora con el centro cívico de Lasarte-Oria dando clases de costura. «No tengo tiempo para pensar en nada malo». Y eso que hace 7 años le diagnosticaron un cáncer de útero, «que no tiene que ver con el de mama, y me 'vaciaron'». También ha tenido noticias médicas buenas. «Como si me hubiera tocado la lotería» recibió el resultado del test genético al que se sometió: «Afortunadamente no soy portadora. Tengo una hija y tres nietas y para mí fue un alivio. Eso no quiere decir que no puedan tener cáncer de mama, pero no porque yo se lo haya transmitido».

Aunque su médico le ha dado la opción, María ha optado por no reconstruirse el pecho. «Si no lo digo, nadie se entera». Aunque ella no es de las que oculta su enfermedad. «Es que creo que no hay que ocultarlo. Esto le puede pasar a cualquiera, somos humanos y enfermamos». Además, cree que es bueno que las afectadas hablen de ello, «que lo hablen, aunque tampoco es cuestión de ir pregonándolo. Que lo hablen, que no se queden en casa, que salgan y hagan actividades». Y que procuren encarar cada día con alegría. «Con mucha alegría».

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