Diario Vasco

En las entrañas del DIPC

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Imagen de familia de los investigadores del Donostia Internacional Physics Center ante uno de los edificios del centro. / FOTOS: MIKEL FRAILE

  • El Donostia International Physics Center nos abre sus puertas para mostrar la razón de su éxito

  • En sus instalaciones, cerca de 260 científicos buscan abrir nuevos caminos en fotónica, trillonésimas de segundo o física de superficies

Todas las mañanas, a eso de las once y media, los soportales de uno de los cuatro edificios del Donostia International Physics Center (DIPC) se llenan de investigadores dispuestos a compartir experiencias. Si el tiempo acompaña, en el exterior se dispone una mesa con café y pastas, no muy lejos de una pizarra que los científicos insistieron en colgar por si se les ocurría alguna idea entre sorbo y sorbo. La pizarra está habitualmente repleta de ese tipo de escritura que solo saben descifrar los físicos. No es la única. Hay más. A los científicos les gustan las pizarras, siempre que ven una la dejan perdida de fórmulas.

Hace algo más de dieciséis años allí no había nada. Tres de los edificios eran los restos de un antiguo colegio de Infantil y Primaria y el cuarto, que entonces estaba habitado por okupas, había servido como residencia para profesores. Estaban ubicados en un lateral del campus de Ibaeta, cerca de la Facultad de Químicas, cuyo departamento de Física de Materiales era el único núcleo donde se realizaba investigación experimental. No había mucho más.

En uno de los despachos del DIPC el físico italiano Giorgio Benedek trabaja en un libro que está escribiendo sobre espectroscopía vibracional. «Es como las ondas del océano pero a nivel atómico, se trata de algo muy importante en muchas tecnologías», explica. Benedek empezó a acudir al DIPC como visitante en 2003 y desde entonces no ha faltado a su cita anual con San Sebastián. «Cuando llegué se hablaba aquí de proyectos, de una concentración extraordinaria de ciencia», recuerda.

Los proyectos tardaron cuatro años en comenzar a hacerse realidad. En 2007 se inauguró el centro de investigación Joxe Mari Korta, en 2009 abrió sus puertas Nanogune y en 2010 lo hizo el Centro de Física de Materiales. El DIPC fue el motor que hizo posible este desarrollo, pero el combustible fue la visión de científicos como Pedro Miguel Etxenike o Juan Colmenero, que lanzaron la entonces quimérica idea de hacer de Euskadi un referente en investigación.

A Etxenike, que en 1998 había recibido los premios Max Planck de Física y Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, pocos le tomaron en serio cuando expuso el proyecto de crear algo totalmente distinto a lo que hasta ese momento existía en el País Vasco. «Cuando empezó nadie le creía demasiado. Aquí las estructuras eran muy rígidas y Pedro quería un centro que fuera muy flexible y en el que entrara y saliera gente», afirma Ricardo Díez Muiño, actual director del DIPC.

Inasequible al desaliento, pertrechado con el prestigio de sus premios y armado con una personalidad arrolladora, Echenique no cesó de insistir para que sus ideas fueran aceptadas. En abril de 2000 el DIPC fue inaugurado oficialmente y el entonces consejero de Educación, Inaxio Oliveri, anunció la intención del Gobierno Vasco de impulsar una red de centros de investigación básica.

Diez mil citas

Frente al despacho de Ricardo Díez Muiño se halla el de Archie Howie, un fìsico de la Universidad de Cambridge que acude todos los años un mes al DIPC a investigar. Un joven visitante japonés acompañado por el catedrático de Física Aplicada de la UPV Enrique Ortega se asoma a la puerta y saluda al director. En los edificios no se han hecho grandes reformas y su interior aún mantiene la estructura de un colegio, con pasillos anchos y salas grandes como aulas. Las fachadas no destacan por su modernidad. Se nota que en su día no se invirtió demasiado dinero en embellecerlas. El DIPC no es un precisamente un ejemplo de singularidad arquitectónica. En este caso lo que importa es el contenido.

En sus dieciséis años de vida el DIPC ha publicado 2.804 artículos en revistas científicas de prestigio y ha sido citado en 71.175 ocasiones. «En 2015 tuvimos 10.777 citas y esto es una barbaridad», asegura Díez Muiño. El centro ha recibido 1.441 investigadores visitantes con estancias de menos de un mes y 474 que permanecen en Donostia entre uno y seis meses. Calcular la gente que trabaja en el DIPC en un momento concreto no es sencillo porque el movimiento de personas es constante. En sus instalaciones hay alrededor de cincuenta personas directamente contratadas, otros tantos investigadores locales asociados que se distribuyen por otros centros de la UPV para no descapitalizarlos y cerca de 160 visitantes. En todo este trasiego desempeña un papel esencial la fundación Ikerbasque, creada por el Gobierno Vasco en 2007 para atraer investigadores de excelencia y recuperar talentos.

Una de las personas captadas por Ikerbasque es Aitzol García Etxarri, que regresó en 2014 a Donostia desde la Universidad de Stanford dentro del programa Fellows Gipuzkoa de recuperación progresiva de científicos. Se dedica a la fotónica y plasmónica, una de las cinco líneas de investigación que se desarrollan en el DIPC. «Estoy intentando hallar métodos para estudiar moléculas de relevancia biológica a través de la luz usando nanoestructuras», explica. Todo esto podría servir en el futuro para producir nuevos fármacos, aunque él no será el encargado de hacerlos. «A mí no me vas a ver nunca en un laboratorio, yo desarrollo métodos que permitirán a otros hacer cosas nuevas», dice.

Otra de las líneas de investigación es la de propiedades electrónicas en la nanoescala. En este ámbito se ubica la física del attosegundo (una trillonésima de segundo), que permite estudiar propiedades en escalas de tiempo pequeñísimas y abre una nueva dimensión en la ciencia. Otras líneas son las de Química computacional, Polímeros y materia blanda, y Física de superficies (uno de sus investigadores, Dimas García de Oteyza, obtuvo en 2015 una subvención ERC Starting Grant de 1,9 millones de euros con la que contrató a dos estudiantes y compró un microscopio de efecto túnel).

En las salas no hay laboratorios. Lo suyo es la investigación básica y para ello a menudo basta con una pizarra, unos cuantos miles de millones de neuronas y un ordenador. Eso sí, que sea bueno. El DIPC cuenta con el centro de cálculo más potente del País Vasco. Se halla ubicado en el edificio que fue en su día parvulario y consume tanta energía como un hotel de veinte pisos.

El rugido del corazón

Txomin Romero, el director del centro de cálculo, abre una puerta y muestra el corazón del DIPC. En el interior de una sala rugen varios superordenadores con un sonido que recuerda al de un avión. Las máquinas son las encargadas de realizar los cálculos y simulaciones que solicitan no solo los investigadores del DIPC sino también los de otras instituciones como la UPV, Ikerbasque o Nanogune.

La más potente se llama Atlas. Ocupa tres armarios y está provista de un centenar de nodos con 24 procesadores cada uno. «Cada nodo individual tiene la potencia de 24 PCs», explica Txomin Romero. También están Urano, Ponto y Eris, la diosa griega de la discordia. «Le pusimos ese nombre porque pensábamos que los investigadores se iban a pegar por usarla porque tiene muchísima memoria».

Atlas ha costado 950.000 euros que se han ido desembolsando a plazos «porque son máquinas modulares», afirma el responsable del centro de cálculo. Por desgracia, también es un gasto que no puede detenerse porque son máquinas que quedan obsoletas en solo cuatro años y es necesario renovarlas continuamente. «Los ordenadores son la inversión más grande que realiza el DIPC cada año. Esto no puede parar», dice Txomin Romero.

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