Diario Vasco

309 menores recuperan sus infancias y adolescencias en pisos de acogida en Gipuzkoa

Hoy no toca jangela para este menor que charla a la hora de la comida con dos de las educadoras del piso de acogida, Nerea Lorón y Ane Okendo.
Hoy no toca jangela para este menor que charla a la hora de la comida con dos de las educadoras del piso de acogida, Nerea Lorón y Ane Okendo. / REPORTAJE GRÁFICO: MIKEL FRAILE
  • El modelo de protección a la infancia se apoya en las familias de acogida, con quienes residen otros 353 niños y niñas, pero se necesitan más hogares voluntarios

En el armario hay pegada una foto de los Gemeliers, esos hermanos cantantes que arrasan entre las niñas en edad de forrar las paredes de la habitación. Los más pequeños eligen a Pirritx y Porrotx, un clásico infantil, y a los chavales que ya le dan al balón se les descubre fácilmente cuál es su equipo de fútbol preferido. «Éste es del Madrid», «Aquí está uno de la Real, menos mal», bromea Patxi Agiriano, jefe de servicio de protección a la infancia y la adolescencia de la Diputación de Gipuzkoa.

Un centro de acogida de menores no se distingue demasiado en lo físico de una casa. De hecho, su principal empeño es parecerse lo más posible a un hogar, huir de esa imagen institucional, con la particularidad -que lo cambia todo- de que ahí dentro conviven niños y niñas que han sido separados de sus familias biológicas de manera temporal o definitiva para garantizar su bienestar y desarrollo. A día de hoy, 309 chavales y chavalas, de una edad media de 14 años, recuperan sus infancias y adolescencias en pisos forales, «desgraciadamente siempre muy llenos», donde viven arropados por equipos profesionales. La estancia media es de casi dos años, aunque solo es un número. Los hay que pueden regresar con sus familias biológicas una vez se recompone el hogar -con quien se trabaja en paralelo para intentar lograr esa reunificación, solo cuando es conveniente para el menor- y otros que no podrán hacerlo nunca.

Todas esas vidas «superan cualquier ficción», dice Agiriano. Un menor con discapacidad psíquica, de quien sus padres nunca han querido hacerse cargo, lleva desde los seis meses de vida bajo el amparo foral. Está a punto de cumplir la mayoría de edad. También está la historia de dos hermanos que van a dar el salto a un piso de acogida de adolescentes, después de tres años en un centro con los más pequeños. O la de la cría que se ha roto la pierna patinando y que sonríe a la visita de los periodistas al presumir de las firmas que le han estampado sus amigos del colegio y del centro en la escayola. Enseguida Agiriano empieza a preguntar al equipo por la evolución de tal o cual menor. A todos se les dibuja la sonrisa con las notas brillantes que está sacando una estudiante de Bachiller que ya ha descubierto su vocación -«quiere ser médico»-, o se les tuerce el gesto porque a otro le han llamado la atención en el colegio por mal comportamiento. Hay una frase que el servicio foral y el resto de trabajadores de las entidades que se encargan de estos centros llevan tatuada y que inculcan a todo recién llegado para remarcar la responsabilidad pública hacia la protección a la infancia: «También son tus hijos».

¿Cómo se le explica a un niño o a una niña de corta edad que no puede vivir con sus padres? «Les solemos decir que los aitas les quieren mucho, pero que tienen que aprender a cuidarles», cuenta Arantza Rodríguez, responsable de uno de los pisos de acogida de la red foral. Con otros no hacen falta tantas explicaciones porque son «muy conscientes» de lo que ocurre en su casa. «Lo primero es desculpabilizar al niño, porque muchos cargan con ese sentimiento», añaden a su lado Nerea Ajona, responsable de otro de los pisos, y Yolanda Acedo, educadora.

Las fotos colgadas en el pasillo de menores que ya han pasado por el recurso les ayudan a saber que no son las únicas víctimas. «Intentamos que no se sientan los únicos en esta situación tan traumática. No normalizar una desgracia, pero sí hacerla llevadera», explica Arantza. Los primeros días tras la separación familiar desatan de manera inevitable una tormenta de preguntas. «Preguntan, aunque sepan lo que hay, preguntan». Y por duras que sean sus experiencias familiares, el sentimiento de pertenencia a sus padres no desaparece, aseguran los educadores.

Se intenta, de hecho, mantener el vínculo con el hogar con las visitas familiares, siempre y cuando sean convenientes para el menor. Pero no hay una varita mágica. Los equipos de educadores, y también del servicio de infancia, revisan cada seis meses la evolución de los menores y de sus familias. Cada historia marca el paso a seguir.

Responsabilidad compartida

La intervención con adolescentes añade un plus de dificultad. Ya no son solo víctimas, como ocurre con los más pequeños. «Nunca hablamos de culpables, sino de responsabilidad compartida, entre los padres y el menor», que en algunos casos ya ha podido manifestar comportamientos como consumos de sustancias, agresividad o patologías psíquicas, más puntuales. Los equipos insisten en que no se puede trazar un perfil común. Tampoco entre sus familias. Las hay con pocos recursos, pero también de situación acomodada; padres que hasta esa etapa no habían pasado por los servicios sociales, y otros con más limitaciones de cuidado. No hay un único problema ni una única solución.

Una de las reglas de oro para evitar frustraciones es «hablar claro, no mentir», cuentan Enrique Escribano, educador social de un piso de acogida, y José Manuel Requena, responsable de la entidad que lo gestiona. «Aquí lo primero que preguntan, tanto los chavales como las familias, es hasta cuándo dura esto. Les decimos que no podemos poner una fecha, y que la pregunta es cuánto están dispuestos ellos a poner de su parte». Discuten hasta las normas de convivencia y las consecuencias de saltárselas. «Y lo más importante es saber por qué lo están haciendo. Si dan un golpe a una puerta y la rompen, no es solo arreglarla, es saber qué le pasa para que acabe pegando. La conducta es la expresión de un síntoma y nosotros trabajamos el síntoma», explica Requena. «Hay muchos nudos por deshacer», resume con otras palabras Patxi Agiriano.

Con los adolescentes el trabajo coge un ritmo de contrarreloj, porque a partir de los dieciocho años dejan de estar tutelados por la Diputación. «La mayoría retorna a su entorno», de ahí la importancia «fundamental» que le dan en esta etapa al trabajo con la familia biológica, cuando la hay.

Los educadores cuidan mucho que la protección que les brindan a esos menores no derive en una dependencia del recurso, que el camino se dirija hacia una «desvinculación». «Que los chavales quieran vivir aquí es síntoma de que algo estamos haciendo mal», resuelve Requena. Hay historias que fracasan, pero se quedan con los éxitos. «Lo más enriquecedor -dice Escribano- es encontrarte con alguno de estos chavales al tiempo y que te cuente orgulloso sus avances».

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