Diario Vasco

«Cuando logran una familia de acogida, muchos lloran de emoción»

En los centros de acogida ya no se ven cunas. La acogida de bebés y de menores de tres años la desempeñan familias voluntarias, un modelo que lleva años implantado en Gipuzkoa y que se ha recogido en una ley estatal en la que también se aconseja que se extienda a menores de seis años. El único problema es que no hay tantas familias de acogida como menores que las necesitan. La semana que viene la Diputación de Gipuzkoa lanzará una campaña específica para insistir en el llamamiento a la generosidad de los guipuzcoanos, un gesto que ya permite a 353 niños y niñas vivir en un hogar de verdad en lugar de en un centro. «Un piso de acogida no es una mala alternativa. De hecho, hay chavales que están mejor en centros por diferentes motivos», aclara Patxi Agiriano, jefe del servicio foral de protección a la infancia y adolescencia. Para el resto, la familia de acogida hace de terapia.

Los educadores certifican el diagnóstico. Cuando los menores toman conciencia de la situación, enseguida muestran su preferencia por encontrar un hogar de acogida. «Cuando un niño o una niña lo logra, muchos lloran de emoción, porque desean lo mismo». Las reticencias suelen venir de los padres biológicos, para quien la figura del acogimiento familiar -que no significa una adopción- se mira con malos ojos, aunque mantengan las visitas con el menor. «Hay una frase que nos repiten: O en el centro o con nosotros».

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