Diario Vasco

Leyendas de pasión

Los organizadores ultiman los detalles de la cata sirviendo en las copas el vino de Ribera del Duero.
Los organizadores ultiman los detalles de la cata sirviendo en las copas el vino de Ribera del Duero. / LOBO ALTUNA
  • Guillermo Cruz y Ferrán Centelles seducen al público con una selección de doce caldos top de Ribera del Duero

La historia, la tradición, la evolución, la vanguardia y el futuro de Ribera del Duero fueron protagonistas de la cata de vinos que la Denominación de Origen ofreció ayer en San Sebastian Gastronomika. Una cita única, excepcional e irrepetible, al alcance solo de cuarenta privilegiados asistentes, que disfrutaron sobremanera con varios de los mejores caldos procedentes de la firma de Castilla y León.

El público, que abarrotó la sala 10 del Kursaal, gozó con una selección de doce vinos de reconocido prestigio. Guillermo Cruz y Ferrán Centelles, dos de los sumilleres más reputados del país, no dudaron en catalogarlos como leyendas. Leyendas que fueron puro arte. Puro disfrute. Leyendas de pasión.

Cruz y Centelles, dos hombres de verbo frenético, introdujeron cada vino con poesía. El primero, un Eremus natural tempranillo 2014, era muchas cosas pero sobre todo auténtico. Un caldo ideal para empezar una tarde veraniega, sin más pretensiones, que la vida enseña que suelen ser las más fructíferas... La velada continuó con un Viña de Amalio. Un vino cuyas entrañas huelen a artesanía.

Cada explicación previa servía para entender todo el proceso del vino. No solo el amor por este producto sino la manera de trabajarlo, de cuidarlo y de mimarlo para que llegue a su comercialización en las mejores condiciones posibles. A medida que la cata aumentaba de número también lo hacía el cuerpo de los caldos, más rugosos, más fuertes, más intensos. En definitiva, más contundentes.

De menos a más

El espectáculo continuó con un Malabrigo de primer nivel, cuyo relevo lo tomó un vino operístico. Hablamos del Sei Solo de Zaccagnini, una de las obras en las que más cariño ha depositado el vinicultor transalpino inspirándose en la célebre partitura de Bach. Un vino musical. Un vino celestial. Un vino mágico.

De semejante impulso para los sentidos dimos otro salto de pértiga porque nos esperaba nada más y nada menos que una cita de Pedro Calderón de la Barca, muy acertada para engarzar con este mundo: «Afortunado el hombre que tiene tiempo para esperar». Imposible explicarlo mejor cuando tienes ante sí un Tinus, añada 2014, que superaba todo lo engullido hasta el momento.

Hubo que hacer un receso, de hecho, para respirar, para comentar las impresiones con el vecino y volver al ruedo con ímpetu renovado. Los últimos caldos fueron un paso más allá y llamaron la atención por dos cosas. Sus austeridad y su esplendor. No, no es una errata. Eran discretos en nariz y explosivos en la boca, dejando un regusto infinito, como los atardeceres de verano.

Tomás Postigo puso el broche de oro a una cata vertiginosa en sensaciones y eterna en la memoria. Una degustación que finalizó con aplausos -la gente estaba eufórica- y con el deseo de que Ribera del Duero siga ofreciendo estos productos tan selectos. Hablamos de vinos que han entrado en la historia con derecho propio. Son y serán leyendas.

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