Diario Vasco

Los científicos se dan un baño de alumnos

Un profesor y sus alumnos se fotografían con el premio Nobel de Química Dudley Herschbach.
Un profesor y sus alumnos se fotografían con el premio Nobel de Química Dudley Herschbach. / LOBO ALTUNA
  • Investigadores y estudiantes compartieron su curiosidad y buscaron respuestas juntos

Hay momentos en los que la ciencia se convierte en fiesta, en un puro torbellino de curiosidades, preguntas y respuestas, un tornado que iguala a profesores y alumnos, a científicos de prestigio y los que vendrán en el futuro. Hay clases que valen por cien y la de ayer fue una de ellas.

Ocurrió primero en «una sala llena de moléculas de oxígeno saltando y haciendo cosas». Fue así como el premio Nobel de Química Dudley Herschbach describió el auditorio de Eureka Zientzia Museoa donde 380 estudiantes de ESO y Bachillerato, con sus respectivos profesores, mantuvieron un encuentro con tres de los investigadores que han participado esta semana en Passion for Knowledge. Además de Herschbach, se sometieron a las peliagudas preguntas de los alumnos Elena Cattaneo, experta en células madre de la Università degli Studi di Milano, y Pamela Diggle, catedrática de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Connecticut.

Los estudiantes escucharon palabras subversivas. Cattaneo recalcó que «las mujeres no necesitan que les hagan tests para medir su coeficiente de inteligencia porque ya son inteligentes». Herschbach recordó que «los niños nacen científicos o artistas por su curiosidad y el deseo de experimentar». Es más tarde cuando cambian, y eso ocurre en la escuela. «Después vamos al colegio y nos meten miedo en el cuerpo. Tenemos miedo a no aprobar, a decir mal las cosas», afirmó el premio Nobel, que reivindicó con sus palabras el poder de la infancia interminable, de la curiosidad que «nos proporciona «la alegría que se siente al adquirir una nueva destreza».

Todos profesores

A sus 84 años Herschbach recordó que «hace bastante tiempo», cuando su niñez acababa de empezar, quería saber lo que ocurría a su alrededor. «Los adultos eran para mí gigantes que emitían sonidos peculiares y después pasaban cosas. Yo quería emitir esos mismos sonidos, hablar, para hacer lo mismo que los mayores». Ese es el espíritu que ha guiado toda su vida y el que define a los investigadores. «Nosotros no hacemos nada raro, solo hacemos lo mismo que los niños».

El vendaval se desencadenó a la hora del descanso, cuando investigadores, estudiantes y profesores compartieron almuerzo en el exterior del museo. Los científicos ya habían hablado poco antes sobre la importancia de tener buenos profesores y de ser conscientes de que «seguimos siendo estudiantes toda la vida». «Todos somos a la vez profesores y estudiantes», había dicho Herschbach. Y eso fue lo que ocurrió. Todos fueron todo al mismo tiempo. Los minutos del almuerzo se convirtieron en una auténtica fiesta en la que los alumnos conversaban entre sí sobre células y enzimas de restricción, explicaban a sus maestros lo que habían dicho los científicos -«es que los chavales hablan inglés mejor que yo», reconocía una profesora- y se formaban colas en las que discípulos y enseñantes aguardaban la hora de conversar con los protagonistas, sacarse fotos con ellos y pedir autógrafos.

A la fiesta se sumó el botánico de la Universidad de Harvard y director del Arnold Arboretum de Boston William Friedman, que pidió a un grupo de chicas que le dijeran qué les gustaría hacer dentro de veinte años. Una contestó que ser médico, otra «explorar el mundo» y otra trabajar en la NASA. «Yo hice un programa astrobiológico para la NASA. Estudiábamos fósiles», afirmó Friedman, que dio un consejo a las jóvenes. «Está bien tener un objetivo pero no tiene que ser único sino que debe servir como guía para dar el siguiente pequeño paso en una dirección concreta».

No muy lejos, Pamela Diggle hablaba con varios estudiantes sobre el acceso a las universidades y cómo cambian «la manera de adquirir el conocimiento». Cattaneo explicaba a un grupo de oyentes que «el ingrediente clave es tener buenos profesores» y hablaba sobre su visión de la ciencia como «un desierto en el que cualquiera puede entrar y en el que hay que tener coraje para ser capaz de llegar hasta la frontera».

Entre poses y autógrafos, Herschbach apenas tenía tiempo para hablar. «Todos me preguntan si pueden hacerse una foto conmigo», repetía divertido. «Están interesadísimos por la Química, les he dicho que es un campo maravilloso porque te permite encontrar nuevas cosas». Un alumno le preguntó qué ley de la Física cambiaría si pudiera hacerlo. «Estas leyes no se pueden cambiar, pero en Química es posible diseñar nuevos materiales y a partir de ellos rodear las leyes de la Física», respondió.

«Os toca a vosotros»

Las preguntas y respuestas prosiguieron después del descanso. Los investigadores contestaron a cerca de veinte cuestiones elegidas por sorteo de entre 143 seleccionadas previamente. Tres de ellas, las de Maialen Susperregi (instituto Txingudi de Irun), Ane Zulaika (lizeo Oteiza de Zarautz) y Josu Ruiz (instituto Pío Baroja de Irun), fueron premiadas por su originalidad.

Hubo de todo. Se habló de momentos históricos para la ciencia, células madre, alimentos transgénicos, la enfermedad de Huntington, coeficientes intelectuales, mutaciones genéticas, profesores e infancias. A Pamela Diggle le pidieron que dijera cuál será el descubrimiento que va a tener un mayor impacto en las plantas. Ella devolvió la pregunta. «Esa pregunta os toca responderla a vosotros. ¿Qué vais a descubrir para mejorar el mundo? Sois la próxima generación. La respuesta es vuestra».

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