Luz para los ojos del Sáhara

Una imagen de la sala de espera de la consulta que han atendido en los campos de Tindouf./
Una imagen de la sala de espera de la consulta que han atendido en los campos de Tindouf.

Oftalmólogos guipuzcoanos se implican para mejorar la salud ocular en zonas pobres

ANE URDANGARINSAN SEBASTIÁN

Hay lugares donde poder ver significa poder vivir. Se estima que en el mundo hay 285 millones de personas con deficiencias visuales graves o directamente son ciegas, y el 90% de ellas viven en países pobres. En zonas donde unas gafas graduadas son un lujo casi inexistente o unas cataratas, sinónimo de ceguera. Aunque en los campos de refugiados de Tindouf, en los altiplanos de Bolivia, en la sabana de Mozambique o al norte de Malí ya no tanto. La fundación Ojos del Mundo, en la que participan de forma activa oftalmólogos guipuzcoanos, lleva quince años luchando contra carencias en salud ocular «que son fácilmente tratables o evitables». Porque, como subraya Andrés Müller-Thyssen Bergareche, oftalmólogo del Hospital Universitario Donostia, devolver la visión a las personas es el primer paso para que puedan ver un futuro a sus vidas. «Y también una forma de combatir la pobreza».

Microscopio nuevo

Müller-Thyssen acaba de volver del Sáhara, de esa «región inhóspita en el pedregoso desierto» donde se asientan los campos de refugiados de Tindouf. El viaje estaba previsto para octubre, pero unas inundaciones que provocaron «numerosos daños materiales» obligaron a posponerlo. Se desplazó junto a la oftalmóloga hondarribiarra Nagore Arbelaitz y la bilbaína Rebeca Atienza, además de tres enfermeras de Cataluña y Sevilla y un técnico de equipos, que es «muy importante, porque allí la arena entra por todas partes y hay que arreglar el equipamiento». Tienen que renovar el microscopio, y el traslado del material para operar, colirios, etc. no fue precisamente sencillo. «En otros sitios, como en Malí o Bolivia, los suministros se compran allí mismo, pero eso en el Sáhara no es posible».

Durante quince días han pasado

consulta a unas 500 personas y han realizado 150 intervenciones. De cataratas, «que es la principal causa de ceguera evitable» y se solventa con una operación relativamente sencilla con resultados muy efectivos e inmediatos. «Es lo más gratificante». Devolver la vista a ese taxista de Mozambique que aún no había cumplido los 50 y había tenido que dejar de conducir. Eso implica que alguien de la familia se tiene que ocupar de él, «por lo que es un problema social y económico». Tras la operación volvió a ponerse al volante de su taxi «y me contó lo contento que estaba». O hacer posible que aquella madre de Malí pudiera ver a su bebé. Había desarrollado cataratas y había recurrido a un curandero. «Les empujan con una aguja el cristalino para atrás, no tienen otra cosa». Este voluntario, que como el resto consagra parte de sus vacaciones a esta labor altruista y solidaria, le operó el otro ojo. Y aquella madre por fin pudo ver a su bebé.

Del Sáhara también han traído historias similares «que te hacen retomar la vocación que tenías cuando estudias Medicina». También ha vuelto con la sensación de que están avanzando, «pero aún hay mucho que hacer» para erradicar la ceguera prevenible en lugares donde la gente no veía porque no había nadie que les atendiese. La mayoría tiene más de 50 años, «pero se ve catarata en gente más joven que aquí. Parece que influye el clima, la exposición solar y la mala alimentación en la infancia». Además de la catarata, Müller-Thyssen habla de otra epidemia mundial, que es la diabetes y la retinopatía diabética, y también ven casos de glaucoma, «una enfermedad progresiva y silente, que es muy difícil de tratar porque hay que controlar la tensión del ojo y los colirios son difíciles de adquirir y muy caros para ellos».

Lo que es mucho más sencillo es proveer de gafas a las poblaciones que atienden. «Sí, sí, la gente tiene visión baja por falta de gafas». En Tindouf, por ejemplo, hay organizados talleres de óptica «para hacer gafas de bajo coste o incluso gratuitas. Hay técnicos de óptica que gradúan y solemos enviar también gafas premontadas», como esas que permiten ver de cerca.

Aunque al principio estos proyectos tenían una vertiente más asistencial, «porque no había nada organizado» y sí muchas necesidades, la fundación también se ha ocupado de darles la caña y enseñarles a pescar. Es decir, han formado a personal local para que los proyectos pueden seguir funcionando, y han creado una infraestructura, implicando a las autoridades sanitarias locales y sensibilizando sobre la importancia de la salud ocular, que tradicionalmente ha estado relegada. «Por cada dólar que inviertes revierte en cuatro para la gente, para el país. Solo desde el punto de vista de desarrollo, de lucha contra la pobreza, de capacidades de la población para salir adelante, la cirugía de catarata es una de las más rentables por su costo-eficacia», destaca.

En Bolivia, por ejemplo, donde no había acceso a la salud, han conseguido poner en marcha en el altiplano una red de consultorios oftalmológicos y que se implique el Ministerio de Salud. En Malí, adonde actualmente no pueden viajar por motivos de seguridad, han montado un quirófano y consulta «y están operando entre 300 y 400 cataratas al año, lo que no está nada mal».

La fundación ha recibido peticiones para implicarse en otras zonas, pero ha sido una época difícil «porque incomprensiblemente se han recortado las ayudas a la cooperación y mantener los proyectos existentes supone ya un esfuerzo». El Gobierno Vasco y algunos ayuntamientos, como el de Andoain, han apoyado a Ojos del Mundo, cuya división vasca Munduko Begiak quieren reforzar y con la que se puede colaborar de distintas formas.

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