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José Ignacio Munilla: «La principal herida que debemos curar en Euskadi es la soberbia»

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El obispo de San Sebastián, junto al Buen Pastor, poco antes de pronunciar el pregón de Navidad. / MIKEL FRAILE

  • El obispo de San Sebastián ha recopilado en su nuevo libro, 'Hablaré a mi pueblo', los escritos pastorales que ha publicado el último lustro

José Ignacio Munilla ha recopilado en su nuevo libro, 'Hablaré a mi pueblo', los escritos pastorales que ha publicado en sus cinco años como obispo de San Sebastián. Son artículos de prensa, homilías y cartas pastorales en los que el prelado no elude ninguna cuestión, por peliaguda que sea.

- En el libro habla sobre la necesidad de traer la Iglesia a la gente como contraposición a la idea de traer gente a la Iglesia. ¿Significa que la Iglesia debe moverse para ir al encuentro de los demás?

- Pienso que a la Iglesia le ha llegado el momento de arriesgar en la evangelización. En 'Evangelii Gaudium' el papa Francisco dice: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades».

- ¿Esto quiere decir que los sacerdotes se han acomodado y ya no salen a la calle?

- En el fondo sus palabras se refieren a no conformarnos con un estatus en el que llegamos a un reducido número de personas y damos por perdidas a generaciones. Sin darse cuenta uno puede vivir en una pequeña burbuja y aislarse. El Evangelio tiene esa dimensión que dice que no hay personas a las que Jesús quiere excluir.

- También recoge en el libro una homilía en la que dice que las idolatrías políticas han pasado a ocupar el espacio que antes llenaban los grandes ideales del Evangelio. ¿Se están perdiendo esos grandes ideales?

- Paradójicamente, los ideales evangélicos siguen siendo objeto de admiración por parte de nuestra cultura secularizada. Por ejemplo, recuerdo una entrevista a Pablo Iglesias en la que decía que Jesucristo habría estado en Podemos. Obviamente, esas palabras denotan una admiración hacia la figura de Jesucristo. Pero no seamos ingenuos, admiración no es lo mismo que identificación ni que imitación. El dilema de nuestros días no está entre la creencia o la increencia; sino entre pretender fabricarse una espiritualidad a medida, o estar dispuesto a convertirse ante la llamada de Jesucristo.

- Usted fue ordenado obispo hace casi cinco años por Benedicto XVI. Ahora está el papa Francisco. ¿Qué cambio ha notado?

- Solo en lo que a la comunicación se refiere, el cambio ha sido enorme. La llegada del papa Francisco ha tenido un efecto carismático de impacto, que ha permitido superar el muro de aislamiento y romper el cerco informativo en torno a la Iglesia. En el momento presente, la noticia de la Iglesia está mucho más presente en la sociedad. En cuanto a los acentos, Benedicto XVI era especialmente sensible a la crisis educativa de occidente, mientras que el Papa Francisco subraya la crisis afectiva.

- Francisco ha pedido que se lean las señales de los tiempos para cambiar. ¿Qué señales ve usted en Gipuzkoa? ¿Qué necesitamos cambiar aquí?

- Las estadísticas dicen que somos un territorio con un plus de increencia, comparando con el resto de España. Supongo que el influjo de las ideologías políticas es un factor explicativo de este fenómeno. Todavía hay resquicios de aquella sospecha marxista: 'la religión es el opio del pueblo'. Y sin embargo, por poner un ejemplo bien conocido, la historia del sistema cooperativista de Mondragón inspirado por don José María Arizmendiarrieta sugiere otra cosa bien distinta. Y recuerdo también lo que me dijo la madre de un heroinómano recuperado: 'Yo pensaba que la religión era el opio del pueblo; pero ahora veo que la religión le ha rescatado a mi hijo del opio'. En mi opinión, necesitamos crecer en el ejercicio de la libertad, expresando nuestras convicciones. Todavía no hemos terminado de superar el miedo sembrado por el terrorismo y las ideologías totalitarias.

- El pasado mes de julio 96 sacerdotes le acusaron de gobernar la diócesis como su feudo y de haber traído la división. ¿Qué responde?

- Ya he tenido ocasión de manifestar que, como obispo, no pienso callar nunca cuando la fe sea cuestionada en el debate público. Cuando la crítica se dirige a la Iglesia, discerniré la conveniencia de hablar o callar. Pero cuando el criticado sea yo, tengo claro que no debo responder nunca. No he sido elegido obispo para defenderme a mí mismo, sino para defender a Cristo y a su Iglesia. Fuera del foco mediático, me estoy encontrando con todos los sacerdotes, tanto en los órganos consultivos diocesanos como en las reuniones de los arciprestazgos, ya que entiendo que es el lugar en el que tenemos que hablar de nuestros problemas internos.

- Ha sido crítico con el PP por retirar la ley del aborto. En un artículo en prensa escribió que un católico no puede votar en coherencia a los partidos de ámbito nacional presentes en el congreso. ¿Qué tiene que hacer?

- En primer lugar, pienso que los laicos católicos deberían de estar más presentes en la vida política. Su vocación política no debiera reducirse a votar pasivamente, sino que están llamados a conformar alternativas políticas coherentes con la doctrina social católica (lo cual no se traduce necesariamente en la creación de partidos políticos confesionales). Y en cuanto al ejercicio del derecho al voto, pienso que los católicos debiéramos apoyar a quienes tengan la valentía de hacer ese tipo de propuestas. Un católico debe de anteponer el voto en conciencia, al cálculo de la practicidad política.

- ¿Qué ocurre con los católicos que siempre han votado a Izquierda Unida, por ejemplo?

- El problema está en que, tanto en el caso de quienes tienen sensibilidad de derechas o de izquierdas, el alma política de muchos católicos no se ha formado desde la coherencia con la fe que profesan, sino desde la herencia trasmitida por la tradición familiar, o por otros influjos circunstanciales. ¡Y así nos va, claro!

- Con usted como obispo, ETA declaró el cese definitivo de la violencia. ¿Qué heridas debemos curar en Euskadi?

- Pienso que lo principal que debemos curar en Euskadi es la soberbia, que es la fuente del fanatismo y de la violencia. El error de partida es la falta de humildad de quien se cree superior al prójimo, lo cual le lleva a mirarlo primero con indiferencia, luego con desprecio, y finalmente con odio. Por desgracia, aunque la violencia explícita ha desaparecido y el ambiente ha mejorado sustancialmente, permanece entre nosotros un alto grado de soberbia.

- ¿En qué se nos nota la soberbia?

- Que conste que la soberbia está muy unida al pecado original, que consiste en pretender ser como Dios. Existe en todos nosotros una tendencia a la autosuficiencia, a ir un poco de sobrado, y cuando esa soberbia se mezcla con ideología política hacemos un cóctel que es explosivo. Todo el mundo habla de las ideologías y de la política, y quizás a la Iglesia le toca poner el acento en esa actitud que puede estar debajo del debate de las ideologías, que es el de la soberbia o el del orgullo. Si uno tiene como punto de partida un planteamiento humilde duda mucho más de sí mismo, de su ideología, y está más abierto a recibir lo que complementa su verdad.

- ¿La Iglesia no ha pecado de soberbia?

- Sin duda alguna. Hemos sido una Iglesia muy fuerte y muy sobrada y cuando ocurre eso uno tiene un peligro muy grande de que el orgullo le pueda. En crisis como la que tiene en este momento la Iglesia hay oportunidades de autentificarte porque te obliga a ser más humilde y te exige a valorar lo que haces más por el Evangelio de Jesucristo que por ti mismo. Hoy en día la situación de crisis que vivimos hace que seamos menos eclesiocéntricos y más cristocéntricos. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

- ¿Por qué la Iglesia ha tardado tanto en reconocer los casos de pederastia que se han producido en su seno?

- Las razones han podido ser diversas: desde una actitud incrédula ante las acusaciones, hasta el miedo al desgaste que pudiera producirnos. Pero pienso que en el momento presente tenemos las pautas bien marcadas sobre cómo actuar, tanto a la hora de depurar responsabilidades, como en lo que al acompañamiento de las víctimas se refiere.

-Es usted el obispo con más seguidores en Twitter y en Facebook. Llega con las redes sociales a más gente que en misa.

- Internet es utilizado con frecuencia para la retransmisión de la eucaristía. Por lo demás, tengo la sensación de que la participación en Twitter y en Facebook me ha ayudado a expresarme en las homilías e intervenciones públicas de una forma más sintética y directa. Las redes sociales han resultado ser una escuela de comunicación para la Iglesia, que es uno de nuestros retos más notorios.

- Acaba de volver de Roma. ¿Hay por allí tantos chismorreos como dice el Papa?

- Para escuchar chismorreos -incluidos los eclesiales- no hace falta ir a Roma. Ojalá seamos capaces de erradicar ese maldito hábito del chismorreo.

- ¿Por qué los fieles tienen asumido que en los pasillos del Vaticano la virtud que más cuenta es la ambición?

- Una buena parte de la culpa la tienen, en mi opinión, los Dan Brown de turno; pero no cabe duda de que otra parte de la responsabilidad la tiene nuestro propio pecado.

- ¿Es difícil hoy en día ser católico?

- Sin duda, en nuestro contexto social, el católico es muy cuestionado... Pero pienso que esta dificultad es al mismo tiempo un acicate y una gran oportunidad para la autenticidad y la coherencia. Los tiempos difíciles han dado a luz a los mejores santos en la historia de la Iglesia.