Muere el decano de las coronas europeas

Miguel I de Rumanía con su prima la reina Sofía, a quien le unía una estrecha amistad. / SCHNEIDER
Miguel I de Rumanía con su prima la reina Sofía, a quien le unía una estrecha amistad. / SCHNEIDER

Miguel I de Rumanía reinó dos veces. Una con 6 años y otra con 19. Sus díscolas hijas y su «inmoral» nieto le amargaron su exilio en Suiza

I. OCHOA DE OLANO

Miguel I de Rumanía, el decano de las coronas europeas, tuvo un reinado escueto. En realidad, dos. Uno, cuando era tan solo un crío y otro, de adolescente. En total, sostendría el cetro de la casa Hohenzollern-Sigmaringen durante apenas una década. El resto de su longeva existencia -falleció ayer a los 96 años- la vivió desterrado en Suiza. Nunca se acostumbró a la distancia sideral del exilio. Tampoco a que su unión con la reina Ana le proporcionara cinco hijas y ni un solo descendiente con testosterona. De ese doble revés venía, cuentan, el sempiterno rostro sombrío y afligido de este monarca precoz, tataranieto de la reina Victoria del Reino Unido, y primo de la reina Sofía, a quien le unía una estrecha amistad.

El heredero varón nunca lo consiguió. El regreso a casa, sí. Dentro del proceso de reconciliación emprendido por el presidente Ion Iliescu en el año 2000, el soberano destronado recobró la ciudadanía rumana, así como antiguas posesiones reales, como el Castillo Peleş de Sinaia. Once años más tarde, pronunciaba un discurso ante el Parlamento de su país, con todos los honores, por primera vez desde su derrocamiento final, en 1947, tras un ultimátum del nuevo régimen comunista.

Tan solo tenía seis años cuando le proclamaron rey de Rumanía. Así lo quiso su abuelo, quien a su muerte dejó el país al frente de un consejo de regencia y de su nieto, después de que apartara del trono a su hijo, el padre de Miguel, por huir con su amante, y más tarde esposa, Elena Magdalena Lupescu. Tres años más tarde de aquel día de verano de 1927, el heredero repudiado regresaba repentinamente para deponer a su hijo como soberano y adoptar él mismo ese estatus. El apretón regio le duró una década hasta que, en 1940, cuando la Segunda Guerra Mundial ya estaba en cocina y los asuntos domésticos también se habían puesto feos, emprendió la huida dejando la monarquía en manos de su hijo Miguel, de entonces 19 años, quien lo mantendría durante los siete años siguientes, hasta su obligada abdicación y posterior expulsión del país.

Peleas de gallos e impostores

El rey destronado se refugió primero en Londres, hasta su traslado definitivo a Suiza, donde emprendió un larguísimo exilio bien salpimentado con los dolores de cabezas que le propiciaron sus díscolas hijas. A la cabeza del ránking filial, la princesa Irina, la tercera de la prole, quien protagonizó en 2014 el mayor escándalo de la dinastía -y el más chusco-, cuando un tribunal de Oregón, en los Estados Unidos, le condenó a tres años de libertad condicional y al pago de una multa de 200.000 dólares por organizar, junto a su segundo marido, peleas de gallos ilegales en su rancho. El exsoberano fue implacable. Le despojó del título, del tratamiento de Alteza Real y de sus derechos sucesorios. Hace dos años, cuando su madre, la reina Ana, fallecía a los 92 años, emitió un comunicado en el que anunciaba su ausencia del sepelio. «Es muy triste y muy doloroso no poder decirle adiós. Pero siempre la llevaré en el corazón», escribió.

Miguel de Rumanía tuvo que enfrentarse a otro sonado bochorno cuando la cuarta princesa real, Sofía, ahijada de la reina emérita española, se casaba con el agente empresarial francés Biarneix Alainen pese a su prohibición tácita y rotunda. Poco tiempo después saltaba a los medios que el consorte, que se hacía llamar Michael de Laufenburg, se había sacado de la manga un título nobiliario inexistente que le convertía en descendiente de los Habsburgo.

Para rematar, hace solo dos años, cuando al exmonarca le detectaron una leucemia crónica que le ha tenido retirado en su residencia suiza de Aubonne, su nieto Nicolás le daba la puntilla. El joven, segundo en la línea sucesoria tras la princesa Margarita, primogénita y heredera del trono, había dejado embarazada a una asesora, a la que pidió que abortara para evitar el escándalo. El abuelo procedió inmediatamente a convertirlo en vulgar plebeyo. La Casa Real se limitó a atribuir la decisión de retirarle el título de príncipe de Rumanía y el tratamiento de Alteza Real a «principios morales», en un flemático comunicado oficial. En febrero de 2016, Nicoletta Cirjan daba a luz a Anna Iris, la bisnieta no reconocida de su último rey, según la prensa de la república rumana.

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