Hubert de Givenchy: «Balenciaga lograba que las mujeres se sintieran libres: no cabe mejor elogio»

Hubert de Givenchy, en la entrevista del pasado mes de mayo/Usoz
Hubert de Givenchy, en la entrevista del pasado mes de mayo / Usoz

Última entrevista concedida por el diseñador a DV el pasado 27 de mayo

Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGA

Tiene 90 años, una memoria precisa y ganas de seguir imaginando aventuras vinculadas a la moda y el arte. Hubert de Givenchy es una leyenda en su mundo, pero él rechaza los elogios y prefiere hablar de su maestro, Cristóbal Balenciaga, y de su amiga, clienta y musa Rachel Lowe Lambert Mellon, la coleccionista y magnate norteamericana que donó al Museo Balenciaga de Getaria cerca de 660 trajes, vestidos y piezas creados por el diseñador guipuzcoano.

Hubert de Givenchy recibe con amabilidad en una de las salas del museo. La entrevista iba a ser más corta "para no fatigar al maestro", según petición de sus colaboradores, pero al final conversa durante una hora sobre moda y, especialmente, sobre Balenciaga. "Nunca me canso de hablar de él", explica.

–¿Qué sensaciones experimenta al volver a un museo que usted respaldó incluso en los momentos más difíciles del proceso de construcción?

–Hace muchos años se me pidió ser presidente y acepté encantado por mi amistad con Balenciaga. Seguí la construcción, he conocido los problemas, he visto trabajar a un gran equipo y hoy es mejor pensar en los resultados. El museo es una emocionante realidad que me evoca mis encuentros con Balenciaga, cuando me hablaba de su infancia y juventud en el País Vasco, de su familia, tan unida. Yo descubrí el País Vasco gracias a Cristóbal. Era un hombre tan humilde que este museo tan grande quizás no le hubiese complacido tanto... pero era necesario disponer de un lugar así en homenaje a un modisto único.

–¿Por qué Balenciaga era único?

–Nunca mintió. Yo perdí a mi padre cuando era niño y Balenciaga fue como otro padre para mí. Me enseñó a respetar los tejidos. La honestidad de Balenciaga llegaba incluso a la forma de tratar las telas. Cada tejido tiene su propio lenguaje, su caída, sus formas. Balenciaga decía que en un traje hasta el volante debe ser inteligente: ni demasiado ceñido, ni demasiado amplio. Hay que "entender" cada tejido: él sabía hacerlo. Su objetivo no era epatar, sino que la mujer se sintiera cómoda en cada vestido. Una vez, cuando yo era muy joven, vine a verle trabajar en San Sebastián: él tomaba las medidas a una mujer mientras yo le pasaba las agujas. Ajustaba tan bien el vestido que parecía rejuvenecer a la señora 20 años, como si le hubiese hecho la cirugía estética: sabía cómo lograr que las mangas, el cuello o el talle pusieran en valor lo mejor de esa dama. Las mujeres se sentían libres al vestirse con sus trajes: no hay mejor elogio. Él no ponía una flor en un vestido para "hacer bonito": si estaba ahí debía servir para expresar algo. Era un modisto profundo.

–¿Fue clásico y moderno a la vez?

–Fue un adelantado a su tiempo, y por esos sus creaciones siguen vigentes. Fue vanguardia del buen gusto: incluso sus extravagancias resultaron grandiosas. No quería hacer revoluciones: evolucionaba paso a paso. Era honesto, bueno y verdadero: esta exposición con los modelos creados para Madame Mellon es el mejor ejemplo. Los jóvenes creadores de hoy deberían estudiar aún más lo que hizo Balenciaga, su dominio de las proporciones, la medida exacta. Su creatividad no tenía límites.

–Pero un día cerró.

–Tenía tres casas en España y una en Francia en pleno éxito, pero sintió que su época había terminado. "Antes mis clientes compraban quince vestidos y viajaban con ellos", me dijo. "Ahora, con los modernos aviones, a las mujeres les bastará con llevar uno". Era solo un ejemplo del cambio de costumbres. El mundo era distinto y él sentía que no era el suyo. Cuando Balenciaga cerró, me "traspasó" algunos de los mejores maestros de su taller, en un rasgo de generosidad: ellos lloraban cuando lo dejaron, pero parece que tampoco les fue mal conmigo...

–Rachel Mellon también fue para usted una herencia del maestro.

–La señora Mellon no fue solo una cliente de Balenciaga. Eran amigos, tenían la misma sensibilidad y amaban la belleza y el arte. El día que Balenciaga cerró su atelier cruzó la avenida Georges V de la mano de Madame Mellon y vinieron al mío, que estaba enfrente. "Ahora deberías vestirte aquí, donde Givenchy", le dijo Cristóbal. Ella era muy tímida, y no contestó. Cuando saqué mi nueva colección le mandé unos croquis, pensando que no le interesarían, pero me hizo un pedido muy grande. Nos hicimos amigos y me enseñó todo un mundo: ella amaba las artes, los jardines, la moda... Su imaginación era enorme. Un día me dijo que quería disfrutar obras de Braque: fuimos a casa de los galeristas de Maeght y tras una comida con ellos ya había comprado seis... También se apasionó con Rothko: la acompañé a visitar su taller en Nueva York poco después de que muriera el artista. ¡Había 800 obras! Compró catorce. Cuando llegaron a su casa su marido le dijo que no le gustaban. "Son para mí", contestó. Amaba la vanguardia: Braque, Miró, Rothko...

–Ese espíritu puede verse en la exposición abierta en el museo.

–Antes de morir donó 660 trajes, prendas y piezas al museo de Getaria, como una señal de reconocimiento a Balenciaga. Le debíamos este homenaje a Mrs Mellon, una muestra que es a su vez un repaso histórico. Ella vistió estos trajes en muchos momentos clave del siglo XX. Me gustan las exposiciones que relacionan la moda, el arte y la sociedad y que llegan a públicos distintos.

–Después de toda una vida vinculada a la moda, ¿qué idea de la elegancia tiene usted?

–Prefiero contar una historia. De niño yo ya soñaba con Balenciaga. Vivía en Beauvais, cerca de París, y mi prima compraba telas y patrones en una tienda donde veía fotos de los vestidos de Balenciaga. Me admiraban la simplicidad y elegancia de aquellos vestidos y sombreros. Un día, con 11 o 12 años, sin decir nada a mi madre, decidí que quería conocer a Balenciaga. Cogí el tren, fui a París, llegué a la avenida Georges V, subí en el ascensor y me planté en la puerta de su atelier. Aún no sé cómo logré pasar al salón. Para mí fue un descubrimiento: olía a perfume, había vestidos bellos, clientas, empleadas... ¡Aquello era maravilloso, yo quería vivir ahí! "¿Qué quieres?", me dijo una encargada. Conocer a Balenciaga, respondí. Él no recibe a nadie, me contestaron. Me volví a casa y nunca conté a mi madre lo que había hecho. Pero aquella aventura me marcó.

–Hasta que un día sí conoció al maestro.

–Muchos años después. Yo ya había realizado mi primera colección y viajé a Nueva York. Me llevaron a un cóctel y alguien me dijo: está Balenciaga. De pronto, al final del salón, sentado en un sofá, estaba ahí, solo, con sus gafas. Nos presentaron y empezamos a hablar, durante horas, hasta que nadie quedaba ya en el cóctel y nos invitaron a salir. "¿Quedamos mañana para comer?", me propuso Cristóbal. Yo dejé todos mis planes y fuimos a comer al restaurante Quo Vadis. A las seis de la tarde seguíamos hablando: me hablaba de su familia, de su padre pescador, de San Sebastián. "Llámame cuando vuelvas a París", me dijo. Pero yo no le llamaba porque me parecía algo así como molestar a Dios. Hasta que una amiga común me dijo que Balenciaga estaba furioso porque yo no había cumplido mi palabra.

–Y le llamó.

–Le invité a cenar. Yo vivía entonces en un apartamento pequeño con solo una mesa, una silla, una cama. Fuimos a un restaurante pero Cristóbal me dijo que prefería la simplicidad: un plato de jamón en la sencillez de mi apartamento que una gran comida en un restaurante. Nos hicimos amigos. Ver sus colecciones me hacía llorar, era asistir al nacimiento de una sinfonía. Qué talento. Esa es la elegancia: la perfección sencilla de Balenciaga. A mí me enseñó a ser perfeccionista y por eso aburro tanto con mis detalles a quienes trabajan conmigo, como los comisarios de esta exposición.

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