Con las enaguas de Isabel II no se juega

La reina Isabel, con su marido el duque de Edimburgo y la primera ministra escocesa, Nichola Sturgeon, el pasado martes en un tren. / REUTERS
La reina Isabel, con su marido el duque de Edimburgo y la primera ministra escocesa, Nichola Sturgeon, el pasado martes en un tren. / REUTERS

La Casa Real británica retira su sello a su proveedora de lencería por un libro en el que su expropietaria cuenta secretos de la reina

JAVIER GUILLENEA

Aprimera vista no parece tan grave, pero con los interiores de la realeza no se juega y más si es la británica, que es muy sensible para sus cosas. Que se lo recuerden si no a la firma de lencería y ropa interior Rigby&Peller, que por una indiscreción de su antigua propietaria ha perdido el favor de la Casa Real. Después de décadas de abnegado servicio, la empresa que ha nutrido de paños menores a los Windsor ha sufrido la humillación de ver cómo Buckingham le ha retirado la Royal Warrant, un reconocimiento que permite a quien lo posee publicitarse como proveedor oficial de la Corona y adornar sus productos con el escudo de armas de la reina.

Todo por June Kenton, expropietaria de la lencería represaliada, que el año pasado publicó un libro autobiográfico en el que cuenta sus experiencias en el apasionante negocio de la ropa interior. Entre otras muchas revelaciones que han enfurecido a los inquilinos de Buckingham, Kenton asegura que Isabel II se prueba los sujetadores delante de sus perros de compañía. Y no solo eso. Según el relato de la exvendedora caída en desgracia, la princesa Margarita intentaba influir en su madre a la hora de elegir bragas y sujetadores. Al parecer, la princesa no tenía mucho éxito en este singular empeño ya que, según relata June Kenton, Isabel II resistía con tenacidad a las presiones. «Finjo escuchar a Margarita y, cuando se ha ido, elijo lo que me da la gana», cuenta que decía la reina.

La autora del libro dedica también algunas páginas a Diana de Gales. Según la proveedora de lencería, Lady Di solía acudir a su tienda para pedirle carteles de modelos en ropa interior. No eran para ella, sino para uso y disfrute de los príncipes Guillermo y Enrique, que decoraban con las imágenes sus austeras habitaciones de estudiantes en Eton.

A partir de ahora la Casa Real se verá obligada a comprar sus prendas íntimas en otro lugar y Rigby&Peller cargará con la pesada losa de ser señalada como la lencería que perdió el favor de la reina. June Kenton insiste ahora en que no ha escrito nada indiscreto pero el mal ya está hecho. Ya nada será igual para los Windsor. Su vida interior ha cambiado.

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