Diario Vasco

CENIZO

Polvo eres y en polvo te convertirás», te dice en la confirmación el obispo mientras dibuja una tétrica cruz de ceniza en tu frente... Y yo me pregunto: ¿hace falta ser tan literal? Todos los adultos sabemos perfectamente por qué procedimiento hemos llegado a este mundo. Y, aunque desearíamos olvidarlo, tampoco se nos escapa cómo vamos a acabar. A veces incluso a uno no le hace falta estar muerto para sentirse hecho polvo. Pero hay cenizas y cenizos. Y el Papa Francisco, tan alegre y dicharachero él, en la cosa de la muerte nos ha salido un poco cenizo. Justo ahora que se acerca Halloween (en mis tiempos, Todos los Santos), decide prohibir que se esparzan las cenizas de los muertos. O sea, suprime el único momento de esparcimiento al que uno tenía derecho después de haberla diñado. Comprendo que quiera corregir ciertos desmadres y extravagancias como la de convertir los restos mortales de un ser querido en figurita tipo Lladró. Entiendo también que el monte y la playa ya están bastante contaminados como para encima llenarlos de cenizas mortuorias... Es histórico (e histérico) el momento en el que Sara Montiel y su comitiva tuvieron que comerse (sin patatas) a Pepe Tous cuando un ventarrón inoportuno les arrojó en plena cara las cenizas que ellos intentaban lanzar al mar. Algunos aprendieron aquel día que en boca cerrada no entran... muertos.

Tal vez el Papa quiera evitar algo tan sacrílego como el don de la ubicuidad que adquieren algunos difuntos. Pepe Tous, sin ir más lejos, 'está' en el Mediterráneo y a la vez en el cementerio de La Habana. En una visita reciente, un guía espontáneo se empeñó en llevarme hasta sus cenizas. Por el camino me iba señalando: «En esta tumba cantó Sarita Montiel, en esa también, y en aquélla...». Tuve que decirle: «Creo que acabaremos antes si me indica en qué tumba no cantó Sara Montiel». ¿Humor negro? No, solo gris ceniza. Obligar a los muertos a permanecer en el cementerio (a menos que sea el de Mecano) es demasiado serio. Y a la muerte hay que echarle un poco de alegría. Por eso creo que el Papa tiene la batalla perdida. Que le pregunte a un hincha del Barça o del Madrid dónde prefiere pasar la eternidad. Le dirá que en el campo (santo para él) de su equipo.

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