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Algunos en la ingenuidad de la infancia llegamos a pensar que San Juan de Gaztelugatxe nos pertenecía. Que éramos piratas y aquel islote nuestra verdadera patria, nuestro cofre del tesoro; un lugar para nosotros remoto al que íbamos de vez en cuando a nadar, a jugar, a tontear... A trepar las escaleras de un tirón para llegar jadeantes a la cima, tocar la campana de la ermita y garantizarnos con ello que nunca jamás en la vida nos dolerían las muelas. Los arcos de piedra de Gaztelugatxe, horadados por trillones de billones de golpes de mar, eran el intrincado santuario marino al que mi padre y el carpintero de Bakio iban a coger percebes en una humilde barquita. Y cuando el oleaje arreciaba, se ponían a cantar jotas y bilbainadas... Eso decían. Luego fue el sitio al que llevé a mi primer novio (no le sorprendió mucho porque él ya era de Bilbao) y, más tarde, a mi marido holandés. A este sí logré maravillarlo porque en su país tendrán canales y puentes, pero no rocas como esta.

Con los años, a base de verlo repetido en cuadros y calendarios, comprendí que 'mi viejo San Juan' (de Gaztelugatxe) no era ningún lugar secreto sino un enclave emblemático donde muchos viajeros han fantaseado alguna vez con esparcir sus cenizas... Y ahora para remate, por si no fuera ya suficientemente visitado, lo invaden las hordas medievales de 'Juego de Tronos' dispuestas a que la magia de este pintoresco peñón coronado con la guinda de una ermita se propague de aquí a Hollywood. No sé si alegrarme. Me suena más bien a profanación de un lugar sagrado. No por la ermita, donde por cierto de niña pasé largos ratos contemplando con los ojos como platos los barquitos que colgaban del techo o aquel morboso muestrario de exvotos en forma de piernas, brazos, corazones y otras partes de la anatomía, sino por esa costumbre malsana que tiene la tele de devorar la belleza natural para regurgitarla luego en forma de artificio. Temo que la fama mundial convierta a nuestro querido San Juan en una 'celebrity' intratable, que transforme el territorio salvaje de nuestra infancia en un parque acotado con un cartel que diga: Aquí se rodó 'Juego de Tronos'. Un lugar en el que ningún niño jugaría con naturalidad. Ni desembarcaría un pirata.

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