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Trump, el antisistema, ha ganado las elecciones, y Hillary Clinton, una genuina representante de las elites norteamericanas que defendía la pervivencia del sistema y el legado de Obama, las ha perdido. Contra todo pronóstico, contra la empresas demoscópicas, contra los medios que más genuinamente representan a la opinión pública.

Lo grave no es en realidad el hecho de que se vayan a aplicar unas políticas concretas en lugar de otras, de que prevalezca el programa de Trump frente al de Clinton, lo cual puede suponer como máximo un problema relativo por la sencilla razón de que Norteamérica es un país maduro y por tanto muy institucionalizado, y las instituciones democráticas son siempre capaces de amortiguar los golpes de timón. De hecho, ni Trump ni sus más fervientes seguidores piensan seguramente que el multimillonario vaya a aplicar los aspectos más brutales de su programa, como el cierre de las fronteras comerciales con China y México, o la erección de un muro en la frontera sur, o la práctica salida de la OTAN al renunciar a la cláusula del socorro mutuo… “Seremos justos con todas las naciones y no buscaremos conflictos”, ha dicho el presidente electo esta misma mañana en su primer discurso… lo que ha de leerse como una pragmática puntualización que rectifica los anteriores radicalismos de campaña.

Entonces, ¿cuál era el miedo? ¿Cuál es el drama?, preguntará alguno. Pues muy sencillo: estamos en tiempos turbulentos en que la globalización avanza por delante de su propia sombra, a lomos de un destino que todos sabemos irreversible pero que está sembrado de múltiples obstáculos. En tiempos de intensos cambios sociales difíciles de asimilar en que no habrá trabajo para todos y será necesario sostener a todos para mantener la paz social y la demanda. En tiempos de grandes dudas ideológicas y religiosas, en que surgen fanatismos difíciles de identificar que probablemente son consecuencia de fracturas antiguas no bien soldadas. En tiempos de evidente declive de los partidos surgidos de la Segunda Guerra Mundial, y del nacimiento de una nueva política y de una nueva democracia, vinculadas ambas a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que facilitan la identificación y la formación de la voluntad popular y dejan obsoletas las viejas técnicas de escrutinio… Pues bien: en este marco inquietante de dudas y vacíos, la llegada de Trump, de un populista demagogo, aparentemente sin principios, xenófobo y racista, a la presidencia de los Estados Unidos, puede suponer el derrumbe de una de las últimas referencias que todavía tenía la democracia parlamentaria clásica, que sin duda habrá que perfeccionar pero que todavía es el peor de los sistemas a excepción de todos los demás.

Cuando en Europa estamos desconcertados por la salida a la luz de unos populismos que provienen de los graves errores cometidos por los regímenes institucionales, y cuando en el Viejo Continente han prosperado contra pronóstico ideas disolventes como la que ha causado la separación del Reino Unido de la Unión Europea, la victoria de Trump da en el fondo la razón al Frente Nacional francés –Marine Le Pen felicitó ayer a Trump antes incluso de que concluyera el recuento—, el AfD alemán o el UKIP británico.

Probablemente tengamos que serenarnos y de digerir lo ocurrido antes de formar una opinión cerrada sobre lo sucedido. Es sencillamente terrible y muy preocupante que un patán como Trump, un showman atrabiliario, misógino y vulgar, haya llegado a la presidencia de los Estados Unidos. Los procesos de selección de líderes en Occidente nunca han sido gran cosa, pero su fracaso más ostensible es éste: que un rico hasta la náusea sin demasiadas ideas y aparentemente sin principios haya podido escalar tan alto, dejando atrás a otras personalidades republicanas de indudable valía. Ello prueba que la cultura, la que debería orientar la voluntad de la ciudadanía, tampoco es gran cosa en la gran potencia, que ha cedido a la irritación –comprensible— de muchos ciudadanos frustrados. Porque el hecho de que Trump haya llegado tan lejos sólo es explicable por los gravísimos errores cometidos por el sistema, que tantos prosélitos del antisistema han engendrado.

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